Cielo, miénteme

Si tienes paciencia, es posible que veas alguno de estos fenómenos visuales, que engañan a la vista, pero no a los científicos

 
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La luna desconcertante. ¿Por qué se ve tan grande?

Cuando la Luna llena está cerca del horizonte, la vemos más grande que cuando está más alta, aunque lógicamente su tamaño nunca varía. Esta ilusión ha fascinado a la humanidad desde épocas remotas. Ya en los comienzos del siglo VII antes de Cristo este fenómeno fue descrito por pensadores griegos y chinos. Aristóteles lo mencionó 350 años a. C. Sin embargo, a día de hoy todavía no hay una explicación científica totalmente aceptada para este efecto. La que más consenso tiene es la que lo describe como una ilusión óptica. Al parecer, nuestro cerebro “inventa” el tamaño grande de la Luna del mismo modo que en el dibujo (ilusión de Ponzo) nos parece de mayor tamaño el punto negro más cercano al ángulo, aunque ambos son iguales.

Ilusión de Ponzo.
Las dos líneas rectas convergentes hacen que veamos más grande el punto de la izquierda, pero los dos son iguales.

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Halos. La luz que cruza hielos

Este fenómeno se produce cuando hay nubes formadas por pequeños cristales de hielo en la troposfera (a 5-10 km de altura). Estos cristales doblan (refractan), y en menor medida reflejan, los rayos solares que pasan a través de ellos de diferentes modos, según sea su forma y orientación, lo que origina distintos tipos de halos. En la imagen se observan cuatro de los más frecuentes: el halo de 22º es el círculo que rodea el Sol y es causado por la existencia de cristales prismáticos hexagonales dispuestos perpendicularmente a los rayos solares. El parhelio (o soles duplicados) se caracteriza por la aparición de dos falsos soles a ambos lados del verdadero debidos a la presencia de nubes ricas en cristales planos. La reflexión que experimentan los rayos solares en estos mismos cristales es la responsable del círculo parhélico, que conecta los tres soles. Y el arco tangente, en la parte superior, surge por la interacción de los rayos solares con cristales de hielo alargados dispuestos horizontalmente.

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Rayos de Dios. Visión divina

También denominados rayos crepusculares. Se pueden observar cuando el Sol está bajo en el horizonte y tapado por una densa masa de nubes que solo deja pasar la luz del astro a través de los escasos huecos que quedan libres. La intensidad de estos haces de luz se debe a tres factores: al estar el Sol bajo, la luz que nos alcanza presenta un color más anaranjado o rojizo. Por otro lado, las partículas presentes en la atmósfera (gotas, polvo, etc.) entre la capa de nubes y el observador dispersan los rayos solares y los hacen más visibles. Y el contraste que se produce entre estas columnas de luz y la negritud de las sombras motivadas por las nubes refuerza aún más este efecto. En realidad es un fenómeno análogo al que permite ver con nitidez el haz del proyector en la sala de un cine o los casi tangibles rayos de luz que se filtran por las rendijas de la persiana perforando una habitación a oscuras; solo que mucho más grandioso. De ahí que en ocasiones se lo tilde de divino.

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Perlas nacaradas. Subir a la estratosfera

También llamadas “nubes madreperla”, son un tipo especial de nubes iridiscentes que se forman en las capas altas de la estratosfera. Están compuestas por diminutos cristales de hielo, que son los encargados de difractar la luz solar. Sus franjas de colores son más brillantes que las de sus parientes troposféricas.

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Luna achatada. Que no te engañe la atmósfera

Los rayos de luz se doblan al pa­sar de un medio a otro de distinta densidad (refracción). En el caso del aire, cuanto más caliente está menos denso es y menos los dobla. Esta diferencia de densidad “aérea” provoca también una estratificación en las capas inferiores de la atmósfera, con el aire frío debajo y el cálido por encima. Cuando el Sol o la Luna llena están muy bajos en el horizonte, su luz atraviesa la atmósfera horizontalmente. Los rayos procedentes de la parte inferior del astro viajan por una capa de aire frío y se doblan más; los procedentes de la parte superior viajan por una capa de aire caliente y se doblan menos. Eso hace que veamos el Sol y la Luna achatados.

