Corazón latino

El legado de los conquistadores latinos se palpa en los detalles más insólitos de la vida cotidiana.

Cuando los varones nos afeitamos estamos realizando la versión actualizada de un ritual que los contemporáneos de Julio César llamaban depositio barbae. Y cuando cada noche llegamos cansados al hogar y echamos mano de un plato precocinado estamos comiendo lo que ellos llamaban termopolia. Más allá de los acueductos, el derecho y las ruinas de los anfiteatros, el legado de los conquistadores latinos se palpa en los detalles más insólitos de la vida cotidiana. Tanto que si por un milagro de la ciencia un romano pudiera darse un paseo por nuestras ciudades, este mundo no le resultaría tan extraño. Y lo primero que le sería familiar es el aspecto de las ciudades. Porque los romanos fueron los inventores de los edificios de apartamentos.

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La clásica especulación. Mientras los patricios (los nobles de sangre) vivían en las típicas villas romanas, los plebeyos fueron poco a poco hacinándose en pequeñas residencias instaladas en edificios de hasta seis pisos de altura llamados insulae (islas), ya que destacaban en ese océano de casas bajas que era la antigua Roma. Las crónicas nos revelan que los propietarios descuidaban las medidas de seguridad de los edificios, motivo por el que estos solían ser pasto de los incendios que frecuentemente asolaban la capital del Imperio. Por eso, en Roma se creó también el primer cuerpo de bomberos de la historia. Aunque no nació con una voluntad altruista. Su fundador fue un militar retirado llamado Craso y apodado “el rico”. Cuando se originaba un incendio, Craso acudía con su brigada (montada en carros de caballos y equipada con cisternas y primitivas bombas de agua), y extorsionaba a los propietarios, ofreciéndoles una auténtica miseria por el edificio que era pasto de las llamas. Los dueños, por miedo a perderlo todo, accedían a vender. Luego, Craso ordenaba a sus hombres que apagaran el fuego y de esta manera se fue haciendo dueño de media ciudad. Los métodos mafiosos ya eran algo habitual en aquellos tiempos. Pero en el año 26 de nuestra era, el emperador Augusto puso fin a estos abusos. Acabó con las tropelías de Craso y creó el primer cuerpo de bomberos oficial, formado por siete mil hombres que iban equipados con corazas, unas hachas llamadas dolotrae y con odres llenos de agua que salía a presión por una especie de mangueras hechas con intestinos de animales.

¿Dieta mediterranea? Si durante su paseo nuestro revivido romano sintiera que sus tripas se le retorcían de hambre, miraría a su alrededor buscando una termopolia... ¡Y la encontraría! O eso creería al ver una hamburguesería. Porque los paisanos de Pompeyo ya consumían comida rápida. Las termopoliae eran locales donde se servían menús previamente cocinados, que se calentaban en unas parrillas. Además, como si se tratara de una moderna franquicia, en torno a estos establecimientos florecían hornos caseros que los surtían de los platos que luego consumían los clientes. A nuestro romano tampoco le resultarían extraños algunos platos y postres de nuestra gastronomía. Así, gracias a un tratado de cocina, De re coquinaria, escrito por Marcus Gavius Apicius, sabemos que los habitantes del Imperio ya preparaban tortillas francesas, e incluso las tan hispánicas torrijas. Igualmente, muchas de las costumbres sanitarias e higiénicas las hemos heredado de ellos, que, por ejemplo, inventaron las primeras cremas de afeitar, que fabricaban mezclando telarañas con aceites y grasa de cerdo. Del mismo modo, la costumbre femenina de depilarse las piernas estaba muy extendida, con la diferencia de que en la sociedad romana la practicaban los hombres y las mujeres.

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En la farmacia y en la droguería. Los antecesores de nuestros modernos esteticistas fueron los apipalarius, esclavos expertos en eliminar el vello corporal. En vez de la cera, ellos usaban unas cataplasmas de resina caliente. Si nuestro visitante del pasado sintiera el impulso de mantener relaciones carnales, no le sorprendería en absoluto que le habláramos de sexo seguro, porque en la antigua Roma ya se conocían los preservativos; de hecho, la palabra condón es un término latino que significa “recipiente”. Estos condones primitivos eran de fabricación artesanal, hechos con tripas de cordero, aunque los legionarios (mucho más morbosos) se hacían los suyos propios con los tejidos musculares de los guerreros enemigos muertos en combate. Pero, por si todo este legado social y cultural fuera poco, algunos historiadores afirman ahora que tal vez los españoles seamos más romanos que los propios romanos. ¿Y cómo es posible eso?

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El éxodo hacia Hipania. Alrededor del año 150 a. C., el esplendor del Imperio tocó techo. Ya no había guerra, y cada vez eran más los ciudadanos de las provincias conquistadas que emigraban hacia la metrópoli atraídos por sus promesas de prosperidad. Roma siempre había sido una ciudad ruidosa y tumultuosa, pero (según el historiador Lesley Adkins) los patricios se consideraban los guardianes de las esencias del Imperio y miraban con recelo a los bárbaros recién llegados. Por eso, cuando en el año 166 estalló una epidemia de peste y los patricios decidieron abandonar la vieja Roma e iniciaron un éxodo hacia las provincias más privilegiadas del Imperio; concretamente, al sur de la Galia, a las posesiones de Asia, Túnez y, especialmente, a Hispania. ¿Pero a qué era debida esa preferencia por venirse a vivir a nuestro país? Porque, tal y como asegura el investigador Joaquín Ruiz de Arbulo: “Al encontrarse lejos de Roma, los pobladores de las grandes ciudades de Hispania, como quienes habitaban Mérida, eran más romanos que los propios romanos”.

El "Roman way of life". Según explica este historiador de la Universidad de Lleida, los habitantes de las ciudades romanas que se encontraban en territorio hispano padecían un provincianismo que les llevaba a copiar todo lo que se hacía en la capital del Imperio. “En las grandes urbes como Mérida”, explica el experto, “todo era una imitación de Roma; se vivía el roman way of life de un modo muy exagerado”. Por esa razón, historiadores como Adkins creen que muchos patricios eligieron la Península Ibérica para su exilio en un intento de encontrar aquí ese esplendor clasista de la vieja Roma que parecía perdido tras la avalancha de extranjeros, y proponen una tesis audaz: hay más descendientes de los romanos en España, Francia y Turquía que en la propia Italia. ¿Pero es realmente así?

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Impacto genético. “Es difícil saberlo con certeza”, explica David Comas, profesor de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu i Fabra, de Barcelona. “Genéticamente, los pueblos mediterráneos no son tan diferentes: es difícil calibrar el impacto real que la presencia romana tuvo en los habitantes de la Península. Pero debió ser muy fuerte”. De los textos de historiadores como Plinio el Joven se deduce que pudo haber hasta siete millones de romanos en el territorio, que se mezclaron con la población nativa. Mucho más que los pueblos que luego conquistaron la Península: se estima que las hordas visigodas en España no superaban los 500.000 individuos, frente a una población hispanorromana que los historiadores cifran en doce millones. Y respecto a los árabes, una investigación de Elena Bosch, otra genetista de la Pompeu i Fabra, revela que su huella genética no es tan poderosa como se creía y que puede que no supere el 8%.

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