Hormigas y orugas zombis

La realidad supera a la ficción con estos monstruos de la supervivencia

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Esta hormiga Camponotus leonari salió un día de su hormiguero en la selva tropical de Thailandia, se dirigió a una hoja a poca altura del suelo, se fijó a ella con un contundente mordisco y murió. Poco después su cuerpo protagonizó un proceso característico de la peor pesadilla:

El “vello” que la recubre y esa especie de lombriz que brota de su cuello es el organismo del hongo brotando durante nueve días. Tardará unas tres semanas en llegar a su madurez y desarrollar un cuerpo fructíforo repleto de esporas, que se dispersarán hasta encontrar una nueva hormiga para comenzar de nuevo el ciclo.

La estrategia de estos hongos, llamados Ophiocordyceps, fue analizada por un equipo internacional dirigido por Sandra Andersen, de la Universidad de Copenague (Dinamarca), que comprobó que las hormigas dominadas siempre se dirigen un lugar con las condiciones óptimas para el desarrollo de su hongo. Cada especie de Ophiocordyceps se especializa en una especie de hormiga distinta, que, según las características de su huésped, irá a buscar la muerte (sin saberlo) a una hoja, una ramita o el tronco de un árbol. Ese comportamiento nunca se ha observado en hormigas sanas.

© David Hughes / Penn State

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Un truco con solera

La estrategia de convertirse en zombi para sobrevivir no llegó con Hollywood. Ya existía en el reino animal hace 48 millones de años, según atestiguan unas hojas fósiles encontradas cerca de Darmstadt (Alemania).

 

Las marcas de mordeduras que presentan son características de las hormigas parasitadas por los hongos Orphyocordyceps, que hoy en día infectan a millones de insectos en las selvas asiáticas. Un equipo de investigadores dirigido por el paleontólogo Torsten Wappler, de la Universidad de Bonn, ha identificado las 29 señales de la hoja como las “heridas” producidas por siete hormigas que se fijaron a ellas antes de morir. Su comportamiento está provocado por el hongo, que brota del cadáver y madura después durante tres semanas.

© Torsten Wappler / Universidad de Bonn

 

 

El enemigo vengador

 Los hongos parásitos pueden convertir en zombis a colonias enteras de hormigas. Por suerte para estas, existe una criatura capaz de intervenir a tiempo y evitarles tan escalofriante final. Paradójicamente, otro hongo que parasita al primero.

 

Según descubrió David Hughes, de la Universidad Penn State de Pensilvania (EEUU), estos “héroes” involuntarios impiden que los primeros hongos se reproduzcan, de forma que sus esporas no alcanzan a tantas hormigas y la colonia puede sobrevivir. En los hormigueros que estudiaron, su efecto castrador había alcanzado al 95,5% de los órganos reproductores de los dominadores de hormigas. 

© David Hughes / Penn State

 

 

El gusano dominador

 Esa “cuerda” enredada en el saltamontes es un gusano que sale de su cuerpo. El insecto se lo comió cuando sólo era un huevo y creció dentro de él. Mientras daba el estirón, uno de los grandes, iba generando una serie de proteínas capaces de modificar el sistema nervioso central de su anfitrión en una conquista química de su cerebro y su voluntad. Hasta tal punto que, al llegar a adulto y sentir la llamada de la reproducción, lo obliga a hacer algo insólito para un saltamontes: lanzarse a un medio acuático (charca, lago, piscina) que lo llevará a la muerte, pero se convertirá en el lugar ideal de reproducción de su pequeño tirano.

 

 

Este mecanismo de dominación es propio de los gusanos Nematomorfos o gordianos, como el Spindochordes tellinii de la imagen, que buscan como víctimas a saltamontes o grillos. Aún no se conocen todos los detalles del proceso, pero un estudio  del mismo descubrió que los saltamontes parasitados segregan unas proteínas que no se han detectado en ejemplares sanos, pero están presentes en otros insectos.

 

 

El suicidio obligado de un saltamontes puede contemplarse en este vídeo , junto a una entrevista (en francés) a Frederic Thomas, uno de los autores de la investigación.

 

© Andreas Schmidt-Rhaesa,  Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported license.

 

Te haré papilla

 Las orugas de la mariposa lagarta peluda (Lymantria dispar dispar) pasan el día casi inmóviles, escondidas bajo el follaje o entre las grietas de algún tronco, intentando pasar desapercibidas a la infinidad de predadores que se relamen por ellas. Sólo de noche salen de su escondite para buscar alimento.

 

Sin embargo, algunas de ellas se lanzan a pleno día árbol arriba y se quedan colgando del envés de una hoja, en un arriesgado envite exhibicionista impropio de su especie. ¿La razón? Están “poseídas”. Si se las observa durante un tiempo, se verá cómo su cuerpo comienza a deteriorarse hasta convertirse en una viscosa masa negruzca.

 

Tanto el arranque escalador como la putrefacción resultan ser obra de un virus (baculovirus) de que las coloniza y modifica su comportamiento para que lo transporte hasta las copas de los árboles, donde tiene más posibilidades de expandirse y encontrar nuevas orugas que dominar.

 

Kelli Hoover y su equipo descubrieron el gen que permite a los virus adueñarse de sus presas.

© Michael Grove

 

Ve hacia la luz, caracol

 A los caracoles de la familia Succineidae no les gusta sacar los cuernos al sol. Pero a veces lo hacen. Cuando sus cuernos no parecen cuernos. Más bien dos protuberancias verdes de cristal de Murano. La razón de esa metamorfosis es la invasión del caracol por parte del parásito Leucochloridium paradoxum. En realidad, esta criatura vive en los intestinos de los pájaros, pero sus huevos pueden llegar al caracol a través de las heces de aquellos que quedan en el suelo.

Una vez en su nuevo hogar, las larvas invaden su aparato digestivo hasta convertirse en unas bolsas llenas de individuos juveniles que ocupan los tubos oculares del caracol, hinchándolos y volviéndolos verdes. Los rayos del sol los excitan y no paran de moverse, de manera que cualquier pájaro que vuele cerca de ellos los confunde con un sabroso gusano que llevarse al pico. Sólo tiene que lanzarse en picado y engullirlos para que la historia comience de nuevo.

 

© Thomas Hahnmann, Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported, 2.5 Generic, 2.0 Generic and 1.0 Generic

 

Yo voy de Drácula

Preparado para la noche del miedo. Así se encontraron dos voluntarios del Museo de Historia Natural de Londres (Reino Unido) a este joven bichito en uno de los jardines de la histórica institución.

La responsable de insectos del museo, Erica McAlister, se sorprendió al ver por primera vez tal aspecto en uno de estos animales, cuyos rasgos pueden ser muy variables. Por correo electrónico nos escribe que pertenece a la familia de los cicadélidos, y al género de los Idiocerus, pero es muy difícil identificar la especie.

Eso sí, cuando madure irá cambiando de aspecto, dejando que el tiempo le borre el disfraz.

© NHM

 

 

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