Entrevistamos a Ignacio Morgado, uno de los mayores expertos mundiales en el conocimiento del cerebro humano, con motivo de la publicación de su nuevo libro. El resultado es un apasionante recorrido desde la ciencia por un órgano discreto y fundamental para entendernos a nosotros mismos. 

He oído decir a Ignacio Morgado que fuera de nosotros no hay luz, ni gusto, ni tacto. Le he oído explicar que los humanos somos, esencialmente, buscadores de placer y, también, que nadie nace siendo Jack el Destripador o la madre Teresa de Calcuta. También ha dicho que el odio es el sentimiento más corrosivo, el que más estropicio causa entre neuronas.

El pelo de  Ignacio Morgado, catedrático de psicología en el Instituto de Neurociencias, y en la Facultad de Psicología de La Universidad Autónoma de Barcelona, ha ido encaneciendo a lo largo de más de treinta años hablando y escribiendo libros sobre el asunto que ocupa su vida: el estudio del cerebro humano.

Ha escrito, entre otras muchas cosas, sobre las emociones (Emociones e Inteligencia social); sobre la memoria (Aprender, recordar y olvidar);  sobre el deseo (Deseo y placer), sobre las ilusiones (La fábrica de las ilusiones).

Ahora acaba de publicar Materia gris (Editorial Ariel), un libro que reúne en 315 páginas veinte siglos de estudio del cerebro humano. Sí, veinte siglos. Con un material tan abrumador, cuesta arrancar una entrevista.

Veinte siglos de neurociencia en un libro… ¿Por dónde empezamos?

Yo he empezado por los hombres primitivos, cuando no tenían ni idea de qué era el cerebro, ni siquiera sabían que estaba ahí. Hubo un largo tiempo de ignorancia en el que no sabíamos ni siquiera que pensábamos con un órgano que estaba dentro de nuestra cabeza. Pero fíjate, y esto sí que es especial. La gente hoy cree que pensamos con el cerebro porque intuitivamente lo sentimos, y no es verdad. Nosotros no sentimos el cerebro, ni sentimos que el pensamiento esté en nuestra cabeza. Creemos que está ahí porque nos lo han dicho, porque lo hemos aprendido. El cerebro es un órgano discreto. Solo se manifiesta cuando falla.

Ni siquiera los grandes filósofos de la antigüedad identificaron su relevancia. Ni  Aristóteles, ni Sócrates, ni Platón. Ellos no pensaban que era el cerebro el órgano del pensamiento, porque no hay ninguna señal que lo indique.

Aristóteles sabía que el cerebro de un animal al descubierto podía cortare o dañarse sin que el animal manifestara ningún dolor, lo que le hizo pensar que un órgano aparentemente insensible no podía ser la sede de las sensaciones.

¿Cuándo aparece la primera referencia al cerebro como el órgano de la mente?

La primera referencia está en un papiro Egipcio. Aunque para los egipcios el cerebro no era importante. En las técnicas de embalsamamiento lo extraían por la nariz.  El cerebro no se consideraba necesario para la otra vida, y por eso era desechado, mientras  que otros órganos, como el corazón y el hígado, eran considerados sedes de las emociones y se conservaban en la momificación.

¿Sin embargo, dices que un papiro egipcio incluye la primera referencia al cerebro como órgano del pensamiento?

Sí. Me refiero a El papiro quirúrgico, un pergamino enrollado de 4,68 metros de longitud que contiene la primera referencia escrita al cerebro humano y las primeras indicaciones conocidas de que sus lesiones pueden ser causa de síntomas neurológicos. El papiro narra 48 casos de  individuos que sufrieron fracturas craneales en combates y relata las consecuencias.

Fue Galeno, médico de gladiadores, quien empezó a defender y dio impulso a los hallazgos de Herófilo de Calcedonia (335-280 a.C) y Erasistrato de Ceos (304-240 a.C.), fundadores de la escuela de medicina de Alejandría, quienes, mediante experimentos con animales y observaciones anatómicas, pusieron de manifiesto que todas las funciones intelectuales y volitivas se localizaban en el cerebro.

A partir de ahí, el estudio del cerebro ha dado para mil y un capítulos de una serie de Netflix. Por ejemplo, el día en que lonchearon el cerebro de Lenin.

Cuando en enero de 1924 murió el líder de la Revolución rusa Vladimir Lenin, el gobierno soviético nombró un comité científico para dar curso a una investigación sobre su cerebro. El elegido fue el neurólogo alemán Oskar Vogt.

Pero el trabajo de “loncheado” lo hizo una mujer, ¿no?

Me alegro mucho de que hayas notado eso en el libro. Esta mujer representa a la gente que ha trabajado mucho por la investigación y nunca va a salir al escenario, porque está entre bastidores, pero haciendo la parte más importante. Esta mujer  se llamaba Margarethe Volecke, y fue la técnica de laboratorio que hizo 30.000 lonchas del cerebro de Lenin.

