Las manos más caras

Cuenta el pianista Arthur Rubinstein que, paseando una tarde lluviosa por las calles londinenses junto a la soprano Emmy Destinn, ella le preguntó cómo tocaba Chopin. Lógicamente, su respuesta fue que nunca había oído tocar a Chopin, pero cuando llegó a casa, “una especie de instinto” le llevó a interpretar una de las piezas del compositor polaco, y sintió que sus manos no eran las suyas; tocaba como él jamás lo había hecho.

Dicen también que en una de sus magistrales interpretaciones de la sonata Appassionata de Beethoven, la banqueta se le rompió al final del tercer movimiento, y las manos de Ru­binstein continuaron sin apenas inmutarse y recorriendo el teclado con la misma precisión. No seguían su libre albedrío, sino, como él mismo reconocía, sus dedos transmitían “algo que emana de mí, de mi sentimiento. Mi alma proyecta a través de mis manos lo que yo siento en cada uno de mis conciertos”. Corrían los gloriosos años 20 y el pianista ya tenía sus manos aseguradas, aunque cuatro décadas después confesó que el asunto de los seguros en aquella época era un auténtico desastre. “Había muy poca seriedad”. Seguramente se consideraría un gesto un tanto excéntrico, y a la vez un modo de reconocer la exclusividad de aquellas extremidades que parecían tener voluntad propia. ¿Son sus manos las más valiosas?, preguntaron a Rubinstein. “Ni mucho menos. Sería como preguntar quién es el más grande de todos los tiempos. Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, Velázquez, Rembrandt… Cada uno es un mundo en sí mismo”. Rubinstein no es el único que aseguró la parte de su anatomía que más apreciaba. Poco después se supo que los actores Marlene Dietrich y Fred Astaire habían puesto precio a sus piernas: 300.000 dólares. En España, una de las pioneras fue la ventrílocua vienesa Herta Frankel, impulsora de algunos programas infantiles de Televisión Española. En 1949 aseguró por un millón de pesetas sus manos, artífices del movimiento de aquellos entrañables muñecos que protagonizaban el espectáculo Sueños de Viena.

Las manos de un viejo rockero nunca mueren
Las manos de Keith Richards, guitarrista de los Rolling Stones, son la cicatriz de una vida de excesos; pero valen también una fortuna. Sobre todo los dedos de su mano izquierda, asegurados por una cantidad nunca revelada. “Son incombustibles, como yo”, ha dicho Richards de ellas. Hay quien apunta que detrás de esta avalancha de números está la guerra entre las aseguradoras que, captando c lientes influyentes y célebres, se garantizan una presencia muy sólida en el mercado; más aún si se trata de un deportista de élite.
Los contratos se hacen con criterios muy escrupulosos y exigencias muy claras. Por ejemplo, al asegurado no se le permite practicar deportes extremos ni actividades que pongan en peligro la parte protegida. Se desconoce si el contrato del guitarrista de los Rolling Stones añade alguna cláusula que invalide sus derechos en caso de lesionarse al caer de un cocotero, arrojar por la ventana un televisor o cualquiera de las excentricidades de este mito musical que no da sosiego a sus valiosas manos.

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