Huelga de piernas cruzadas

Detener una guerra, conseguir alimentos, evitar muertes… El activismo sexual puede ser un modo de cambiar el mundo, pero ¿a qué coste?

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La nueva tendencia indica que el “sexo débil” ha encontrado el arma más poderosa para hacerse con la sartén y el mango.

Cruzarse de piernas en la cama es un recurso legítimo y muy poderoso que tiene toda mujer para expresar su enfado a la pareja. Pero como cualquier otra huelga, la de las piernas cruzadas no está exenta de riesgos, matices, piquetes y, sobre todo, esquiroles. A no ser, como pasó hace unos meses en Kenia, que el llamamiento implique a toda la población femenina, incluidas las prostitutas, quienes recibieron una recompensa monetaria durante los siete días que duró este insólito paro general. Uno que no dejó a nadie indiferente.

En este convulso país africano, las mujeres están cansadas de ver cómo las corruptelas y la falta de entendimiento de sus mandatarios echan por tierra cualquier posibilidad de progreso.

El llamamiento de huelga debía llegar muy especialmente a las dos primeras damas con el firme propósito de obligar a recapacitar a sus esposos, el presidente Mwai Kibabi y el primer ministro Raila Odinga, que mantienen una enemistad política muy perjudicial. Ida Odinga, esposa del primer ministro, recogió de inmediato el mensaje de la organización feminista Grupo 10 y lo usó llegada la hora: “Si ustedes no saben renunciar a la violencia y acordar una tregua, no vengan aquí a negociar revolcones”. ¿Qué pasó durante esta larga semana de total sosiego en las alcobas? Los detalles íntimos no se airearon, pero sí algunas de sus consecuencias: los hombres reconsideraron la situación, y por primera vez en muchos meses se sentaron a hablar. Para las feministas, la huelga supuso una victoria y sirvió para llamar la atención internacional de sus problemas. En el aire ha quedado un debate difícil de zanjar: ¿puede el sexo desempeñar un papel de debilitamiento tan implacable para el hombre?

Una salida para salidos

Algunos sexólogos y psicólogos del mundo occidental han puesto el grito en el cielo ahora que la mujer está logrando por fin romper con los estereotipos masculinos, al menos en la cama, y cuando se empieza a hablar de una nueva sexualidad masculina, más ligada al terreno afectivo.
“El boicot sexual, aunque eficaz y convincente, es difícil de entender en una cultura como la nuestra, donde el sexo se desenvuelve en un ambiente de cordialidad y de respeto. La pareja busca el disfrute máximo y cada uno expresa sus deseos”, dice el sexólogo y psicólogo murciano Eugenio López. Reconoce que: “Como argucia, está muy bien planteada, ya que el deseo se­xual no satisfecho crea al varón un conflicto interno enorme que le lleva a buscar finalmente una salida, bien dando rienda suelta a sus pasiones fuera del hogar, o bien cediendo a las peticiones de su pareja”.
Así lo advierte también la psicóloga y terapeuta sexual Marina Castro, del Instituto de Estudios de la Sexualidad de Barcelona: “La huelga de piernas cruzadas supone un mazazo para la sexualidad bien entendida. El sexo debería estar ligado a la ne­cesidad de sentirse amado, deseado y conectado con la pareja. Rechazarlo puede suponer un coste emocional alto”.

La lección de las mujeres keniatas es antiquísima. En la comedia griega Lisístrata, su autor, Aristófanes, propone una salida similar para terminar con el dolor, la miseria y la calamidad a los que ha abocado la Guerra del Peloponeso entre los pueblos atenienses y espartanos durante 27 años. Su heroína, Li­sístrata, convoca a las mujeres de su pueblo para iniciar una cruzada en las alcobas con una propuesta: cerrar sus piernas cuando ellos vuelvan de la guerra. Enseguida, los guerreros sellan una paz duradera.
Desde entonces, numerosas mujeres han encontrado en sus piernas cruzadas la llave de la paz, en todas las épocas y en cualquier lugar del mundo. El primer ejemplo podría ser el que en 1979 llevó a las mujeres islandesas a cerrarse en banda debido al poco reconocimiento de las tareas femeninas que había en el país nórdico. La medida fue acatada por el 90% de las féminas locales. Los resultados fueron tan notorios que cuatro años más tarde la líder de este movimiento reivindicativo, Salome Porleiksdóttir, fue nombrada presidenta del Parlamento islandés.

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