Claves para tomar decisiones acertadas

Respira, cuenta hasta diez… y lee este artículo antes de dar un paso más. Son 9 indicaciones para no equivocarte (casi) nunca

¿Qué me pongo hoy? ¿Compro esa casa? ¿En qué carrera me debería matricular? Hubo un tiempo en que, al pararnos ante los yogures del supermercado, solo había dos opciones: o blancos o con sabores. Más o menos, como con las parejas: estaba la que elegía tu padre y la que elegías tú, pero poco más. Actualmente hay tantos yogures diferentes como candidatos/as a ocupar tu cama noche sí, noche no.

Pero ¿cuál es la mejor opción? ¿Los azucarados (yogures, se entiende) o los que llevan extra de nata? La vida está llena de opciones, y todos guardamos ce­losamente nuestro derecho a escoger; resulta clave para preservar la individualidad. Tomar buenas  decisiones requiere sopesar dos fuerzas aparentemente contrarias: la emoción y la razón. Además, hay que percibir co­rrectamente el presente y poder predecir el futuro. ¿Podría la ciencia ayudarnos? Psicólogos y neurobiólogos estudian a fondo los fascinantes procesos mentales que subyacen bajo la toma de decisiones. Aquí hay una guía de nueve puntos básicos con lo último sobre sus investigaciones.

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Déjate llevar por tus primeros instintos

Piénsalo bien antes de decidir… ¡o no! Lo primero a tener encuenta es que no siempre la razón te ayudará a elegir bien. Janine Willis y Alexander Todorov, de la Universidad de Princeton (EEUU) hallaron que hacemos juicios sobre la fiabilidad, la competencia, la agresividad, la compatibilidad y el atractivo de una persona en los primeros 100 milisegundos de conocerla. Si a los sujetos estudiados se les daba más tiempo para mirar, aunque solo fuera hasta un segundo, apenas revisaban sus puntos de vista; de hecho, confiaban más en sus primeras impresiones.
La sobrecarga de información te aleja de los instintos, como han demostrado el investigador Ap Dijterhuis y sus colegas de la Universidad de Amsterdam (Países Bajos). Ellos pidieron a estudiantes que eligieran cuatro hipotéticos coches, basados en cuatro sencillas especificaciones de cada uno. Además, había una lista mucho más larga con 12 características por vehículo. Lo que halló Dijsterhuis fue que, enfrentados a una elección simple, los individuos elegían mejor el coche si podían pensárselo unos segundos y no se dejaban arrastrar por la pasión.?Pero cuando se enfrentaban a una decisión compleja, la razón terminaba ofuscándoles, porque había demasiados pros y demasiados contras que analizar. En el mundo real, el patrón es similar: si haces una compra simple de algo sin trascendencia, estarás más feliz con tus decisiones semanas más tarde si has sopesado las alternativas racionalmente. Sin embargo, si se trata de adquisiciones más complejas (los muebles de la casa, la carrera que vas a es­tudiar…), los que se fían más del instinto estan más satisfechos. Pero cuidado: tienes que saber que si la elección a la que te enfrentas es muy emocional, tus instintos puede que no te sirvan, porque a menudo tergiversarás la realidad, y puedes estar engañándote.

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Haz de abogado del diablo

Estás a punto de poner tu voto en la urna. Antes, discutes sobre un tema delicado, como la inmigración o el terrorismo, y te das cuenta de que la otra persona solo presta atención a las pruebas que apoyan su opinión, y no a las que van en su contra. Probablemente a ti te esté ocurriendo lo mismo. Ambos estáis sufriendo el efecto de lo que los expertos llaman  sesgo de la información. “Los humanos no tenemos propensión a ser realmente objetivos”, opina el psicólogo Ray Nickerson, de la Universidad deTufts en Medford, lo que nublará nuestras decisiones. Si buscas pruebas en tu contra clarificarás tus opiniones antes de elegir.

