Las caras del crimen

Cuando aparece un cráneo o un cadáver en descomposición, la policía llama a los escultores forenses. Son un cruce entre artistas y científicos que reconstruyen los rostros de los cuerpos sin identificar

image
Hay que limpiar los restos, y repararlo para sacar a partir de él un molde de arcilla.

En 1977, un contable llamado John List asesinó a sangre fría a su madre, su esposa y sus dos hijos. Luego, condujo su coche hasta el aeropuerto de Nueva Jersey, y lo abandonó en el aparcamiento, donde se le perdió la pista. Pero en 1988, un escultor forense contratado por la policía elaboró un busto a partir de las viejas fotos del fugitivo. El artista estudió cómo podía haber afectado el paso de los años a su rostro, y especuló (teniendo en cuenta su nivel cultural y económico) con los posibles retoques estéticos que podría haberse hecho. ¡Y lo clavó!

Porque después de que aquella faz reconstruida apareciese en diarios y programas de te­levisión, muchas personas contactaron con el FBI para denunciar que John List vivía en Richmond, Virginia, con el nombre de Robert Clark y una nueva familia. Él lo negó, pero sus huellas dactilares coincidían con las de List. Le condenaron a cadena perpetua en la prisión de Trenton, Nueva Jersey.

El autor de aquel rostro delator se llama Frank Bender, y es un escultor forense de renombre internacional. Bender tiene uno de los trabajos más extraños, situado en la exacta intersección del arte y la ciencia médica: es especialista en reconstrucción facial fo­rense, el profesional al que se recurre cuando los demás métodos de identificación han fallado. Sus casos ilustran este reportaje, y dan cuerpo a un libro estremecedor que acaba de publicar la editorial Alba, La chica de la nariz torcida. El título hace referencia a una de las muchachas asesinadas en Ciudad Juárez (véase el recuadro) “Quedan muchas mujeres de ciudad Juárez por identificar”, explica Bender a Quo. “Me encantaría continuar intentándolo, pero la policía ha dado por terminada la investigación”.

Bender cuenta que el caso de John List le hizo famoso. Sin embargo, no fue su mayor reto: “El trabajo más difícil fue un encargo de la policía de Nueva York. No sabía por dónde empezar. El cráneo no tenía órbitas, ni maxilar... solo había un enorme agujero con una mandíbula inferior: nada. No había pistas sobre dónde podrían estar los ojos o la nariz. Pero lo hice, y conseguimos una identificación”.

El trabajo de Bender es una de las técnicas más subjetivas de la ciencia forense, hasta tal punto que desde 1993 en EEUU no se permite su uso ante los tribunales como prueba de cargo. Pero esto no significa en absoluto que carezca de utilidad. La mayoría de los crímenes violentos son obra de personas que conocían a la víctima. Por eso, si aparece un esqueleto sin nombre, la policía tiene muchas dificultades para tirar del hilo. La ciencia puede proporcionar datos objetivos mediante técnicas eficaces y reproducibles.

Publicidad - Sigue leyendo debajo
Más de Ser humano