Sexo no hay más que uno

Los hombres conducen mejor que las mujeres. Ellas tienen más capacidad para expresarse y ellos para la orientación espacial. El sexo femenino se excita más por las caricias, el varón por contacto visual. Y podríamos seguir y seguir enumerando estereotipos sexuales que cada vez distan más de la realidad.

¿Por qué nuestra sociedad se preocupa tanto por marcar estas diferencias? La ciencia ha contribuido a ello. Un ejemplo fue el metanálisis realizado por Paul Irwing y Richard Lynn, publicado en el British Journal of Psychology (2005), en el que situaba en 5 puntos la diferencia de coeficiente intelectual a favor de los hombres. Así justificaba el hecho de que haya mayor número de premios Nobel masculinos que femeninos. ¿Es el hombre más “inteligente” que la mujer? Cualquiera podría pensarlo al leer esto, si no sabe que el estudio contempla solo una faceta de la inteligencia: el razonamiento lógico. Otros autores han ido más allá intentando llevar esas diferencias de género al marco de las relaciones de pareja. Me refiero al famoso libro de Gray Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus, en el que se limita a hacer un listado de los comportamientos y las expresiones de ccada sexo. Lo gracioso es que estas obras funcionan como un horóscopo: todos buscan encajar en la etiqueta y cumplir la profecía. “Que un hombre te comprenda es como pedir peras al olmo”. ¿A que lo has oído?

Al principio somos chicas
Una de las pocas posibilidades de romper con estos estereotipos es conocer el origen de cómo somos o nos convertimos en eso que llamamos hombre y mujer. Para empezar, el sexo no viene determinado por la carga cromosómica, o al menos no exclusivamente. Si en el proceso de sexuación fetal no ocurriese nada, es decir, no actuasen complejos mecanismos que desencadenan básicamente la exposición a diferentes dosis hormonales, todos los bebés serían niñas, al menos en cuanto a genitales externos se refiere. Sin embargo, factores genéticos, hormonales y, por supuesto, también ambientales, como las circunstancias de crianza de cada uno, nos condicionan a uno u otro género, o a identidades más complicadas. Para empezar, hay bebés que presentan, en cuanto a genitales internos y externos, combinaciones de características de ambos sexos. Se llama “intersexualidad”, y las causas están entre factores genéticos y hormonales; en otras palabras, ausencia de receptores para determinadas hormonas. La transexualidad es otro ejemplo de complejidad de la adquisición de identidad sexual. La mayoría de los científicos coincide en que la causa más probable es la exposición a hormonas en el útero materno. El deseo de etiquetar desde el principio a nuestros hijos como hembras o machos ha llevado durante mucho tiempo a la práctica de operaciones de asignación de sexo en bebés con algún tipo de malformación en sus genitales. En la mayoría de estos casos han generado consecuencias desastrosas en la vida adulta de estos pacientes. Si el recién nacido tenía un clítoris demasiado grande, o un pene demasiado pequeño, la tendencia era convertirle quirúrgicamente siempre en una mujer con una vagina acorde a la norma, aunque el retoño luego desarrollara una identidad sexual masculina. La mayoría de estas intervenciones se comenzaron a practicar en la Universidad Johns Hopkins bajo la dirección del urólogo Hugo Hampton Young. Gran parte de las bases teóricas que las justifican se atribuyen al psicólogo John Money, quien, junto a Lawson Wilkins fue el primero que creó protocolos de intervención en intersexualidad que posteriormente se extendieron a niños con malformaciones congénitas o pérdidas traumáticas de órganos genitales.

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