¿Por qué había que hacerle rebanadas? 

Para que se haga a la gente una idea de cómo trabajamos en el laboratorio, cuando exploramos un cerebro, lo cortamos en rebanadas muy finas,  más finas que las lonchas de jamón. Esas secciones pasan después por un proceso químico de tinción en el que las células que hay dentro de esa loncha, según las partes de la misma, se tiñen de un color u otro para que después las podamos ver diferenciadas al microscopio.

El estudio del cerebro de Lenin mostró que tenía más células gigantes piramidales que otros cerebros, y lo consideraron como propio de una capacidad mental superior. Algo que después se ha demostrado que no tiene nada que ver con la inteligencia.

Los nazis también protagonizan horrores en la historia del estudio del cerebro humano. Mencionas en tu libro la “muerte gentil”, que a veces se considera el origen de la eutanasia

Sí, pero la “muerte gentil” fue algo horrible, algo que te pone los pelos de punta. Max de Crinis (1889-1945), un destacado miembro del partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, fue el mayor defensor del programa “muerte gentil”, destinado al exterminio de los que eran considerados ‘retrasados mentales’  para mejorar la raza. Se sospecha que fue Crinis quien redacto el programa de Hitler para la eutanasia en 1939. Tras la derrota alemana, Crinis evitó ser arrestado suicidándose con cianuro.

También llevó siglos entender las enfermedades mentales, a menudo consideradas posesiones diabólicas, o brujería.

«Algunas enfermas de Huntington, una enfermedad que provoca  alteraciones motoras, entraron dentro de la calificación de brujas, porque parecían  tener connivencia con el diablo»

Por ejemplo la enfermedad de Huntington, una corea hereditaria, que ya estaba presente en la Inglaterra de 1630. Algunas enfermas de Huntington, una enfermedad que provoca  alteraciones motoras, entraron dentro de la calificación de brujas, porque parecían  tener connivencia con el diablo. Muchas familias que padecían el corea huyeron a América, donde también fueron perseguidas por brujería. Al menos siete brujas juzgadas en Nueva Inglaterra provenían de familias que padecía el corea, y al menos una de ellas, que se llamaba Ellin, fue juzgada y condena a la horca por brujería en 1653.

La famosa historia de las brujas de Salen esconde muchas veces casos de enfermedades mentales.

 Y hoy, ¿entendemos las enfermedades mentales?

«Los modelos en animales no funcionan para estudiar las enfermedades mentales en humanos»

Es la gran asignatura pendiente. Y no las puedes conocer bien si no las tratas en los propios enfermos. Estamos intentando conocerlas en experimentos con animales, para ver cómo solucionamos ciertos problemas. Pero hay científicos que se quejan de que los modelos en animales no funcionan. El Alzheimer en una rata  no tiene equivalencia con el Alzheimer en humanos.

Una pregunta que siempre me hacéis los periodistas es: ¿Cuándo curaremos el Alzheimer? Y claro, no lo sabemos. Puede ser mañana, puede ser dentro de 20 minutos o puede ser dentro de diez años.

Si pudierais curar el Alzheimer, ¿estaríais curando el cerebro?

El Alzheimer no es solo una enfermedad de la memoria, es una enfermedad de todo el cerebro y de toda la mente. Si fuera sólo de la memoria, contentos podríamos estar, pero se acaba destruyendo todo, la memoria y todo lo demás.

«Si aprendiéramos a curar el Alzheimer estaríamos curando algo más que una enfermedad, estaríamos reparando el cerebro envejecido»

El problema del Alzheimer se ha presentado cuando se cura todo lo demás. En el siglo XVI, cuando las personas morían a los 50 años,  el Alzheimer no existía. No tenías tiempo de tener Alzheimer. Ahora, cuando hemos curado todo lo demás, cuando con la penicilina se cura la mayor parte de las enfermedades infecciosas y vivimos hasta los 100 años, aparece de un modo generalizado el Alzheimer. Si aprendiéramos a curar el Alzheimer estaríamos curando algo más que una enfermedad, estaríamos reparando el cerebro envejecido.

A partir del siglo XX, el cerebro se convierte en el centro de todo. Y cuando digo todo, hablo de ver, oír, la excitación sexual, la propicepción… Nos permite jugar al ajedrez, hacer unas lentejas, mentir, soñar… Tantas cosas que no sé si le damos aún el valor que tiene.

«El cerebro no necesita un manual de instrucciones. La IA nunca tendrá tanta flexibilidad como un cerebro humano para hacer tantas cosas diferentes»

Es una máquina impresionante, una máquina que además no requiere de un manual de instrucciones. Uno nace y pone en marcha toda la maquinaria. Uno empieza a aprender, a hablar, a oír, a ver, a oler, a todo, sin necesidad de hacer un cursillo previo para poner en marcha toda esa maquinaria.

