Casas que se chivan

Las viviendas tienen una vida privada muy rica que se establece en cada rincón y se extiende por cada grieta hasta límites insospechables

El norteamericano Ward Harrison dejó su pegajosa huella en la posteridad en los años setenta, cuando dijo que rebuscar en la basura de la cantante Cher fue como tener todo su mundo en las manos. Unos vestidos, algunas pelucas y la foto de su hija Chastity era todo lo que necesitaba para asomarse a su alma. En parte tenía razón. El cubo de la basura encierra un universo muy particular compuesto de los restos de la intimidad, muestras de la personalidad reunidas sin complejos: nadie rebusca ahí. Ward estaba en lo cierto, pero hay maneras más limpias de husmear en el alma. Una colección de discos de jazz denota una personalidad calmada, la bolsita usada de té adherida a una taza vacía indica cierta dejadez, y una mesa rebosante de papelajos en perfecto caos no siempre es señal de una mente desordenada.
Análisis psicológico exprés
Existe una capacidad innata para analizar la personalidad, porque esta deja pistas. La psicóloga de la Universidad de Utah Carol Werner comprobó en un experimento que las personas saben lo sociable que es alguien solo por la puerta de su casa. En su investigación, los jueces describieron más acogedoras y abiertas las de los vecinos más sociables. También detectaron cuándo los menos sociables eran responsables de una decoración navideña, irónicamente por ser una invitación al contacto social excesivamente profusa.
En el interior, el retrato de la personalidad no solo puede ser exacto, sino que se bosqueja rápidamente y con bastante poca información. Lo demostró el psicólogo de la Universidad de Texas Sam Gosling en una investigación en la que 80 estudiantes permitieron que unos desconocidos fisgasen en sus dormitorios. Los intrusos describieron la meticulosidad, la estabilidad emocional y la apertura a nuevas experiencias de los inquilinos con más exactitud de la que demostraron sus amigos íntimos.
Las huellas de la personalidad
Gosling, un referente mundial en el campo de la “fisgonología”, ha detectado varios niveles en este arte. Hay objetos que hablan de uno mismo deliberadamente, enseres como los premios deportivos, las fotos familiares y los pósters de personajes famosos. Estos elementos pueden orientarse hacia los demás para darse a conocer, o hacia uno mismo para reafirmarse. Otras pistas que ofrece el patrimonio material de una casa están relacionadas con funciones emocionales: un armario lleno de vasos junto a sillones colocados en círculo son propios de personas que disfrutan con la compañía de sus invitados. Si su nevera siempre está llena, es que también les gusta agasajarles.
Por último, está lo que Gosling denomina “residuo del comportamiento”, que son las huellas que las acciones dejan en el medio ambiente doméstico, indicios como las pilas de cartas sin abrir y una colección de discos ordenada alfabéticamente. Este rastro es involuntario y nos delata, lo cual siempre provoca tensiones más o menos fuertes en la convivencia bisoña. Porque, como escribió Cervantes en El Quijote: “Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces”.
Y al final, todo se sabe.

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Mi casa me obliga
Proyectamos en nuestras estancias quiénes somos, pero las casas también nos influyen. Un color basta para alterar el ánimo.
Rojo. Es sinónimo de confort y anima a la discusión; es mejor rebajarlo con blanco.
Amarillo. Si no soportas la oscuridad de tu habitación, puede ser una buena elección para darle luminosidad y, de paso, vitalidad.
Verde. Es el que más tonos ofrece. En feng shui es el mejor aliado para estimular las ganas de crecer y equilibrar la psique.
Azul. Actúa como calmante y mejora la concentración. Su exceso puede provocar sensación de aislamiento.

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