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Que te echen una mano

Sobre todo, si no eres experto en esa materia, o si se trata de decidir entre dos situaciones desagradables. Deja que alguien elija el vino en un restaurante, o que la máquina  te dé los números de la Primitiva. Quizá te sientas más feliz si dejas ciertas decisiones en manos del Estado, o de un profesional. Simona Botti, de la Universidad de Cornell, sugiere que las personas prefieren que su doctor decida qué tratamiento deben seguir, o si se debe retirar el soporte vital a un bebé muy prematuro.

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No temas las consecuencias

Qué pasaría si yo...? Cada decisión que se toma implica predecir el futuro, y eso no se nos da demasiado bien. Sobreestimamos el impacto emocional que tendrán nuestras elecciones, tendemos a pensar que ganar a la lotería nos hará más felices de lo que luego nos hace, o que la vida sería más insoportable de lo que luego lo es si perdiéramos una pierna. El psicólogo Daniel Kahneman, de la Universidad de Princeton, dice que las consecuencias de los actos suelen ser menos intensas y más breves de lo que la gente imagina, pero esta sensación, llamada “aversión a la pérdida”, que en el fondo se basa en el miedo, condiciona demasiado la toma de decisiones. Kahneman ha averiguado que la mayoría, por ejemplo, es reacia a aceptar apuestas, a menos que lo que se gane sea el doble de lo que se juega. Todos nos jugaríamos 5 € a cara o cruz si la posible ganancia fuera de 10 € o más, pero no de menos. Pero el psicólogo asegura que cuando al final se pierde, el trauma no es tan doloroso como creíamos. Así que ¡fuera miedos!   

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Dale otra vuelta

En esta situación, la de elegir pastel, nos vemos arrastrados, además de por la gula, por lo que los expertos llaman “efecto marco”. La elección que hacemos –probablemente la del pastelito verde– está influida por la forma en que se presentan las alternativas. Ambos pasteles son iguales, pero el que nos indica que tiene un 90% menos de grasa nos parece más sano. Somos propensos a comprar basándonos en lo que satisface nuestra sensación de seguridad, por lo que nos parece más atractivo lo que menciona sus beneficios, algo que los publicistas conocen muy bien. ¿Podemos aprender a reconocer el efecto marco y combatirlo? Según los expertos, al menos saber que existe ese sesgo ya es importante para tratar de luchar contra él. Hay algunas evidencias de que la experiencia y una buena educación pueden ayudarnos a contrarrestrarlo, pero incluso aquellas personas más propensas a sufrir sus consecuencias puden tomar una medida muy sencilla para evitarlo: antes de decidir hay que mirar las opciones desde más de un ángulo.

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No apartes los ojos del balón

Nuestras decisiones y juicios tienen el extraño y desconcertante hábito de unirse a hechos y números arbitrarios o irrelevantes. En un estudio clásico que presentaba este llamado “efecto ancla”, los expertos pedían a los participantes que dieran vueltas a una “rueda de la fortuna”, con números que iban de 0 a 100, y después, que estimaran el porcentaje de países de Naciones Unidas que eran africanos. Sin que los sujetos lo supieran, la rueda estaba trucada para que se parase, o bien en el 10, o bien en el 65. Aunque esto no tenía nada que ver con la pregunta posterior, el efecto en las respuestas de los participantes fue tremendo. Como media, los que sacaban un 10 en la rueda daban una estimacion del 25%, mientras que aquellos cuya ruleta se paraba en el 65 decían que el porcentaje de países africanos en Naciones Unidas era de un 45%.  Este anclaje a circunstancias poco importantes suele aparecer cuando se nos pide que tomemos una decisión basándonos en una información muy limitada. Con poco en qué apoyarnos, somos más proclives a fiarnos de irrelevancias y a dejar que ellas condiciones nuestro juicio. Por ejemplo, todos corremos el riesgo de volvernos locos con el efecto ancla cuando entramos en una tienda y vemos una camisa muy mona marcada como “rebajada”. Eso es porque el precio original nos hace de “ancla” al compararlo con el precio con descuento, lo que provoca que parezca una ganga, aunque en términos absolutos no lo sea.

