Enfermos de nada: Perfil del hipocondríaco

Por mucho que vayan al médico, nunca se quedan satisfechos del diagnóstico

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Un clásico: El enfermo imaginario, de Molière.

Entre un cuatro y un nueve por ciento de la población sufre hipocondría, según Garrido Landívar. En España hay unos 400.000 enfermos imaginarios, cuyas pruebas innecesarias suponen un 10% del gasto sanitario total. El investigador británico Andrew Gould sugiere que los médicos prescriban la acupuntura (buscando un efecto placebo) para pacientes cuyos síntomas permanecen sin explicación médica después de las pruebas oportunas.

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Perfil del hipocondríaco

Personas sensibles con miedo a la enfermedad, a las funciones biológicas (defecar, miccionar, tragar) y a la muerte.

Su criterio perfeccionista les hace pensar que nadie les atiende como merecen.

Sufren un proceso neurótico que les lleva a dar vueltas a todo.

Tienen de base una estructura de inmadurez emocional, de continuo conflicto. Con ese perfeccionismo encubren su miedo a equivocarse.

No se fían de nadie.

Tantas vueltas dan que al final se creen la propia sensación como real y grave.

Abogados, jueces, trabajadores de mantenimiento y médicos son los profesionales más proclives, por la minuciosidad que se les exige.

Sanos sin saberlo
Menos mal”, advierte el profesor Garrido Landívar, “que no por pensar que uno se va a morir se muere. Menos mal que no por sentir que se tiene una enfermedad grave se tiene… Mi profesor decía que los hipocondríacos viven enfermos muchos años, pero enfermos de su neurosis”. Curiosamente, ser hipocondríaco es señal de buena salud física. Se someten a más exploraciones, están más controlados y se les pueden tratar con más precocidad las enfermedades reales. Sufren mucho, cansan a toda la familia… pero no tienen nada orgánico.

Una cura para los que se quejan sin tener nada

Fluoxetina y algún ansiolítico, para ordenar la mente y calmar la ansiedad.

Terapia cognitiva, para controlar los pensamientos distorsionados.

Terapia conductual, para aceptar definitivamente que no se sufre nada orgánico, sino que todo es una mala pasada jugada por nuestro cerebro.

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