Los dinos también lloraban

Tan grandes y fieros que les creíamos y ahora parece que tenían su corazoncito. ¿Qué puede decir la ciencia sobre el estado de ánimo de los dinosaurios?

Sufría crisis de ansiedad el Tyrannosaurus rex? ¿Podrían los dinosaurios ayudar a la ciencia a encontrar la cura de la depresión? Resulta extraño pensar que estos antiguos animales, a quienes estereotipadamente nos imaginamos como bestias mecánicas e insensibles, hubieran podido beneficiarse de los cuidados de un psicólogo. ¿Pero, qué hay de cierto en todo esto?
Recientemente un equipo de científicos británicos liderados por Alasdair MacKenzie ha hecho una investigación de la cual se deduce que estos lagartos terribles habrían podido visitar el diván del psicoanalista. Combinando ingeniería genética, bioinformática, neurociencia y biología evolutiva, estos investigadores descubrieron dónde se localizan en nuestro genoma los interruptores genéticos que podrían regular el estado de ánimo y servir de diana para futuros tratamientos de la depresión. Esos interruptores son tan antiguos que los hemos heredado de un antepasado común con los dinosaurios, hace más de 300 millones de años.

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La almendra del miedo
Si quisiéramos seguir los pasos de MacKenzie tendríamos que comenzar adentrándonos en el cerebro hasta la amígdala, una pequeña estructura con forma de almendra. Junto con el resto del sistema límbico, se encarga de ponernos en alerta y de hacernos sentir miedo, ese elemento tan necesario para la supervivencia. La amígdala también resulta imprescindible a la hora de aprender de las situaciones peligrosas. Gracias a ella, y a pesar del famoso dicho, no tropezamos demasiadas veces con la misma piedra. Sin amígdala tampoco nos resultaría fácil interpretar emociones ajenas. Los científicos llevan muchos años comprobando que las lesiones de la amígdala o un tamaño anormal de ésta pueden provocar ansiedad, terror, agresividad, desinhibición o depresión.

Interruptores del “buen rollo”
En la amígdala se producen en grandes cantidades la sustancia P, el neuropéptido Y, la galanina... Son moléculas decisivas para que exista una buena química dentro del cerebro. En los genes que producen esas sustancias podría estar la causa de que ciertas personas sean mucho más propensas que otras a tener ataques de ansiedad o depresión. Pero, de momento y tras muchos esfuerzos, no ha sido posible encontrar algún gen concreto al que echarle la culpa de un modo directo. Quizá realmente no exista. Los biólogos saben ya desde hace tiempo que genes idénticos pueden expresarse de forma muy diferente. Las personas depresivas y las que están permanentemente “de buen rollo” podrían estar dotados exactamente de las mismas secuencias genéticas, pero funcionan en la amígdala de un modo distinto. ¿Cómo es esto posible? Existen zonas en nuestro ADN llamadas “potenciadores” o “interruptores”. Estrictamente hablando no son genes, pero los activan. Los controlan, haciendo que, finalmente, se produzca más o menos cantidad de sustancia. Y ese control pueden ejercerlo desde muy lejos en el genoma. Es como si pulsáramos el interruptor de la luz en nuestra pared y se encendiera una bombilla en una ciudad lejana. El Dr. Mackenzie y su equipo han conseguido encontrar estos potenciadores. La tarea no fue nada fácil, pues no sabían dónde podían estar ubicados dentro de los gigantescos cromosomas. Pero sí sospechaban que se trataba de secuencias evolutivamente muy antiguas, que probablemente se habían conservado prácticamente idénticas durante decenas de millones de años. Las compartiríamos con diversos animales, aunque fueran parientes muy lejanos nuestros. ¿Estamos llegando ya al dinosaurio en el diván? Aún no. Nuestros amigos británicos utilizaron potentísimos ordenadores. Les introdujeron los datos de distintos genomas: el ser humano, el macaco rhesus, el ratón, la rata, el perro, la zarigüeya y el pollo. Las máquinas recorrieron las secuencias en busca de regiones dispersas pero coincidentes: regiones evolutivamente conservadas. Era como encontrar una aguja en un pajar, un tipo de investigación imposible hace escasos años, cuando no se disponía de genomas secuenciados ni de la ayuda de la informática. Hubo entonces que apagar los ordenadores y ponerse la bata. Las secuencias identificadas fueron entonces extraídas de ADN humano real y utilizadas para crear roedores transgénicos. Cada uno de ellos nació con su trocito de genoma humano incrustado en sus células. Los interruptores genéticos se encontraban ahora en algunos de esos roedores pero, ¿en cuáles?

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