La penúltima Copa

Aunque parezca mentira, aún hay gente empeñada en encontrar el Santo Grial. Algunos se van a reunir en Valencia para decidir si el auténtico se venera en su catedral.

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Grano a grano. La historia de la copa de Antioquía, como las de los demás presuntos riales, está profundamente enterrada en la leyenda.

Sagrada Cena. Según los Evangelios de San Marcos, San Mateo y San Lucas, Jesús tomó una copa y pidió a sus discípulos que bebieran de ella la sangre de la Alianza. Poco después, murió en la cruz. Esta sencilla referencia es la única mención que se hace en los Evangelios canónicos de un recipiente que, hasta la fecha, no ha sido identificado de forma definitiva.

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A pesar de tal ausencia, ese vaso protagoniza hoy 323.000 entradas del buscador Google en español, amén de ríos de tinta, películas, peregrinaciones y encendidos debates. Eso sí, bajo el más rotundo título de Santo Grial. ¿Cómo ha llegado a semejante estrellato? El interés por encontrar o conservar el primer cáliz pudo comenzar ya en el siglo I. Según el historiador José Vicente Martínez Perona: “Desde que se produjo el acontecimiento de la Resurrección, todo aquello que tiene que ver con el hombre Jesús se convierte en especial y trascendente”.

Cuestión de fe

Se abre así el culto a las reliquias, un fenómeno de profundas raíces antropológicas, según Martínez: “El ser humano se siente ‘contaminado’ por aquello que tiene un valor fuera de lo habitual, trascendente. A la inversa, todo objeto que ha estado en contacto con la divinidad se considera transmisor de la misma”. Por eso, muchas de las numerosas copas que han ido apareciendo a lo largo de la Historia justifican con una leyenda que proceden directamente de la ciudad de Jerusalén. Así, la tración alega que el de Valencia, por ejemplo, fue llevado a Roma por el propio apostól san Pedro y sirvió allí para celebrar la eucaristía en las comunidades de los primeros cristianos durante dos siglos. El papa Sixto II pudo ser quien lo cedió como reliquia al mártir san Lorenzo, oriundo de Huesca, quien antes de morir lo envió a su ciudad natal. Así aterrizó en la Península Ibérica, donde comenzó un periplo de siglos que lo llevó a la capital del Turia en 1437. Hasta el momento, su existencia solo parece haberse justificado de forma documental desde su estancia en el monasterio de San Juan de la Peña (Huesca) en 1134. Es decir, en plena Edad Media.

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