Vivieron para contarlo

Varios protagonistas de diferentes tragedias han sobrevivido a muertes prácticamente seguras. Estas son sus historias

 

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Ida y vuelta al infierno

Corría a 320 kilómetros por hora. El piloto australiano Ryan Briscoe, del equipo Target Ganassi, luchaba por un buen puesto en la carrera de la Indy Racing League. Cerca, muy cerca, otro participante, Alex Barron, y el muro de contención del circuito. ¿Qué pasó? ¿Cómo  pudo verse su monoplaza envuelto en llamas y partido en tres? Un descuido, un pequeño toque y el infierno en vida, la pesadilla, la muerte a escasos milímetros.
Balance: dos clavículas rotas, daños en los pulmones, un hueso roto en el pie, contusiones diversas y múltiples heridas. La firme estructura del cockpit (espacio donde va sentado el piloto) le salvó la vida.

Imposible, aquí no hay vida

Los miembros del equipo de rescate de la Real Armada Australiana no creían que después de cinco días hubiera vida en el yate de Tony Bullimore, de 55 años, navegante y candidato a ahogado. Participaba en la Vendée Globe 96-97. A 12.000 millas de la salida en el golfo de Vizcaya, cerca ya del Océano Índico, un tremendo temporal volteó su embarcación. Bullimore quedó atrapado en una de las dependencias de la nave. Solo le quedaba aire para un día más cuando le rescataron con graves síntomas de hipotermia y deshidratación. Este enamorado de la navegación ha vuelto a los mares: la tragedia le permitió conocer a una hija suya que, conmovida al ver las escenas en televisión, contactó con él.
“Por favor, deme una taza de té.” Fue lo primero que dijo Bullimore tras ser rescatado de su barco, el Exide Challenger.

Como caída del cielo

Me gusta la adrenalina, siempre quiero experimentarlo todo”, dice Shayna Richardson. Y empezó a practicar paracaidismo. Pero un día, algo sucedió en aquel encuentro de aficionados en Siloam Springs, Arkansas. El mecanismo de apertura de su paracaídas falló, y también el del equipo de reserva. Se precipitó al vacío desde una altura de 3.100 metros y “aterrizó” contra el suelo a una velocidad de 80 km/hora. Al reconocerla, los médicos diagnosticaron pelvis rota, fractura de pierna, seis dientes perdidos ¡y un embarazo! que ella desconocía.
Una madre de vértigo. Fue en el hospital cuando Shayna Richardson se enteró de su embarazo. A pesar del accidente y de las cuatro operaciones a las que se sometió, su bebé nació perfectamente.

Mano a mano con la montaña

Nunca se debe ir solo de escalada, pero Aron Ralston, un alpinista estadounidense de 27 años, lo hizo. Se fue al cañón de Blue John, en Utah, Estados Unidos, con la intención de practicar su deporte favorito. Su objetivo, recorrer alrededor de 21 kilómetros y no estar más de ocho horas de excursión. Cinco días después, nadie sabía nada de él. Una roca de 363 kilogramos se desprendió y le atrapó el brazo derecho. En su mochila, un par de barritas energéticas y tres litros de agua. Desesperado y al borde de la extenuación, tomó una decisión drástica: amputarse el brazo para poder liberarse. Antes de hacerlo, una foto para la posteridad.
Y después, otra al brazo segmentado, sangrante, chorreando vida. Ya estaba libre. Ahora solo le quedaba sacar fuerzas de donde no había para andar gateando diez kilómetros por un cañón que se extendía junto a un precipicio. Cuando le encontró un grupo de alpinistas, estaba a solo tres kiló­metros de una carretera.

Material ‘de precisión’.
Una navaja multiusos que le regalaron al comprar una linterna de 15 dólares fue el utillaje quirúrgico que Aron Ralston utilizó para cercernarse el brazo.

La niña coraje

Es un ídolo en su pueblo, Princeville (Kauai, Hawai) y entre la comunidad surfista mundial. Bethany Hamilton, una promesa del deporte a sus trece años, ya había conquistado varios trofeos de surf cuando un escualo cambió el curso de su vida. Era la mañana del 31 de octubre de 2004 y, junto con su amiga Alana, fue a “coger olas” donde solían hacerlo, en la playa de Tunnels, en el norte de la isla de Kauai. Allí acudían casi todos los días, pero ese domingo, cuando aún no llevaba ni diez minutos en el agua, un tiburón tigre, de un solo mordisco, le arrancó de cuajo el brazo izquierdo y un trozo de tabla. Apenas una semana después de quitarle los puntos, Bethany ya estaba subida otra vez en una tabla, luchando por volver a ser la deportista que fue.

“Te falta oxígeno, te ves ardiendo, te ves… muerto”

Once personas fallecieron en el incendio que se desató en Guadalajara el 16 de julio de 2005. Jesús Abad fue el único superviviente. ¿Suerte? ¿Casualidad? “Las ganas de vivir”, responde él. “Las llamas estaban lejos”, recuerda, “pero cambiaron de repente su trayectoria”. Abad logró poner en marcha uno de los camiones autobomba, pero se despeñó por un barranco. Se arrastró y logró refugiarse debajo de otro vehículo cisterna, que chorreaba agua. “Te falta oxígeno, te ves ardiendo, te ves… muerto”. Cuando le encontraron, los servicios de emergencia no podían creer que todavía siguiera vivo.
Unos días después, el 25 de julio, abandonó el hospital en silla de ruedas y con gran parte de su cuerpo vendado, y un mes más tarde de la tragedia, Abad empezó a hacer una vida normal. “Estoy con ánimos y ganas de vivir”, dijo al abandonar el centro clínico. “Espero que me respetéis y me dejéis vivir tranquilo”.
Jesús Abad ha vuelto al monte, a luchar contra el fuego. Eso sí, con más respeto.

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