Maquillada de rosa. Cuando sale la Luna, los rayos de luz horizontales cruzan partículas de polvo suspendidas en la atmósfera. Estas absorben las tonalidades azules y dejan pasar las anaranjadas. De ahí el fenómeno de la Luna naranja o rosa, como en la foto.

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Nubes iridiscentes. Colores que van y vienen

La iridiscencia es un efecto luminoso que se da en las nubes o regiones de estas más delgadas (especialmente los bordes) formadas por gotas muy pequeñas y de un tamaño uniforme, que difractan la luz solar que incide sobre ellas. Esto produce la aparición de brillantes bandas de colores que van cambiando conforme la nube se desplaza y evoluciona.

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Corona lunar. Tras un fino velo

Se observa cuando la Luna llena se encuentra tras un fino velo de nubes formadas por gotas diminutas. Estas gotas difractan la luz procedente de la Luna (los rayos solares que esta refleja) y la convierten en una corona multicolor que rodea al satélite terrestre. También existen coronas solares, aún mucho más difíciles de observar que las lunares. El diámetro de las coronas de la Luna y del Sol depende inversamente del tamaño de las pequeñas gotas que las producen.

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Montañas fantasmas. Asombrosa sombra

Si estás en la cima de una montaña durante un ocaso despejado y das la espalda al Sol, es probable que se te aparezca una etérea, oscura cumbre de gran tamaño y perfil triangular que antes no habías visto y que pronto volverá a desaparecer: una montana fantasma. La explicación a esta aparición no tiene nada de sobrenatural. Simplemente es la larguísima sombra de la cima sobre la que te encuentras, y que se proyecta hacia el horizonte. La sombra de un objeto se hace más alargada cuanto más bajo está el foco de luz. Cuando este es el Sol e incide sobre una montaña en un plano casi horizontal, la sombra producida se extiende a lo largo de muchos kilómetros. Su perfil triangular, independiente de la forma de la montaña real, es una cuestión de perspectiva: los bordes de la sombra son paralelos entre sí, pero se extienden a tal distancia que a tus ojos acaban por converger en un punto de fuga. Como los raíles del ferrocarril. La sensación de estar ante un pico se refuerza debido a que no es una sombra ordinaria, sino un enorme volumen de aire oscurecido.

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Arcoíris en pareja. En busca del agua

Los arcoíris aparecen cuando los rayos solares se topan con gotas de agua que “flotan” en la atmósfera y en cuyo interior los rayos (blancos) se reflejan en la cara posterior y salen descompuestos en sus colores constituyentes. Hay varios mecanismos que producen arcoíris dobles, entre ellos el arcoíris de reflejo. El arco inferior se forma a partir de los rayos que inciden sobre las gotas en su viaje hacia el lago, y el arco superior lo forman los rayos que se reflejan. Al seguir una trayectoria ascendente, alcanzan a las gotas que están más altas; por eso se forma por encima del anterior. El arcoíris inferior lo forma la luz que desciende hasta el agua, y el superior los rayos que se reflejan en esta y ascienden.

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La Tierra y su reflejo

Durante los primeros días de sus fases de cuarto creciente y menguante, en los que nuestro satélite es apenas un escuálido gajo en el cielo, y poco después de que emerja sobre el horizonte, es posible discernir entre los “cuernos” de la Luna el resto de su superficie, débilmente iluminado. Un fenómeno también conocido como “la Luna vieja en brazos de la Luna nueva”. ¿Cómo es posible, si en estas fases el Sol forma un determinado ángulo con la Luna, de modo que apenas ilumina una pequeña franja de la cara del satélite que mira hacia nosotros? Lo que alumbra con ese brillo ceniciento a la Luna vieja es la Tierra. O mejor dicho, la luz que, procedente del Sol, incide y es reflejada por nuestro planeta, el cual brilla en el espacio con una intensidad cincuenta veces mayor que la de la Luna llena. El primero que estudió este fenómeno y esbozó las líneas maestras de la explicación fue Leonardo da Vinci. La luz solar que refleja la Tierra ilumina de forma tenue la superficie lunar y permite distinguirla en el firmamento.

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