Cada tarde aplaudimos a todos los que se lo merecen, para muchos de nosotros, este es el único momento del día desde hace por lo menos 15 en que vemos a alguna otra persona real, aunque sea de lejos. Pero ¿por qué aplaudimos? ¿qué nos impulsa a agitar las manos? ¿Somos los únicos animales que lo hacen?

La ciencia dice que sí, que aplaudir es algo humano y solo humano. Los aplausos de otros seres vivos, como chimpancés o leones marinos, son gestos de imitación sin significado o con otro distinto del que le damos en nuestra especie. El que fue profesor del Centro de Investigación en Primates de la Universidad de Barcelona, el primatólogo catalán Joaquim J. Vèa, precisó en su día: “Tras un montón de años estudiando primates en las selvas, nunca he visto a un primate (no humano) aplaudir”.

Los gestos con la mano siguen siendo una característica única del bípedo mono desnudo

El catedrático de Antropología Social y Cultural de la Universidad de Granada, Ángel Acuña considera los aplausos actuales: “Un gesto colectivo de admiración dirigido a personas y labores concretas; y tal vez, también de hacerse presentes o visibles, al menos en un momento de la tarde, para notar que no se vive en soledad el largo confinamiento”, y nos remite al famoso Desmond Morris que ha estudiado las variaciones culturales en los gestos. “Los gestos con la mano siguen siendo una característica única del bípedo mono desnudo”, dice Morris. Para él, el aplauso es una forma de dar palmadas en la espalda desde la distancia, gesto este, el de palmear el cuerpo de otra persona, que significa en casi todas las culturas, incluso en otros primates aprobación, cariño, agradecimiento o cercanía.
La soprano María Zapata ofrece mini conciertos desde su terraza a la hora del aplauso.


Pero una característica de los aplausos es que son, como las pandemias, muy contagiosos. Hay un estudio de la Universidad de Uppsala, en Suecia y publicado en el Journal of the Royal  Society Interface que establece modelos matemáticos para medir los aplausos en un grupo social, y lo más interesante es que no suelen tener relación con el mérito del aplaudido ni nacen de la voluntad individual, sino que dependen del contagio social.

El aplauso es muy contagioso. A los 0,8 segundo de que alguien aplauda a todo el grupo le sigue

Si una persona empieza a aplaudir 2,1 segundos después de que acabe una conferencia o presentación, 0,8 segundo más tarde comienza todo el grupo a aplaudir, les guste o no la cosa. “Utilizamos la selección del modelo bayesiano para probar entre varias hipótesis sobre la propagación de un comportamiento social simple, aplausos después de una presentación académica. La  probabilidad de que las personas comiencen a aplaudir aumentó en proporción al número de otros miembros de la audiencia ya «infectados» por este contagio social, independientemente de su proximidad espacial”.

Eso se ha sabido desde siempre en el teatro, y de ahí vino la “cla”, una institución histórica, que algunos aún recuerdan. Nerón pagaba cientos de sestercios a los laudiceni, aplaudidores profesionales, casi todos esclavos, y el griego Plutarco (46-127 d.C.) cuenta que debido a esos falsos entusiastas, Filemón de Siracusa (361-263 a.C.) logró superar varias veces al famoso Menandro (342-291 a.C.) en las representaciones teatrales.

El ruido es una acción social y política potentísima

Los aplausos, además de ser un gesto significativo y contagioso, tienen una particularidad, y es que hacen ruido. El ruido es una acción social y política potentísima. Hacemos ruido para jalear, para protestar, para aprobar, para ocupar el espacio público. Con ruido se ganan guerras, se reivindican derechos, se reprimen revueltas, se someten sociedades, porque el sonido ocupa espacio. Jacques Attali en su libro Ruidos asegura que “Mucho más que los colores y las formas, dan forma a las sociedades los sonidos y sus combinaciones. En el ruido se leen los códigos de la vida, las relaciones entre las personas”.

El aplauso, por esta y otras razones un “hecho social” a la manera como lo definió el sociólogo francés Émile Durkheim, o sea, un comportamiento o idea presente en un grupo social, trasmitido de generación en generación, que todos conocen y comparten.

Y por cierto, el récord de aplausos, aunque hay quien lo discute, lo más probable es que pertenezca al tenor Plácido Domingo después de una representación de la ópera Otelo: 80 minutos. ¿Sería lo mismo dadas las circunstancias actuales?Ahora se acerca la hora de aplaudir a los que nos ayudan en la pandemia, eso sí, como todos escuchamos, a las 19:58 de la tarde, y no a las 20. ¿Por qué será?

Este es el aplauso a Hermann, un hombre con Alzheimer que toca la armónica. Su mujer le hace creer que los aplausos son para él.