Las Navas de Tolosa

Ocho siglos de la Reconquista

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Sancho VII de Navarra enfrentándose a la Guardia Negra en este óleo de Marceliano Santa María. Los guerreros africanos eran esclavos senegaleses que luchaban atados con grilletes. Su única posibilidad era vencer o morir.

El 16 de julio de 1212, dos formidables ejércitos se disponían a librar una batalla sangrienta y trascendental en un valle de Jaén. Por un lado, tres reyes cristianos al mando de los mejores soldados de la Península Ibérica (almogávares, templarios...) y por otro, los almohades, los guerreros más fieros del norte de África. El valle se llamaba las Navas de Tolosa, y el resultado de aquel combate iba a cambiar la historia de nuestro país.

Los musulmanes intentan reconquistar la península
Fue en el año 1145 cuando las tropas almohades desembarcaron en España. Los miembros de esta dinastía magrebí (cuyo nombre significa “los que reconocen la unidad de Dios”) propugnaban el regreso a la ortodoxia religiosa dictada por el Corán. Por eso, tras llegar a España iniciaron una yihad que primero se dirigió contra los reinos musulmanes del sur de la Península, en los cuales las costumbres se habían vuelto más relajadas y licenciosas. Luego, tras conseguir esa victoria, su siguiente objetivo fue derrotar a los cristianos e iniciar la reconquista del territorio español.

En el año 1195, los almohades se enfrentaron por primera vez a los castellanos en la batalla de Alarcos y los derrotaron de forma humillante. Nada ni nadie parecía capaz de frenar al poderoso invasor. En 1211, los almohades conquistaron el castillo de Calatrava, último baluarte cristiano situado al sur del Tajo.

Aquella acción era la señal inequívoca de que los musulmanes se estaban preparando para iniciar su gran ofensiva contra los reinos cristianos. Por eso, el rey Alfonso VIII de Castilla inició su plan de defensa, estrategia en la que desempeñó un papel trascendental Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo.

La hábil diplomacia de este prelado consiguió que se estableciese una alianza defensiva entre tres de los más grandes monarcas cristianos de la Península: el soberano de Castilla, Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón, algo realmente excepcional que nunca antes había tenido lugar. Además, sus enviados a Roma lograron convencer al papa Inocencio III para que otorgara a la lucha contra los almohades la condición de Cruzada, lo que impulsó a cientos de guerreros europeos a cruzar los Pirineos para unirse a la guerra.

La atroz matanza de Calatrava
El ejército se reunió en Toledo a principios del verano de 1212. Lo formaban unos 70.000 hombres. El grueso lo constituían las fuerzas castellanas, que rondaban los 50.000 efectivos, incluyendo a las milicias vizcaínas, célebres por su arrojo. Navarra aportaba unos 10.000, y Aragón sumaba otros tantos que, en su mayoría, eran almogávares, unos soldados míticos que pronto se convirtieron en los mercenarios más cotizados de Europa.

Faltaban los cruzados. Estaba previsto que estos se unieran a las fuerzas de la coalición para reconquistar la ciudad de Calatrava. Alfonso VIII de Castilla envió heraldos a las autoridades musulmanas del lugar prometiéndoles que se respetarían la vida y las propiedades de sus habitantes si se rendían sin oponer resistencia. Y así lo hicieron.

Desgraciadamente, los primeros en llegar frente a los muros de Calatrava no fueron las tropas castellanas, sino los cruzados europeos, que, sedientos de sangre tras su largo viaje, pasaron a cuchillo a toda la población. Cuando el rey castellano llegó al lugar y vio el resultado de la espantosa matanza cometida, ordenó a los cruzados que se marcharan, ya que no quería tales carniceros en sus filas.

Mientras tanto, el ejército almohade aguardaba a su enemigo acampado en las Navas. Lo mandaba el califa Muhammad An-Nasir, y sus tropas rondaban la cifra de 120.000 hombres. Las integraban la infantería bereber, la temible caballería del Magreb que había masacrado a los cristianos en Alarcos, y un cuerpo de mercenarios turcos de élite llamados Azgaz, considerados los mejores arqueros del islam. También había un importante contingente de soldados andalusíes, pero estos se encontraban allí contra su voluntad y albergaban una gran hostilidad contra el califa porque había ordenado degollar a uno de sus líderes, Ibn Cadis, acusado de cobardía y herejía. Para acceder a las Navas de Tolosa había que atravesar un intrincado laberinto de pasos montañosos, y Muhammad colocó en ellos diversos contingentes con la finalidad de poder atrapar al enemigo en una emboscada. Afortunadamente para los cristianos, un suceso casual intervino a su favor.

En su avance, las tropas se encontraron con Martín Alhaja, un pastor que conocía un antiguo camino romano cuya existencia los musulmanes ignoraban. Por medio de él, las tropas lograron llegar a las Navas y tomar posiciones frente al ejército almohade. La batalla comenzó en la mañana del 12 de julio. La vanguardia del ejército castellano (entre la que figuraban las milicias vizcaínas) avanzó hacia las posiciones del enemigo. El califa contemplaba el espectáculo desde su tienda, rodeada por su Guardia Negra, un contingente de guerreros del Senegal que luchaban atados por cadenas; solo podían vencer o morir.

La carga de los tres reyes
Mientras tanto, las tropas cristianas comenzaron a combatir contra la primera línea del ejército musulmán, formada por la infantería bereber. Muhammad usaba a aquellos soldados como carne de cañón para que el enemigo se debilitara peleando contra ellos. Cuando las tropas castellanas comenzaron a dar síntomas de cansancio, la temible caballería del Magreb se lanzó sobre ellas, envolviéndolas y masacrándolas. Aquello hizo que el pánico cundiera entre el resto del ejército cristiano. Para evitar la deserción de sus hombres, los tres reyes cristianos cogieron sus estandartes y se lanzaron a la carga. Tan valeroso ejemplo cundió, y el resto del ejército les siguió. El ataque fue tan impetuoso e inesperado, que los cristianos arrollaron a la caballería magrebí.

Ante aquel giro en la suerte de la batalla, los soldados andalusíes, que odiaban al califa, aprovecharon para desaparecer del campo de batalla. Poco a poco, los almohades comenzaron a replegarse. El rey Sancho de Navarra fue el primero en alcanzar la tienda del califa, saltando con su caballo por encima de los cuerpos encadenados de los guardias negros, que fueron exterminados. Para entonces, Muhammad ya había escapado, y el resto de sus hombres fue pasado a cuchillo. Al terminar la batalla, según relató el cronista andalusí Ibn Abi Zar, había tantos cadáveres amontonados que los caballos no podían dar un solo paso.

La victoria cristiana fue aplastante, y se puede decir que trascendental, ya que frustró el último intento musulmán por hacerse con el control de la Península Ibérica. Como escribió el historiador Juan Eslava Galán: “La batalla hizo saltar el cerrojo de la puerta de Andalucía, facilitando las conquistas castellanas del siglo XIII”.

¿Y si los almohades hubieran ganado la batalla?
Francisco García Fitz, historiador de la Universidad de Extremadura, cree que el triunfo musulmán habría garantizado a los almohades el dominio de más de la mitad de la Península, aunque no cree que hubieran conquistado de nuevo todo el suelo español. “Pero su victoria habría retrasado la Reconquista cristiana durante al menos otro siglo más”, afirma Fitz, quien reconoce que la batalla de las Navas fue un hecho excepcional. “Lo fue por la magnitud de los ejércitos enfrentados, en una época en la que la mayoría de las batallas eran escaramuzas”, asegura el experto.

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