Una cárcel aérea

Arquitectos malayos proponen construir una cárcel aérea. Para fugarse, habrá que tener alas

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Integrada en la ciudad. La idea es que el penal futurista forme parte del paisaje arquitectónico de cualquier urbe moderna, como, por ejemplo, Kuala Lumpur.
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El gigante de los aires es una joya de los folletines literarios españoles que se publicó en Barcelona en 1911, dividido en dos partes. En la portada de su primera entrega, ilustrada por el artista catalán Joan Llaverias, se veía a sus dos protagonistas encerrados en una extraña prisión suspendida en el cielo. La idea de una prisión aérea era un concepto propio del ámbito de la ciencia ficción.

Pero hay quien cree que un proyecto similar puede ser viable. Los responsables de la revista eVolo, cuyo premio de Arquitectura es uno de los más prestigiosos del mundo, han otorgado el de la edición de 2010 a tres estudiantes malayos de arquitectura cuya propuesta consiste en la construcción de una cárcel suspendida en el aire, situada a una altitud mínima de entre 80 y 120 metros sobre la propia ciudad. Este penal, a la vez que mantiene a los reclusos aislados de la sociedad, pretende también, paradójicamente, contribuir a su reinserción.


Penales marinos y subterráneos

Cárceles peculiares las ha habido siempre. Como la de la isla de Sark, situada en el Canal de La Mancha. Construida en 1857, está considerada la prisión más pequeña del mundo, ya que solo tiene espacio para dos reclusos. En el extremo opuesto está la de San Pedro, en la ciudad boliviana de La Paz, una de las prisiones más superpobladas del mundo. Hasta el punto de que si quieres una celda, tienes que pagar por ella. Los reos sin recursos duermen hacinados en los patios.

Pero la idea básica que comparten todas las prisiones (desde las más humanizadas hasta las más atroces) es la de mantener a los reos aislados del resto de los ciudadanos. Por eso, se han construido penales en islas de las que se creía imposible escapar. Como el célebre Castillo de If, en un islote de la Bahía de Marsella, del que se fugó el Conde de Montecristo. Y Alcatraz.

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También ha habido prisiones en barcos. Dickens relata en Grandes esperanzas la fuga de varios reclusos de un navío-cárcel anclado frente a la costa de Cornualles. Y cómo no, cárceles subterráneas, como la prisión de Argel en la que estuvo cautivo Cervantes.

Pero ¿y el aire? Ese era un terreno virgen hasta ahora. Sus escasos antecedentes se reducían a los zepelines que los alemanes utilizaron para confinar prisioneros al final de la I Guerra Mundial, y los famosos aviones-prisión (los Con Air) que emplean las Autoridades de EEUU para transportar a los reos de un penal a otro.

Este nuevo proyecto es revolucionario. Por un lado, sus autores afirman que cumple con el requisito de mantener a los delincuentes aislados del resto de la sociedad. Pero por otro, facilita una progresiva reinserción de los reclusos. ¿Cómo? La base sobre la que se construiría la prisión sería una enorme estructura que actuase como mercado, en el que los presos venderían los productos que cultivaran en las huertas de la cárcel. Así, podrían volver a interactuar de forma progresiva con los ciudadanos libres.

Puedes ver todo el proyecto en la web de la revista de arquitectura eVolo

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