Puro vicio

Paul Thomas Anderson es un director que nunca deja indiferente

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La última pizza. Imagen promocional del filme que toma como referencia la Última Cena de Da Vinci y muestra a todo el reparto de la cinta.

Sus complejos frescos de la vida americana pueden irritar o fascinar; todo depende de la capacidad de cada espectador para encajar su anticonvencional forma de narrar.
Con Boogie Nights nos ofreció un vibrante retrato del mundo del cine porno en los 80; en Pozos de ambición trazó una tragedia moderna teñida de sangre, con el petróleo como telón de fondo; y The Master fue un intento de reflejar la desorientación moral y emocional en la que (según él) cayó Estados Unidos tras la II Guerra Mundial. Ahora nos llega Puro vicio, su nuevo filme, en el que nos transporta en un sugerente viaje a la lisérgica California de los años 70.
Tomando como base una novela de Thomas Pynchon, Anderson realiza una relectura del cine negro clásico a través de la historia de un detective privado medio hippy, que recibe el encargo de encontrar al amante desaparecido de su propia ex mujer. Una investigación que le conducirá a través de un microcosmos poblado por estrellas de cine en decadencia, falsos gurús espirituales y drogas, muchas drogas.

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Hay quien ha comparado el filme con El gran Lebowski, aquella disparatada farsa de los hermanos Coen. Pero la película de Anderson está mucho más cerca de la versión de Un largo adiós que Robert Altman dirigió en 1973, y donde ya se nos presentó a un Philip Marlowe en versión “pasota y fumeta”.
El camaleónico Joaquin Phoenix es el atribulado detective de esta película, y encabeza un reparto de campanillas que completan nombres como Josh Brolin, Owen Wilson y Benicio del Toro.

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