Viaje de Darwin a las Galápagos: paso por España

El ‘Beagle’ era un buque de guerra, un ‘brig’ de la clase ‘Cherokee’.

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Un velero bergantín… Tenía 30 m de eslora, 8 m de manga y 4 m de calado. 75 personas recorrieron el mundo a bordo. El equipaje de Charles Darwin: 12 camisas, 1 par de zapatos livianos, 1 par de chinelas, 1 microscopio, 1 brújula simple, 1 compás geológico. 2 pistolas, 1 rifle con piezas de repuesto, 3 libros de idioma castellano, otros 14 libros, 1 caja de lápices y 3 barómetros de montaña.

A la vuelta escribió un relato de todo lo que había visto y de todo lo que le había pasado. Ese libro es una delicia que está llena de observaciones y reflexiones, especialmente de Sudamérica, donde transcurrió la mayor parte del viaje. Aparecen muchos tipos humanos y una gran diversidad de paisajes.

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Aunque no hubiera escrito El origen de las especies, Darwin habría pasado a la historia de la literatura de viajes por su diario, que recibió una espléndida acogida. Es difícil reseñar grandes hitos de la travesía, porque todo lo que en ella ocurrió es importante. Pero me gustaría destacar en primer lugar su “casi” visita a la isla de Tenerife.

En su detallado diario de a bordo (Diario de un naturalista alrededor del mundo, que ahora reedita íntegro Espasa), Darwin explica por qué no desembarcaron: “El 6 de enero (1831) llegamos a Tenerife, pero se nos prohibió desembarcar por temor de que lleváramos el cólera; a la mañana siguiente vimos salir el Sol tras el escarpado perfil de la isla de Gran Canaria e iluminar súbitamente el pico de Tenerife, en tanto las regiones más bajas aparecían veladas en nubes aborregadas...” Pero aquel era solo el comienzo del largo viaje en el que quizá el tramo más arduo fue el que llevó a parte de la tripulación a remontar el desconocido río Santa Cruz, en Argentina.

Resistir a los indios
El Beagle había anclado dentro de la desembocadura el 13 de abril de 1834; por entonces, apenas se sabía nada de este gran río argentino. Darwin relata así cómo se organizaron: “Partieron tres botes balleneros con provisiones para tres semanas, y los expedicionarios éramos 25, número suficiente para resistir cualquier partida hostil de indios. Claro es que contra una corriente tan violenta resultaba del todo imposible remar o utilizar las velas; en consecuencia, hubo de recurrirse al artificio de atar los tres botes, uno tras otro, proa con proa, dejando dos hombres en cada uno, mientras los restantes saltaron a tierra para sirgar...” Tuvieron que dar la vuelta antes de llegar a los grandes lagos de glaciares y ver el Perito Moreno: “El capitán Fitz Roy resolvió no llevar los botes más arriba. El río tenía un curso tortuoso y muy rápido, y el aspecto del país no convidaba a se­guir adelante. Además de la pérdida inútil del tiempo que nos habría costado el intento de seguir remontando el río, llevábamos ya algunos días a media ración de pan… Todos menos yo venían descontentos, pero a mí aquella navegación río arriba me dio a conocer una sección interesantísima de la gran formación terciaria de Patagonia”, relata Darwin.
Tierra de Fuego era el destino oficial del Beagle, ya que iban a cartografiar sus costas y a bordo del barco viajaban, de vuelta a casa, tres fueguinos que habían sido “recogidos” en un viaje anterior. El capitán Fitz Roy se había apoderado de unos cuantos “naturales”, reteniéndolos como rehenes por la pérdida de un bote que habían robado (entre ellos había un niño que Fitz Roy compró, según relata Darwin, por un botón de nácar). Les enseñaron inglés, modales británicos y a dos de ellos les bautizaron como York y Jemmy. La tercera, una muchacha, se llamaba Fuegia Basket.

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