¿Es verdad que tus padres no lo hacían?

Aunque todos hemos insistido en lo contrario, estadísticas y expertos coinciden en afirmar que entre las sábanas de papá y mamá había más movimiento del esperado

Si ya es difícil imaginarse a los padres en pleno acto sexual, mucho más complicado es comparar sus hábitos ‘de cama’ con los nuestros. Pocos se plantean que sus progenitores puedan practicar el sexo oral o utilizar juguetes eróticos. Y qué decir si abrimos el abanico y nos los imaginamos montándoselo en el coche o masturbándose mientras ven una película porno. Sin embargo, esta negación de su sexualidad forma parte del proceso evolutivo de los humanos.

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Desde muy pequeñitos
Ya en los años ochenta, los sexólogos norteamericanos Masters y Johnson demostraron que la sexualidad es innata al ser humano, ya que los fetos masculinos tenían erecciones y a las niñas, al nacer, les crecía el clítoris. Hasta los cinco o seis años, la sexualidad no va más allá del tocamiento genital “y por ello si los pequeños descubren a sus padres haciendo el amor lo perciben como algo violento y no entienden que puedan estar disfrutando”, explica la psicóloga clínica María Herrero. En su mente no existe el concepto de juego amoroso entre dos personas y asocian los movimientos bruscos del coito a lo único que conocen: una pelea.

Siempre acomplejados
Pero en nuestra evolución también se produce otro proceso. El de los celos. Sigmund Freud y Carl Jung lo explicaron con el ‘complejo de Edipo’ y el de ‘Electra’. El niño siente envidia de su padre y la niña de su madre, de manera que comienzan a interponerse entre ellos cada vez que perciben que la situación se va a poner ‘caliente’. “Esto se suele superar alrededor de los cinco años pero nos deja huella”, explica el psicólogo infantil Carlos R. Cañete. “Y aunque ya desde la adolescencia sabemos que nuestros padres practican el sexo, seguimos pensando que debe ser esporádico y muy aburrido”, añade. De hecho, en un estudio de los psicólogos Heiman y Leitenberg de los años ochenta entre jóvenes preuniversitarios, por lo general tendían a infravalorar la frecuencia de las relaciones sexuales de los padres. Además, cuando se les pidió que terminaran la frase: “El sexo para los ancianos es…”, la gran mayoría contestó “inexistente” o “poco importante”.

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Todo por egoísmo
Según maduramos se produce la aceptación intelectual y la negación emocional de la sexualidad de los padres. Esto se explica de dos maneras. La primera es la pervivencia del egocentrismo adolescente que hace que, cuando se inician en la sexualidad, los jóvenes crean que han hecho un descubrimiento único y que, aunque sus padres también lo hicieran en su tiempo, la sexualidad de hace años no se puede parecer a la que ellos experimentan. La segunda es la necesidad de conservar idealizadas las figuras parentales. “Se trata de un pudor socialmente admitido que permite que se conserven las jerarquías familiares y la autoridad de los cabezas de familia”, asegura la psicóloga clínica María Herrero. Al parecer, pillar ‘in fraganti’ en plena faena a los que pueden ser abuelos de nuestros hijos supone un gran impacto y puede deteriorar nuestra credibilidad hacia ellos.

Pero a todo, los estudios sobre sexualidad madura demuestran que la actividad no se reduce tanto como queremos creer. En la encuesta realizada por Durex en el año 2000 sobre actitudes sexuales en el mundo, quienes se ubican en la franja de 16 a 20 años reportan 89 encuentros sexuales, una cifra inferior a los 113 de la gente de entre 25 y 34. A partir de los 45 se suelen tener unas 67 relaciones sexuales al año, cifra que no dista mucho de la media general de 96. En cuanto a los varones todavía mayores, el 62% de entre 66 y 71 años son activos sexualmente y aseguran realizar el coito una vez al mes, una actividad que mantiene el 20% de los que llegaron a 90 años. Para Santiago Frago, director médico del Instituto de Sexología Amaltea de Zaragoza, estos datos no deberían sorprendernos: “Si durante la juventud se ha mantenido una vida sexual activa y satisfactoria, continuará así a medida que se envejece, por supuesto, siempre y cuando la salud lo permita”.

Más edad, más satisfacción
Envejecer no trae consigo unas relaciones menos satisfactorias. En contra de lo que la mayoría creemos, la satisfacción en las relaciones sexuales aumenta cuanto mayores somos, aunque el número de coitos se reduzca. En 1994 tres científicos especializados en sexualidad humana –Schiavi, Mandeli y Schreiner– estudiaron en los hombres de 45 a 74 años la relación entre su deseo sexual, actividad, satisfacción y edad. Y hallaron una relación muy positiva entre la edad y la satisfacción, a pesar de que la incidencia de disfunciones sexuales, como la impotencia, era mucho mayor.

Y las mujeres se comportan de forma similar. En el estudio ‘La sexualidad de las personas mayores en España’, dirigido en 1995 por el antropólogo José Antonio Nieto, el 68% de los ancianos aseguró que su sexualidad había mejorado desde la menopausia de sus parejas, pues se relajaban y disfrutaban más sabiendo que ellas no podían quedarse embarazadas. Además, el 40% de los encuestados aseguraba dedicar ahora más tiempo a los besos y a las caricias que cuando eran jóvenes, el 10% decía ver películas porno habitualmente y un 4% practicar la masturbación con su pareja… Está claro: los padres sí lo hacen.

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