Del brandy al Isostar

La medicina tras los Juegos Olímpicos

Desayuna e hidrátate adecuadamente unas dos horas antes del comienzo de la carrera, o tómate una copita de brandy. El primer consejo es para un deportista de la segunda mitad del siglo XX, o de comienzos del XXI, pero quizá le sonaría extravagante al ganador de la maratón en los juegos Olímpicos de San Luis, en 1904. Estricnina y cinco huevos mojados en brandy mantuvieron a Thomas Hicks en pie hasta que alcanzó la meta, donde tuvo que ponerse al cuidado de un equipo de cuatro médicos. Desde entonces, el interés de los médicos por las Olimpíadas no ha desfallecido.

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La medicina ha alentado la eugenesia, ha buceado en el poder de la mente, ha explorado los limites fisiológicos y ha perseguido el uso de sustancias dopantes. El profesor de Cultura de la Medicina de la Universidad de Harvard David Jones propone un interesante recorrido histórico en la revista especializada The New England Journal of Medicine, a través de una exquisita selección de artículos científicos.

El estudio de la relación entre el cuerpo y la mente de mediados del siglo XIX no siempre aconsejaba invertir mucho tiempo en la actividad física. Un artículo del Boston Medical and Surgical Journal de 1867 alertaba de que demasiado entrenamiento privaba de energía al desarrollo mental, lo que podía llevar a la apatía y a la estupidez. “Los griegos resaltaron que nadie que en su niñez ganara el premio en los Juegos Olímpicos destacaba después”. Un artículo anterior de la misma revista trataba sobre la superioridad de la mente frente al cuerpo. En su estudio describía un suceso varias veces citado, el “del viejo hombre griego que murió de exceso de alegría en el mismo momento que vio a sus tres hijos coronados de laurel”.

Aunque después de episodios como el que protagonizó el maratoniano del brandy y la estricnina, los exámenes médicos comenzaron a ser más frecuentes, y fueron habituales desde los Juegos de Paris de 1924. Los remeros de Harvard que ganaron el oro entonces ya tenían bastante relación con los investigadores médicos, quienes habían determinaron que su esfuerzo físico generaba una potencia de cuatro caballos. También fueron buenas 'coballas' para determinar las variaciones en su metabolismo, que era 20 veces superior cuando remaban a ritmo de carrera.

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El interés por el rendimiento físico no se ha librado de la sombra de la eugenesis, aunque actualmente nadie usa un tono permitido en 1912, cuando los estadounidenses identificaron las 25 medallas de oro de sus deportistas con la supremacía americana. La prensa científica llegó a atribuirlas a una “mezcla de todas las razas” que conducía a la “superioridad física racial”.

Desde aproximadamente la mitad del siglo pasado, la medicina comenzó a fijarse en la actividad olímpica desde el punto de vista de la protección. La Academia Francesa de Medicina reunió un comité antes del comienzo de los Juegos de París de 1924 “para estudiar los efectos del atletismo moderno en el sistema humano”. La investigación alertó sobre un elevado número de casos de corazón de atleta entre los deportistas, que entonces consideraron una enfermedad. Después, nuevos estudios se centraron en el entorno de la competición.

El primer hombre que corrió una milla en menos de 4 minutos, Roger Bannister, se quejó de la altitud de los Juegos de México de 1968. Efectivamente, centenares de atletas sufrieron migraña, síncope y otros tipos de malestar. Otro ejemplo es la preocupación que mostraron algunos científicos por la alta prevalencia de cepas de Streptococcus pneumoniae en España, con motivo de la celebración de los Juegos de Barcelona en 1992. Los planes de salud pública para atletas y público son ya habituales.

Las sustancias dopantes llamaron la atención en 1957, cuando la comunidad científica comenzó a preguntarse el por qué de una avalancha de nuevos récords. Al entrenamiento, la dieta, los antibióticos y la motivación se unió una explicación más especulativa: la anfetamina. La postura en contra de esta práctica tomó forma y se ha mantenido hasta nuestros días. La sombra del dopaje planea en cada competición olímpica, aunque con diferente forma. “Sean las sustancias la estricnina, la heroína, la cocaína y la morfina que algunos atletas usaron en Atenas 1896, o las anfetaminas, los esteroides y la eritropoyetina que algunos utilizan actualmente, el dilema es el mismo”, resume Jones.

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