Un depósito de cadáveres

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Más grande que un ñu. Nunca se había encontrado un esqueleto de bóvido primitivo tan completo como el aparecido en el Camp dels Ninots. Este animal pesaba 300 kilos más que sus parientes actuales.

Intoxicados

Por esa época, hace algo más de tres millones de años, tuvo lugar una reactivación del sistema de accidentes tectónicos (o fallas) que recorre lo que hoy es la provincia de Girona, al norte de Barcelona. Frutos de una de esas reactivaciones son, por ejemplo, las aguas termales del Balneario de Caldes de Malavella, donde se embotella el conocido Vichy Catalán. Pero el efecto más visible de esta reactivación fue la emergencia de una serie de conos volcánicos.
Normalmente asociamos las erupciones con violentos episodios que dejan enterradas ciudades y pueblos bajo una capa de lava y cenizas, como pasó en Pompeya y Herculano. Sin embargo, a veces la actividad volcánica se manifiesta de una manera más sutil, pero no por eso menos mortífera. Es el caso de los maar, volcanes poco violentos que, tras su erupción, se colmatan con las mismas aguas termales que hoy nutren el balneario de Caldes de Malavella y forman un extenso lago dentro del cráter. Pero el apacible lago era en realidad una trampa mortífera. Los seres vivos que se acercaban a él para beber y alimentarse de la vegetación colindante morían súbitamente intoxicados por las emanaciones venenosas que el volcán destilaba de una manera apacible, pero continua. Los cadáveres caían de pronto sobre el agua y, al cabo de varias horas o puede que de días, se desinflaban e iban a depositarse en el fondo del lago, para regocijo de los paleontólogos.
De esta manera se formó el extraordinario yacimiento del Camp dels Ninots (véase recuadro de la izquierda). Gracias al mecanismo maligno que acabamos de describir, el Camp nos ha dejado una imagen única de cómo era la vida hace 3,5 millones de años en el extremo nororiental de la Península Ibérica, en Cataluña. El elemento más abundante en este yacimiento es Alephis un gran bóvido que alcanzaba más de un metro y medio de altura. A pesar de su aspecto de gran antílope, con sus cuernos en forma de lira proyectados hacia atrás, Alephis representa uno de los primeros estadios que llevan hasta nuestros actuales bueyes, toros y bisontes. Hasta entonces, los ecosistemas de Europa habían estado dominados por formas gráciles parecidas a gacelas, cuando no gacelas en sentido estricto. Pero Alephis presenta ya una serie de características que lo relacionan con nuestros actuales grandes bóvidos, sobre todo por lo que respecta a las extremidades, robustas y relativamente cortas, y que tal vez indiquen algunos hábitos semiacuáticos.
Otro gran herbívoro del Camp dels Ninots es Stephanorhinus megarhinus, un gran rinoceronte emparentado con los actuales ejemplares de Sumatra. La dentición de esta especie era de corona baja, lo que indica que su alimentación debió consistir básicamente en hojas y vegetales blandos, y no en las duras gramíneas que componen la dieta de algunos de sus parientes actuales, co­mo el rinoceronte blanco de África. De menores dimensiones era Tapirus arvernensis, una especie de tapir cuyas características eran muy similares a las de los que actualmente pueblan las selvas del Sudeste Asiático.

Aparece una nueva especie

El Camp dels Ninots todavía deparará en el futuro nuevas sorpresas, a medida que el yacimiento libere los restos de la fauna que hoy sabemos que poblaba Europa hace más de tres millones de años. Por esa época, el clima sufrió un cambio sustancial. Las condiciones subtropicales llegaron a su fin en nuestro continente, al hilo de la dinámica glacial-interglacial que se estableció en el hemisferio norte, y en la cual todavía estamos. Fases glaciales, durante las cuales la estepa se extendía por el norte de Europa, se alternaban con períodos interglaciales en los que predominaba un clima templado. Parte de la vegetación de tipo subtropical que hasta entonces cubría el continente europeo desapareció o quedó relegada a algunos enclaves privilegiados, como las islas Canarias, la costa turca y el sur del Cáucaso.
Este cambio en la flora provocó también una variación en la fauna. Los caballos de tres dedos del género Hiparion fueron reemplazados por otros semejantes a los actuales. Los mastodontes del género Anacus fueron sustituidos por verdaderos elefantes de origen africano, de la especie Mammuthus meridionalis. Los tapires y otros elementos semiacuáticos desaparecieron de Europa, y quedaron relegados a Asia. También los grandes rinocerontes de bosque, como Stephanorhinus mega­rhinus, fueron reemplazados por otros más pequeños. Además, desaparecieron para siempre de nuestro continente los cocodrilos y las tortugas gigantes. Mientras tanto, en África esta crisis climática se tradujo en una expansión de las sabanas y del desierto.
Los gráciles autralopitecinos, todavía asociados a los bosques, evolucionaron hacia los primeros representantes de nuestro propio género Homo, dotados de un cerebro más grande y de la capacidad para fabricar utensilios. Poco después, hace menos de dos millones de años, salieron de África y se adentraron en Europa.
Y así han seguido las cosas después de cerca de 50 ciclos glacial-interglaciales. Hoy vivimos en uno de esos interglaciales de clima benigno. Tal vez demasiado, porque la actual emisión de gases invernadero está provocando un calentamiento extraordinariamente rá­pido de la atmósfera, que podría dar al traste con la dinámica glacial-interglacial. Si es así, el planeta entrará en una nueva fase de clima cálido, tal y como sucedió hace unos cuatro millones de años. Un resultado previsible será la elevación general del nivel de los océanos, lo que provocará la inundación de las zonas costeras. El mundo, entonces, tal vez regrese a las condiciones que imperaron en Europa hace más de tres millones años. El Camp dels Ninots es nuestro pasado, pero probablemente también será nuestro futuro.

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