Me quiero mucho

Las dos mejores revistas del mundo hemos realizado el mejor reportaje sobre la ciencia de la vanidad. ¿Nos habremos contagiado?

Se mire por donde se mire, pavonearse ante los demás, jactarse de ser el más grande y de tener mejores cualidades, o reventar la dignidad ajena con nuestro retintín fanfarrón no deja de ser una conducta reprobable. Pero en esta ocasión la psicología no arremete con un rapapolvo cualquiera. No. Si eres de los que más de una vez te ha dolido la cara de ser tan guapo o te regocijas cuando te dan coba, que sepas que hay una nueva generación de experimentos científicos dispuestos a agrandar un poquitín más tu ego después de haberle encontrado algunas ventajas a la vanidad. Aún así, los estudios se ruborizan un tanto porque, de primeras, revelan que somos egocéntricos hasta decir basta; por lo visto no se salva casi nadie. Esta debilidad humana –calificada como uno de los peores pecados capitales– nos lleva a la arrogancia, la fanfarronería y el endiosamiento más absurdos. Pero es verdad que, en su justa medida, sirve para fortalecer el ego y potenciar la creatividad. La lista de despropósitos es más larga que la de virtudes, sobre todo porque a medida que se nos agranda el autoconcepto, mayor es el riesgo de llegar a sufrir un trastorno narcisista de la personalidad, una patología psiquiátrica que afecta al 1% de la población y ocasiona graves secuelas al paciente. Afortunadamente, el diagnóstico, en la mayoría de los humanos, no pasa del grado de vanidad. Pero no es poco.

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El presumido se odia
Parece ser que este sentimiento es más bien un maquillaje inmejorable para quien, en realidad, se rechaza a sí mismo; y ese es un mal al que no se atiende mucho pero que es difícil de tratar. El psiquiatra Enrique Rojas la define como “la trampa del amor propio” y el psicólogo Iñaki Piñuel, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y uno de los mayores estudiosos del mobbing, ve en ella “el germen del acoso laboral y la hostigación”. Representa, dice el docente, “la salida en falso de alguien que compensa su carencia emocional con la demanda excesiva de pleitesía y adulación; y es la causa irremediable de depresión, tristeza y violencia al repudiar la imagen que le devuelve el espejo”. La ciencia ha encontrado un excelente motivo para dar la cara por ella, a pesar de constituir uno de los azotes del ser humano a lo largo de la historia: poner al descubierto nuestro exceso de amor propio podría ser el quid de la empatía.
Así lo indican varios experimentos que, una a una, han ido dando con las partes que componen esta capacidad cognitiva que nos deja ponernos en la piel de otra persona y compartir su modo de sentir. Una de ellas es la confianza. Y como somos tan petulantes, tendemos a depositar nuestra confianza en personas afines a nosotros, que se nos parezcan.

Experimento con gaseosa (o casi)
Lisa DeBruine, de la Universidad británica de Aberdeen, puso a jugar online a sus voluntarios. Cada uno tenía que repartir la cantidad de dinero que ellos decidieran en virtud de la confianza que le inspirasen sus contrincantes. Su única referencia eran unas fotos, algunas de las cuales se habían manipulado para incorporar rasgos de sus propios rostros. El resultado fue inequívoco: los voluntarios confiaban sus rentas a aquellas personas cuyas caras imitaban su fisionomía. Esta misma querencia egocéntrica quedó patente en la Universidad de Chicago cuando el psicólogo Nicholas Epley dirigió un test de degustación basado en la guerra de los refrescos de cola. Los participantes debían calcular qué porcentaje de sus amigos distinguirían la Coca Cola de la Pepsi en una cata a ciegas. Cuando los voluntarios calibraban sus respuestas motivados por una recompensa económica, el índice de aciertos se situaba en torno al 50%. El resto, sin embargo, se guiaba más por sus propios juicios que por un esfuerzo cognitivo, y entonces el número de fallos era mayor. Los voluntarios de Epley cayeron en uno de los cebos de la vanidad: la de los juicios rápidos y simples y, por tanto, con una alta probabilidad de error. Aún queda mucho por depurar en este sorprendente binomio empatía/vanidad que hasta ahora parecían ser polos opuestos.
Un ser vanidoso se entretiene demasiado en saber la opinión que tienen los demás sobre él, pero bastaría con que se dejara de narcisismos y se viera desde una perspectiva mucho más realista que le ayudaría en su vida privada, en sus relaciones y hasta mejoraría su modo de tomar decisiones laborales.

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