Entrevista a Lars Peter Hansen

Premio de Economía y Finanzas 2010

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© Fundación BBVA

Este profesor de Economía y Estadística en la Universidad de Chicago ha aportado instrumentos fundamentales al análisis macroeconómico. Sus modelos sirven de base al diseño de políticas económicas, y los bancos centrales aplican su método para fijar los tipos de interés. Además, su otra línea de investigación va dirigida a conseguir reglas de decisión robustas, que resulten eficaces con independencia del modelo macroeconómico.

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Ha sido galardonado con el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento 2010 en Economía, Finanzas y Gestión de Empresas

Sus últimas investigaciones estudian las variaciones de precios de los activos financieros. Usted cree que esas variaciones reflejan lo que los agentes económicos piensan de la marcha de la economía en su conjunto; y usted pretende inferir las pautas que dichos agentes aplican inconscientemente o informalmente. La pregunta es: dentro de esas pautas, ¿está la avaricia? Si es así, ¿cómo se puede medir de modo fiable? Y, más importante aún, ¿cómo se puede predecir a qué decisiones conduce la avaricia?

Normalmente los economistas estudian modelos en los que los inversores buscan su propio beneficio. Estos modelos permiten a los economistas examinar las consecuencias de esa premisa. Como cualquier otro modelo basado en una presunción, se trata de una simplificación y no siempre es ajustado, pero muchas veces es útil y tiene su fuerza. Parte de esta aproximación se basa en que la influencia del comportamiento de cada individuo es muy pequeña en los resultados finales del mercado. Los inversores particulares realizan conjeturas sobre el futuro cuando realizan transacciones dentro del mercado. Como consecuencia, los precios de los productos del mercado revelan información combinada sobre lo que piensan los inversores, incluyendo sus percepciones sobre el peligro y la incertidumbre.

Los inversores a gran escala puede que a veces consideren explícitamente las consecuencias de la suma de los compromisos que adquieren en el mercado, y este comportamiento sí que puede “capturarse” de modo más ajustado, deduciendo un modelo sobre sus preferencias. En cambio, los individuos pueden verse a sí mismos como algo demasiado pequeño como para causar un impacto a través de sus actos, y en cambio pretenden influir en los resultados sociales a través del diseño de políticas que se noten.

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Ya sabemos que no es su campo concreto pero no podemos resistirnos a preguntarle. En líneas generales se nos ha dicho que la salida de la crisis sólo tenía dos caminos: (1) recortar el gasto público o (2) aumentar el gasto público para “animar” el consumo privado, ¿Esas son las dos únicas soluciones posibles? ¿Cuál conduciría a la recuperación de la economía en general?

Al contestar a esta pregunta hay que tener claro a qué llamamos crisis. Estoy convencido de que es importante afrontar problemas a largo plazo y soy escéptico acerca de un incremento del gasto a corto plazo por parte de los gobiernos. Los gobiernos son notablemente mejores a la hora de incrementar el gasto que al reducirlo. Una vez que se emprenden gastos es muy difícil para los líderes políticos reducirlos. Así que es difícil creerles cuando dicen que ese aumento del gasto es temporal. Esta asunción de deudas del Estado hacen que crezca la preocupación acerca de que los ingresos por impuestos no serán capaces de cubrir esas mayores cargas de deuda, que desembocan en agrandamiento del Estado y gastos sostenidos.

Los inversores están naturalmente preocupados por los balances fiscales a largo plazo y son escépticos con las llamadas que simplemente retrasan los problemas para el futuro. No soy experto en la economía española, pero los periodos de depresión son momentos importantes para decidir qué gastos son de verdad vitales y productivos, y cuales se pueden cortar; pero eso puede ser un proceso doloroso y además complicado por razones políticas.

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Al mismo tiempo es esencial pensar cuáles son los mejores modos de generar crecimiento económico y empleos en el sector privado. En el caso de España y otras economías, eso podría requerir cambios estructurales importantes en el mercado de trabajo y dotar de incentivos las partidas de ayuda a la creación de empresas.

Se sabe que los gobiernos hacen planes macroeconómicos que están pensados sobre todo para 4 años vista. ¿Eso no pone en desventaja a los estados a la hora de manejar el precio de su deuda pública y, en general, a la hora de planificar bien el crecimiento, el empleo, los precios...?

Sí que es un reto para muchos países. Cuando el gobierno se elige para periodos cortos existe la tentación de pasarle los problemas graves al que viene detrás. El reto es para los electores, que deben elegir gobernantes que entiendan y valoren la necesidad de tomar decisiones de largo alcance cuyos resultados sobre la salud de la economía se noten a largo plazo. Pero sí que hay algunos gobernantes brillantes que están mirando a un futuro más lejano, y es importante que sus votantes se lo reconozcan y los apoyen.

¿Es capaz de explicar en pocas palabras para qué se usa su famosa “econometría” que le hizo famoso?

Mi investigación original sobre econometría pretendía desarrollar métodos estadísticos basados en periodos de tiempo concretos para investigar aisladamente una “ingrediente” del comportamiento económico sin tener que considerar a la vez todos los demás. Realmente mis trabajos con otros colegas creaban sistemas de evaluación de lo que empíricamente estaba sucediendo; era como hacer un puzle y sacar conclusiones.

Con la palabra puzles me refiero a lo que los datos económicos y financieros del mundo real no siempre casan con los modelos académicos de análisis, incluyendo los que asocian el retorno del riesgo en los mercados financieros con el comportamiento de los agregados macroeconómicos y la especulación en los mercados de cambio extranjeros.

Esta idea de estudiar modelos que tienen en cuenta una sola parte del sistema tienen ya una larga historia en la literatura económica, y a mí me encantó contribuir a desarrollarlo e implantarlo.

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