Persiguiendo colores

A menudo, la compresión de imágenes digitales destruye las señas de identidad únicas de cada foto, lo que hace más fácil su manipulación.

El sistema JPEG del que hablamos antes “sintetiza” la información de la imagen, pero deja un resultado muy similar. Básicamente, el formato renuncia a la calidad por tener fotos más livianas. Una foto de 8 megas tomada en formato TIFF puede ocupar 40 ó 50 megas, en JPEG puede ocupar solo 3 ó 4. Si tú quieres vender la foto de tu ovni, podrías reducirla a JPEG. En lo visual no se apreciarían diferencias, pero en el detalle fino se comienzan a ver grupos de píxeles muy similares, lo que se llama interpolaciones. Para hacerlo más claro aún: una celda de 8 por 8 píxeles (64 en total), se convierte en un solo píxel; el resto son aproximaciones. Aunque el ojo humano no distingue estos millones de colores, por debajo hay unos algoritmos de compresión muy precisos que se rompen con los retoques y se pueden detectar. Y así es cómo descubrirán que tu ovni es falso. Tanto como algún mitin político. A menudo, para rellenar espacios se copian sectores de la foto y se pegan en otras zonas. De ese modo, el mitin parece multitudinario si se ve de lejos. Y tampoco se alteran los algoritmos ni, si son cuidadosos, se borran las marcas. ¿Impecable? No tanto. En la naturaleza no existe la simetría, no hay dos objetos iguales. Por ello hay nuevos algoritmos que detectan estas simetrías. Pese a toda la tecnología, a veces se encuentra el delito, pero no al delincuente. Al menos por ahora. Las cámaras digitales de gama alta incorporan cada vez más firmas digitales. Así, a cada fotografía que toman se le añade un número único. Esto permite saber si ha sido tomada con esa cámara. Pero no quién la ha tomado, y en esto, precisamente, se centran los esfuerzos de los científicos y policías: una cámara que permita, por ejemplo, atrapar a pederastas. Uno de los proyectos que se estudian es la posibilidad de que haya cámaras que tomen una foto del iris de quien toma la imagen y la guarden como información encriptada, accesible solo para los expertos e imposible de manipular. Esto relacionaría directamente foto y fotógrafo. La segunda línea persigue saber qué cámara ha hecho las fotos. Esto se basa en detectar las aberraciones de cada dispositivo, analizando cientos de fotogra­fías tomadas con el mismo aparato, identificando el patrón que deja una cámara y reconociéndolo entre miles de imágenes. Si se determina que la foto ha sido tomada con esa máquina, con un número de serie único, se la puede relacionar con el comprador. Estos avances se tratarán en el próximo Congreso Internacional que se celebrará en Málaga entre el 6 y el 8 de octubre (www.isac.uma.es/esorics08). Por ahora, la batalla entre el bien y el mal aún no ha terminado.

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Juan Scaliter

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