El árbol que nadie puede talar

Es dueño de la tierra a casi tres metros a la redonda de su tronco

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Bloodofox

En la primera mitad del siglo XIX, un roble blanco (Quercus alba) se convirtió en uno de los compañeros predilectos de juegos de William H. Jackson. Este fotógrafo estadounidense (nacido en 1843) fue uno de los más importantes exploradores de la naturaleza salvaje de su país y sus imágenes, sobre todo aquellas obtenidas en Yellowstone, tuvieron un impacto tan grande en la sociedad de la época que propiciaron la creación del primer parque nacional de Estados Unidos, Yellowstone, en 1872.

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Cuenta la historia que Jackson elaboró un documento en el que cedía la posesión del árbol a sí mismo, una cesión que se puede leer en una placa que reza: “En consideración del gran amor que tengo a este árbol y el gran deseo que tengo para su protección, para siempre transfiero toda la posesión de sí mismo y de toda la tierra dentro de los ocho pies de el árbol en todos sus lados”.

A pesar de que el documento original nunca se ha encontrado, los ciudadanos de Atenas (en el estado de Georgia, EEUU), donde se encuentra el árbol, reconocen y respetan la propiedad del árbol sobre sí mismo y sobre la tierra que le rodea.

El árbol original, en el que jugaba Jackson, cayó por una tormenta en 1942 y se supone que tenía entre 150 y 400 años. El que ocupa su lugar es un retoño que se plantó de una de sus bellotas. Actualmente hay otros retoños del Hijo del Árbol Que Se Pertenece A Sí Mismo, por si algún evento natural o el paso de los años, acaban con él.

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