Eso es lo maravilloso del cerebro. Es lo que lo diferencia, de la inteligencia artificial, que requiere que tú sepas manejar la máquina, o no funciona. Una Inteligencia Artificial nunca tendrá tanta flexibilidad como tiene el cerebro humano para hacer tantas cosas diferentes. Porque una de las cosas que hace el cerebro humano y que lo diferencia mucho de la inteligencia artificial, es que viene preparado para asumir problemas nuevos no previstos anteriormente. Piensa que las máquinas sólo hacen cosas para las que ya están preparadas, o sea, que están, digamos, previstas.

A pesar de todas sus capacidades, sin embargo, seguimos sin encajar bien que asuntos como el amor o la espiritualidad sean cosa del cerebro. El amor sigue siendo cosa del corazón.

«El corazón está ahí, se le nota, golpeándote en el pecho. Mientras que el cerebro es un órgano discreto»

Por lo menos hay dos razones. El cerebro tardó mucho en conocerse como la sede de la mente, del pensamiento, de la razón, etcétera, mientras que el corazón siempre estuvo ahí, además, llamando la atención con sus pulsaciones. El cerebro estaba bien calladito, metido dentro del cráneo, sin que nadie pudiera notar su existencia. Como dijimos, es un órgano muy discreto. No se le nota. Sin embargo, el corazón estaba ahí, golpeándote el pecho. Y cuando los primeros anatomistas además pudieron analizar el cuerpo humano, resulta que el corazón es un órgano bonito, mientras que el cerebro es oscuro, tosco, gris.

¿Si te dicen que no tienes corazón, de lo que estamos hablando es de que no tienes cerebro?

Así es. Pero hasta los propios científicos hablamos del corazón como la sede de los sentimientos, porque nos gusta, porque es bonito, porque es la tradición.

Entonces, ¿el siguiente paso  será entender cómo es posible que el cerebro genere la imaginación o la espiritualidad, el pensamiento abstracto?

«La ciencia no es capaz de entender qué es la conciencia, qué la subjetividad, qué la imaginación»

Has tocado un tema también capital. En la mente humana hay algo que nos parece que se eleva por encima de nuestro propio ser. La conciencia, la subjetividad, la emoción, y nos  cuesta creer que todo eso pueda ser material. Y es porque la ciencia no es capaz de entender qué es la conciencia, qué la subjetividad, qué la imaginación. No lo podemos explicar. De hecho, en la terminología anglosajona se habla del ‘hard problem’ problema duro: cómo la materia se convierte en imaginación, cómo la carne se hace pensamiento.

Sabemos que si no hay cerebro no hay pensamiento, si el cerebro se daña, las propiedades mentales desaparecen. Podemos incluso llegar a explicar qué física, qué química, qué moléculas del cerebro son necesarias para que haya pensamiento, subjetividad e imaginación. Pero lo que no somos capaces de explicar es cómo esas moléculas nos hacen pasar de la pura materia a lo que consideramos, en cierto modo, algo que está por encima de la materia, que es la imaginación y la subjetividad.

Pero lo averiguaremos

«Nuestro cerebro no es omnipotente, no tiene capacidad para entenderlo  todo»

Yo creo que el cerebro humano no tiene capacidad para entender ese cambio, lo cual no quiere decir que yo me apunte a lo sobrenatural como algo más que está encima de lo material. No es eso. Yo sólo digo que no podemos entender todo lo material, que nuestro cerebro no es omnipotente, que igual que entendemos que el cerebro de un chimpancé no es capaz de hacer una raíz cuadrada, porque no tiene capacidad su cerebro para hacerla, del mismo modo, yo creo que nuestro cerebro humano tampoco tiene capacidad para entenderlo todo.

Y una cosa que no puedo entender es eso, el cambio de la materia a la imaginación. Puede que al cabo de que sé yo, de un millón de años más, nuestro cerebro sea capaz de entenderlo. Pero entonces habrán aparecido nuevos problemas que ahora no tenemos y que serán el precio que tendremos que pagar por haber tenido esa evolución hacia la comprensión de la subjetividad.

Hace  poco entrevisté a un matemático que me decía exactamente lo mismo que dices tú: La matemática no puede explicarlo todo, no tiene capacidad para explicarlo todo. ¿Estamos en la era de la humildad? ¿Estamos reconociéndonos limitados para el entendimiento? 

Y es importante que así sea, porque la ciencia, por definición, es siempre algo provisional. El conocimiento científico siempre es provisional. El científico no puede ser radical. No puede ser alguien que cree que tiene la verdad absoluta. Eso, digamos, contradice los propios principios de la ciencia. El conocimiento científico siempre es el que es, hasta que un nuevo conocimiento supera al anterior. Debemos reconocer nuestras limitaciones.

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