La gran batalla en torno las pinturas de Altamira

Los más reputados paleontólgos de la época rechazaron la autenticidad del yacimiento

En 1868, un cazador llamado Modesto Cubillas rastreaba una presa en las proximidades de la localidad cántabra de Santillana del Mar. De improviso, su perro quedó inmovilizado entre unas rocas y, al ir a liberarlo, el hombre descubrió la eixstencia de una cueva ignorada hasta aquel entonces. La verdad es que no era un descubrimiento digno de impresionar a nadie, ya que aquella zona estaba plagada de otras similares. Y, por supuesto, era imposible imaginar que en su interior se encontraba un auténtico tesoro: uno de los más importantes yacimientos mundiales de arte rupestre.

Este viernes se estrena Altamira, una lujosa película dirigida por Hugh Hudson (el autor de filmes tan inolvidables como Carros de fuego y Greystoke, la leyenda de Tarzán), y protagonizado por Antonio Banderas en el papel de Marcelino Sanz de Sautuola, el primer hombre que las estudió, y que falleció rodeado de la incomprensión de la comunidad científica de la época, que calificó el descubrimiento de fraude. Porque, aunque actualmente cueste creerlo, en su momento las pinturas de Altamira fueron consideradas falsas. Aunque también tuvieron defensores. Peculiares defensores, hay que decir, ya que salieron nada menos que de las filas del creacionismo.

La lucha entre la razón y la fe, la ciencia y la religión, es ya un clásico en la historia de la humanidad. Ahí están los casos de Galileo o Miguel Servet para confirmarlo. Aunque la historia de Altamira es realmente paradójica al mostrar a ilustres creacionistas defendiendo la autenticidad del hallazgo, y a reputados paleontólogos rechazándolo. Pero, ¿cómo pudo llegar a darse una situación tan retorcida?

Tras descubrir la cueva, Modesto Cubillas le comunicó el hecho a su patrón, Marcelo Sanz de Sautuola, un ingeniero que era propietario de aquellas tierras. Pero no la visitó hasta siete años después. Fue en 1875, cuando Marcelino entró por primera vez en ella. No la recorrió entera y, de hecho, no se percató de la existencia de las pinturas, aunque si descubrió unas extrañas marcas parecidas a signos en una de las paredes, que llamaron su atención. Cuatro años después volvió a visitarla. Esta vez acompañado por su hija de ocho años, María Faustina Sanz Rivarola. Y mientras Marcelino permanecía en la entrada, terminando de desbrozarla, la niña se adentró en el interior, llegando a lo que parecía una gran sala. Al levantar su lámpara, la pequeña descubrió las fabulosas pinturas en el techo de la cueva. maría corrió a su padre, quien quedó mudo de asombro al ver aquel maravilloso conjunto de figuras de animales.

Al año siguiente, Sautuola presentó una pequeña obra titulada Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, en la que defendía el orígen prehistórico de las pinturas. Pero lo único que encontró fue el rechazo. Los dos paleontólogos más prestigiosos de aquella época, Émile Cartailhac y Grabriel de Mortillet no tardaron en posicionarse en contra del descubrimiento, cuestionando su autenticidad. Y en España, las tesis de Sautuola no recibieron mejor acogida. La Institución Libre de Enseñanza, por ejemplo, encargó un estudio que concluyó que las pinturas eran del siglo I adC, y que podían haber sido hechas por soldados romanos que hubieran pernoctado en la cueva. Otros, como los miembros de la sociedad Española de Calcografía, llegaron más lejos afirmando que eran un auténtico fraude, y acusaban a Paul Ratier, un pintor sordomudo francés que había estado alojado en casa de Sautuola, de ser el autor de la falsificación.

De hecho, el único que apoyó a Sautuola y defendió la autenticidad del descubrimiento, fue un personaje singular: el geólogo y paleontólogo Juan Vilanova. ¿Y qué era lo que le hacía tan singular? Según explica Fernando Pelayo, investigador del CESID y autor de una biografía sobre este personaje: "Usaba el método científico para tratar de probar la veracidad de lo que relataba La Biblia". Efectivamente, Vilanova empleaba sus conocimientos para tratar de desmontar las tesis darwinistas y corroborar la verdad divina. Y hay que reconocerle que lo hizo con mucha habilidad. En aquellos tiempos las investigaciones sobre la evolución y el origen de la vida estaban aún en pañales, y se cometían muchos errores. Vilanova llegó a demostrar que varios supuestos fósiles a los que los científicos darwinistas concedían un gran valor, en realidad no eran tales.

"Paradójicamente, gracias a los ataques de un creacionista como Vilanova el darwinismo se fue perfeccionando, pero nunca llegó a aceptarlo", explica el investigador del CESID. "A su juicio, la paleontología demostraba el momento y el orden de aparición de los seres vivos: primero los vegetales y luego los animales".

Y aquí es donde entra en escena la cueva de Altamira. Había varias razones por las que los paleontólogos de la época dudaban de su autenticidad. Y una era que les parecían demasiado perfectas para haber sido elaboradas por humanos tan primitivos. El mismo motivo por el que Vilanova defendía su autenticidad. Para él, entre otras cosas, aquella madurez artística, aquella sensibilidad, demostraba que el hombre no era un ser brutal evolucionado de los primates, sino que había sido creado directamente por Dios.

De esta manera, Vilanova le estaba dando a los recelosos paleontógos una nueva razón para dudar de la autenticidad de las pinturas. Y es que los científicos temían que fueran un fraude realizado por creacionistas para dejarles en ridículo. Sus temores los avalaba además el hecho de la proximidad de la Universidad de Comillas, fundada y gestionada por la Compañía de Jesús, hacia la que se dirigían sus sospechas. Y, así, Altamira se convirtió en un campo de batalla dialéctica, en el que fe y ciencia se enfrentaban de manera recambolesca, casi absurda.

Marcelino Sanz de Sautuola murió en 1888, sin que su descubrimiento hubiera obtenido el reconocimiento merecido. Un reconocimiento que no se produjo hasta 1902, y que vino paradójicamente de un sacerdote, el abad francés Henri Breuil quien, además de religioso, era un reputado investigador de la prehistoria. Aparte de Vilanova, nadie más se había atrevido a defender la autenticidad de las pinturas. Pero Breuil lo hizo, y el gran prestigio del que gozaba en el mundo paleontológico, hizo que muchos de los que habían rechazado tal posibilidad, se replanteasen ahora su postura. Y el primero de ellos fue Émile Cartailhac, quien rectificó y reconoció su error en un estudio tiulado La cueva de Altamira. Mea culpa de un escéptico. A partir de ahí todo vino rodado, y el yacimiento cántabro comenzó gozar del prestigio científico que realmente merecía.

Ahora, toda esta apasionante historia ha sido reflejada en la película de Hugh Hudson. Habrá que verla, para comprobar si el director británico ha estado a la altura de tan formidable legado.

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