Una análisis de la dentición ha permitido determinar el sexo de una de las figuras más emblemáticas de Atapuerca, una niña que hasta ahora ha sido conocida popularmente como El chico de la Gran Dolina. 

Ni la arqueología ni la antropología están exentas de prejuicios. La brecha de género existe incluso en lo impensable. Más del 80 % de los fósiles de homínidos encontrados están reconocidos como de sexo masculino. Sencillamente porque tradicionalmente, cuando se encontraba un fósil, antes de saber su verdadero sexo, se establecía directamente como masculino.

Cuando empezó a ser posible la identificación a partir del ADN, la balanza se equilibró, aunque hay incógnitas que permanecen, por ejemplo, ¿por qué hay muchos menos restos fósiles de mujeres neandertales que de hombres?

No ocurre solo entre los homo. Es una desviación que persiste hasta cuando se describen fósiles de dinosaurios. Recientemente, una investigación dirigida por la Universidad Queen Mary de Londres, mostró que todas las pistas en las que se habían basado hasta ahora para distinguir si se trata de un macho o una hembra entre los dinosaurios son inconsistentes.

Han sido numerosos los casos de restos fosilizados atribuidos a varones que después han resultado ser  de mujer.

En estos días, un extraordinario estudio de la dentición de dos individuos de Homo antecessor, encontrados en la Gran Dolina, en Atapuerca, ha permitido conocer su sexo y, uno de ellos era el popularmente conocido como El chico de la Gran Dolina.

El análisis de su dentición ha mostrado que no es un chico, que siempre fue una chica. Sin embargo, oficialmente nunca se le atribuyó un sexo hasta ahora. Su nombre fue solo el titular de un libro, escrito por José María Bermúdez de Castro, codirector de los yacimientos de Atapuerca y un reconocido experto mundial en paleoantropología. Tras el revuelo por el «cambio de sexo» de La chica de la Gran Dolina, Bermúdez de Castro responde a nuestras preguntas:
«Es raro que se atribuya el sexo a un fósil de manera formal, porque siempre hay incertidumbre (50%-50%). En algunos casos se ha hecho, pero a partes iguales. Al menos, en nuestro proyecto en Atapuerca siempre lo hemos hecho así, como es el caso de  Miguelón, Benjamina etc.», explica Bermúdez de Castro.
Y,  respecto al chico de la Gran Dolina: ¿Quién le puso ese nombre?  «El nombre del chico del la Gran Dolina es anecdótico. Se lo puse yo mismo cuando escribí mi primer libro allá por 2002. Había que ponerle un título al libro y se me ocurrió ese: «El chico de la Gran Dolina» y a la editorial le gustó. Detrás del nombre no había ningún análisis científico», confirma Bermúdez de Castro.

No es el único caso en el que investigaciones posteriores han mostrado que se trata de una mujer y no de un hombre, ¿verdad?  «Pues no, porque salvo en circunstancias muy especiales no se puede atribuir el sexo con certeza del 100%. El caso de Gran Dolina es muy especial. El año pasado publicamos en Nature que habíamos encontrado las proteínas más antiguas hasta el momento en un hominino. Salieron de un trocito de diente de Gran Dolina, sin más información relevante de la que ya habíamos obtenido de ese fragmento. En el estudio se obtuvo la proteína AMEL Y, que solo tenemos los hombres. Así pues, ese diente perteneció 100% a un hombre».

El diagnóstico del sexo a partir de indicios biológicos es crucial en la ciencia forense en general y en la investigación criminal, en particular. La amelogenina AMEL–proteína codificada en los cromosomas sexuales– se usa con ese fin desde la última década del
siglo pasado y ahora ha comenzado a utilizarse en el análisis de restos fósiles.