¿Qué pasa por la mente de un pirómano?

Sus motivaciones para prender fuego pueden ser muchas, y no siempre psiquiátricas

Columbia River Gorge Fire
DaveAlanGetty Images

¿Terroristas medioambientales? ¿Psicópatas? ¿Perversos? ¿Qué ocurre en la cabeza de alguien que prende fuego al monte, como ha sucedido ahora en Cantabria y tantas veces en el resto del mundo? Para el 1% de la población el fuego le aporta placer y emoción. Son incendiarios puros, es decir, sufren un trastorno psiquiátrico caracterizado por el impulso para iniciar un incendio sin más propósito que el acto en sí mismo. Pero en el 97% de los sucesos el responsable está libre de enfermedad mental. Unos estarían provocados por una conducta instintiva y otros por un mal uso del fuego. Éstas son al menos las conclusiones de Iván Gasman, psiquiatra de la Unidad para Trastornos Difíciles Henri Colin Villejuif, en Francia.

Desajuste emocional y bajo nivel intelectual

Ya desde niños, la fascinación por el fuego es un lugar común. En adultos sería una regresión, pero también una muestra de poder y virilidad, ya que, según Gasman, el 80% de los incendiarios son hombres. De ellos, menos del 5% sufren enfermedad mental y la probabilidad de reincidencia es muy alta. Los describe como individuos con problemas de alcohol, desajustes emocionales, ideas suicidas, entornos desfavorecidos, solitarios y, a veces, con un nivel intelectual bajo. “El fuego es para ellos una expresión de su sufrimiento o de una carencia”. En el caso de las mujeres, el móvil suele ser la venganza personal y es aún más raro encontrar en ella trastornos psiquiátricos, aunque muestran también una marcada inestabilidad emocional.

El pirómano prepara su acto con premeditación y, aunque no tiene intención de causar daño, es totalmente indiferente a las consecuencias, no por falta de empatía, sino por ese ciclo de emoción y gratificación, muy similar al de un adicto al alcohol. La Sociedad Española de Psiquiatría considera que en la piromanía concurren una conducta reiterada de prender fuego, fascinación en la contemplación de este fenómeno, intenso interés por todos los elementos que le rodean y un aumento de la tensión antes de producirlo al que sigue un alivio emocional una vez realizado. Correspondería al 3% de quienes provocan un incendio. En España no habría más de un centenar de personas con este trastorno.

Actúan de forma poco organizada y apresurada, promoviendo a veces falsas alarmas. Muchos se mantienen en las proximidades y participan en las tareas de extinción, como ha ocurrido con alguno de los sospechosos en el suceso de Cantabria. Una vez detenidos, suelen colaborar y admiten los hechos, pero sin remordimiento o culpa.

Cuando hay detrás un trastorno mental, Gasman indica que se requiere tratamiento psicológico y psiquiátrico, Antes es necesario definir el perfil y comprobar si su comportamiento responde a una enfermedad como esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión. También habrá que determinar en cada caso si el fuego pudo iniciarse de forma accidental por un individuo afectado por alzhéimer u otra demencia.

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