Eliana La Ferrara

Dentro de las ayudas buenas, hay que saber cuál es mejor

La catedrática de economía de la Universidad Bocconi de Milán (Italia) complementa los modelos económicos con las ciencias sociales y la experiencia de campo para asegurar la inversión más provechosa de las donaciones.
¿Cómo puede contribuir su trabajo a paliar la pobreza?
Una de las funciones más básicas es demostrar que el dinero va a donde tiene que ir y que produce un impacto. Pero no se trata sólo de que esté bien gastado. Intentamos medir ese efecto beneficioso con cantidades precisas, porque cuando tienes que administrar fondos, necesitas saber qué alternativa va a ser la más beneficiosa. Para eso necesitas recoger datos y elaborar estadísticas.
¿Utilizan entonces procedimientos parecidos a los del sector privado?
Es algo distinto, porque el sector privado suele reducir su objetivo a “dónde voy a ganar más dinero”. Y nosotros tenemos en cuenta también objetivos sociales, como un mayor bienestar de la comunidad.
¿Y en qué puede consistir ese mayor bienestar?
Lo peculiar de los países en desarrollo es que seguramente hay más desigualdades sociales y faltas de derechos. Por eso, a veces, aunque tu objetivo final sea incrementar los ingresos de la comunidad, te das cuenta de que no puedes hacerlo a menos que mejore el estatus de las mujeres o que aumente la participación en los procesos de decisión del pueblo. Por eso realizamos estudios sobre las relaciones de género, la capacidad de negociación en la pareja o los conflictos y las relaciones interpersonales en la comunidad.
¿Qué importancia tiene visitar las poblaciones que estudian y recibir sus reacciones?
Crucial. Nosotros realizamos un proyecto en el despacho y luego iniciamos un proyecto piloto. Y, al ponerlo en marcha, casi invariablemento, hay algo que no funciona. ¿Por qué? Pues porque esta tribu no se habla con esa otra y tú no lo sabías, por ejemplo, y entonces tienes que rediseñar el plan de nuevo. Que yo sepa, no ha habido nada que funcionara si sólo estaba basado en nuestros conocimientos previos.
¿Algún ejemplo de la importancia de conocer esa idiosincrasia local?
Sí. El profesor de Harvard Michael Krämer trabajaba con la ONG holandesa ICS Africa, que quería aportar dinero para aumentar la asistencia al colegio y el rendimiento escolar en el oeste de Kenia. Lo que hicieron fue probar diversas alternativas, como regalarles libros de texto a varios grupos. Pero sólo funcionaba con los estudiantes de más recursos, porque los más pobres apenas sabían leer y además el libro estaba en inglés.
Sin embargo, otra acción que les pareció ridícula al principio, regalarles un uniforme, tuvo muchísimo éxito. ¿Por qué? Porque allí hay que ir al colegio con uniforme y los padres que no podían permitírselo, preferían dejar a los niños en casa que pasar la vergüenza de dejarlos ir a clase sin uniformar.
Y, en el campo de la salud, mi colega Martina Björkman y Jakob Svensson, de la Universidad de Estocolmo, hicieron un estudio con el gobierno de Uganda. Éste estaba invirtiendo muchísimo dinero en sanidad, pero los indicadores de salud a nivel local no mejoraban. En el estudio se dieron cuenta de que había un gran absentismo laboral entre los médicos y las enfermeras. Entonces diseñaron una tarjeta que entregaban a los pacientes para que dieran su opinión sobre la atención que recibían y la enviaran a la unidad administrativa superior. Y lo sorprendente es que los índices de mortalidad infantil descendieron muchísimo en esas zonas. No era una cuestión de dinero, sino de comportamiento.

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