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Mejor abandonar si la idea era mala

Cuanto más invertimos en algo, más nos involucramos en ello, y es posible que eso nos haga decidir mal. Si ya hemos pagado por un viaje, y ese fin de semana llueve a mares, nos vamos, aunque no salgamos del hotel y sea el peor fin de semana de nuestras vidas. Pero la inversión no siempre tiene que ser económica. ¿Quien no ha insistido con un libro soporífero, o con un mal matrimonio? En la década de 1970, los Gobiernos británico y francés cayeron en esta trampa, que los psicólogos llaman “falacia del coste de oportunidades”, al continuar con el Concorde cuando ya había quedado claro que desarrollar el avión no sería rentable. Incluso los corredores de Bolsa son susceptibles de padecer las consecuencias de esta falacia: esperan demasiado tiempo para deshacerse de acciones cuyo precio cae como el plomo. A la hora de tomar una decisión, es más inteligente pensar que es mejor perder lo invertido si la idea era mala. Si el bolso, a pesar de lo que te costó, no te gusta, arrójalo a los leones.

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Emocionados, pero no airados

Nuestras emociones más básicas han evolucionado para permitirnos escoger rápida e incoscientemente en situaciones que amenazan nuestra supervivencia. El miedo lleva a pelear o a huir, la repugnancia nos conduce a evitar lo que nos asquea. Pero el papel de la emoción va más allá. El neurobiólogo Antonio Damasio, de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, ha estudiado a gente con daños exclusivamente en el área emocional de su cerebro, y ha hallado que a menudo no pueden decidir las cosas más básicas, como qué ponerse o qué comer. Las emociones son, por tanto, cruciales para decidir, pero que sean las apropiadas es otra cuestión. Tomemos, por ejemplo, la ira. Daniel Fessker y sus colegas de la Universidad de California, en Los Ángeles, indujeron ira a un grupo de sujetos. Después les hicieron participar en un juego de apuestas. Encontraron que los hombres, pero no las mujeres, apostaban más cuando estaban enojados. También descubrieron que la gente enfadada es menos generosa, y que es más propensa a optar por la primera cosa que se les ofrece que a considerar otras alternativas. Parece que la ira nos puede hacer impetuosos, egoístas y propensos a correr riesgos.
La repugnancia es una emoción que también tiene efectos interesantes. En otra investigación, llevada a cabo en la Universidad de Virginia, han comprobado que después de hacer pasar asco a ciertos sujetos, cuando les pedían que emitieran juicios de valor sobre cuestiones morales, como el incesto entre primos, comerse a su propio perro o el soborno, los que ha­bían padecido asco eran mucho más censores respecto a estos comportamientos que los otros. Todas las emociones afectan; cómo no, también la tristeza, pero esta lo hace de un modo inesperado. En otro estudio comprobaron que la gente que estaba triste se tomaba su tiempo para considerar las variadas opciones frente a una oferta, y al final terminaba haciendo las mejores elecciones. De hecho, muchos estudios muestran que las personas deprimidas tienen la visión más realista del mundo. Los psicólogos han acuñado un término para esto: realismo deprimido.

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Limita tus opciones

La gente obtiene más placer de escoger un bombón de una selección de cinco que de una selección de treinta. Esto se llama la “paradoja de la elección”, la idea de que, aunque pensamos que tener mucho para elegir es mejor, a menudo menos es más. Los satisfechos son aquellos que optan por la primera opción que satisface su umbral de requerimientos: los que cogen el primer bombón que les ha gustado y no miran todas las capas de la caja. Lo interesante es limitar el número de opciones. Así que en lugar de escudriñar todas las páginas web para buscar la mejor cámara digital, pregunta a tu vecino si la suya le satisface y probablemente aciertes. Los psicólogos creen que esta es la forma en que la mayoría de nosotros elegimos una pareja sentimental entre las millones de posibles citas. Si sales a encontrar algo “lo suficientemente bueno”, y no “lo perfecto” entre el mar de posibilidades ante ti, es posible que hoy no duermas sola/o.

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