Mujeres fatales

Pero no todas las operaciones fueron tan frustrantes como la de Sukarno.

En 1968, el FBI elaboró un informe en el que reconocía que muchos empleados americanos que formaban parte de alguna legación destinada en Rusia eran clientes de redes de prostitución controladas por espías soviéticos. A veces, in cluso, los topos surgían de manera casual.

Es el caso, por ejemplo, de un agente de la CIA –destinado en Viena y cuya identidad nunca se hizo pública– que descubrió que su jefe de grupo se acostaba con su esposa y, en venganza, empezó a trabajar para los rusos. Aunque los servicios secretos occidentales tampoco le han hecho ascos a estas tácticas. En 1970, los agentes de Washington descubrieron que Alexander Ogorodnik, un agregado militar en el consulado ruso de Bogotá, estaba enamorado de una aventurera española.

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La CIA fichó a la chica, y meses después el ruso estaba pasándoles información a través de ella. Pero la doble vida de Ogorodnik fue descubierta por los suyos y el diplomático prefirió suicidarse –con una cápsula de cianuro que tenía escondida en su estilográfica– antes que enfrentarse al deshonor de tener que ser repatriado y sometido a un consejo de guerra. En el argot de los espías, la práctica de poner un cebo femenino se denomina “trampa de miel”, y a las agentes usadas para este fin “cisnes”.

Ningún servicio secreto ha renunciado a usar los encantos femeninos para conseguir sus fines, pero al parecer el que se lleva la palma es el Mossad israelí. Una de sus operaciones más sonadas ocurrió en 1986, para evitar que un científico traidor, Mordejai Vanunu, vendiera secretos del programa nuclear israelí al diario británico The Sunday Times. Al llegar a Londres, el físico conoció en su hotel a una guapa chica llamada Cindy.

Tomaron unas copas, subieron a su habitación e hicieron el amor. Aprovechando la resaca de la pasión, ella le dijo que tenía que ir a Roma y le convenció de que la acompañara a pasar el fin de semana en la ciudad del Tíber. Como no tenía que ver a sus contactos hasta el lunes, Vanunu aceptó sin imaginar que la chica era del Mossad.

Así, al llegar a la capital italiana, el científico fue capturado por varios agentes que le metieron en un avión y le llevaron de incógnito a Israel, donde fue juzgado por alta traición. Sucesos como este han creado una imagen fantasiosa de las espías israelíes, como una mezcla de chicas Bond y mantis religiosas, sin reparos para irse a la cama con quien sea necesario. Pero Aliza Maguen, ex número dos del Mossad, desmitificó esa idea. “Puede ser necesario recurrir a incentivos sexuales para conseguir información”, reconocía Maguen, “pero nunca obligaríamos a nuestras agentes a hacer algo así. Es mejor contratar a profesionales de pago si se da la necesidad”.

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Los espías rompecorazones
Los encantos masculinos también han sido un arma muy eficaz. Así lo demostró Markus Wolf, quien entre 1953 y 1995 fue el jefe de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana y el creador de la “estrategia Romeo”, una tropa de espías seductores que conquistaban los corazones de las funcionarias de los organismos oficiales de la Alemania Occidental.

El perfil del “agente Romeo” era: “Un hombre de mediana edad, bien parecido, educado, que despertase confianza”, explicó Richard Meier, la mano derecha de Wolf durante aquellos turbulentos años. ¿Y quiénes eran sus objetivos? Pues las secretarias. “Buscábamos mujeres solteras de cierta edad”, seguía contando Meier.

El agente debía ganarse su confianza, haciéndolas creer en la posibilidad del matrimonio. Según relató Meier en sus memorias, uno de estos espías, un agente del que solo dio su nombre de pila, Felix, contactó con su víctima, Norma, secretaria del cónsul francés, en una parada de autobús. Meses después, se casaron, y tras el enlace, Felix le reveló a su esposa que era un espía; para entonces, ella ya estaba tan enamorada de él que no se pudo negar a colaborar.

Pero fueron descubiertos y Norma, avergonzada, se quitó la vida. “Nuestro plan causó muchas historias trágicas”, reconoce Meie; “hoy me opondría en redondo a hacer algo así”. Pero Meier y su jefe, Wolf, también cosecharon sonados triunfos. Como colocar a uno de sus romeos, Günther Guillaume, casado con una funcionaria del Gobierno de Alemania Federal, como miembro del gabinete del presidente Willy Brandt. Cuando se supo que Guillaume era agente de la Stasi, Brandt no tuvo más remedio que dimitir.

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