El olvido, clave de la felicidad

Algunas áreas del cerebro de Jill Price son tres o cuatro veces más grandes de lo normal

“Este tipo de comportamiento responde a rituales obsesivo-compulsivos, propios de personas autistas incapaces de olvidar. Recuerdo un paciente al que le pedí que memorizara una lista de quince palabras, al cabo de un año me las recitó de nuevo porque estaban grabadas en su cabeza. Creo que Borges sospechaba de la existencia de la hipertimesia antes de empezar a escribir Funes el memorioso. Resulta muy difícil imaginarla de otro modo. Los neurólogos hemos leído muchas veces este relato”, manifiesta Marcelo Berthier, neurólogo del Centro de Investigaciones Médico-Sanitarias de la Universidad de Málaga y coordinador del Grupo de Neurología de la Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología. Y es que los recuerdos son el camino hacia el conocimiento.Jill Price (alias AJ) es otra paciente del neurólogo James McGaugh. Ella no recuerda una fórmula matemática o una novela. Cualquier cosa que no sea de su vida, se le borra. Pero desde que tenía 10 años hasta ahora, con 42, vive, según sus palabras: “En una constante e imparable sucesión de ayeres”. A los 15 años empezó a registrarlo todo, y ha completado unas 50.000 páginas de su diario. “No sé por qué, pero desde el 5 de febrero de 1980, lo recuerdo todo”. Expertos en imágenes de escáner de la Escuela Médica de Harvard han comparado su cerebro con el de miles de “cerebros normales”, y descubrieron que al menos una docena de áreas son más grandes de lo normal.

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No usamos todo el cerebro
La memoria siempre ha intrigado al ser humano. Sócrates fue el primer filósofo griego que trató de comprenderla y la definió como un bloque de cera en el cual quedan grabados los pensamientos. Hoy la ciencia ha descubierto que olvidar y dulcificar el pasado son dos acciones buenas, necesarias para darle sentido a nuestra vida, lo que nos convierte en una especie positiva que sabe minimizar el impacto de las desgracias. Conforme envejecemos, perdemos de vista los detalles precisos de una cara o una fecha concreta, pero adquirimos el hábito de generalizar mediante la reflexión, aprendemos a clasificar los datos según su importancia. Así se llega a la sabiduría. “La felicidad, dice el proverbio, consiste en gozar de buena salud, mucho dinero y mala memoria. Los neurólogos estamos investigando fármacos betabloqueantes para limitar los recuerdos traumáticos de mayor impacto en el individuo. ¿A quién le gustaría ser como Ireneo Funes?”, señala por correo electrónico Joaquín Fuster, profesor de Psiquiatría en la UCLA (Universidad de California, Los Ángeles). El hermano del reconocido cardiólogo Valentí Fuster intuye esperanzado que el alzhéimer pronto tendrá cura; quedan aún entre cinco y diez años de investigación paciente hasta obtener una solución médica satisfactoria. Conviene observar otro detalle: el saber sí ocupa lugar. Las resonancias magnéticas demuestran que en la corteza prefrontal, parte del cerebro que interviene en la búsqueda de información memorizada, disminuye la actividad cuando conservamos solo aquello que nos resulta útil. Es decir, será más fácil y rápido acordarse de una asociación concreta de palabras consideradas valiosas si nos olvidamos de otras ya superfluas. Incluso los acontecimientos emo­cionales pueden dictarnos qué partes del cerebro nos ayudan a recordar. Evocar algo que cause la alteración de nuestros sentidos provoca una actividad acelerada en la amígdala y en el hipocampo (área im­plicada en la memoria).Pero también existe una relación entre memoria e imaginación que es difícil de, valga la paradoja, olvidar. “Los neurólogos tenemos claro que la imaginación desempeña un papel esencial en la fabricación de los recuerdos. Piensa en un lugar de la infancia que tenga un significado especial para ti y luego visítalo de nuevo. Es posible que casi nada coincida, porque tu cerebro necesitó reinventar el pasado para adaptarse al presente. Comprendo que AJ viva angustiada cada día, puesto que carece de esta capacidad a la hora de sobrellevar experiencias emocionales traumáticas”, nos co­menta Mara Dierssen, jefa del grupo de Análisis Neuroconductual en el programa Ge­nes y Enfermedad del Centro de Regulación Ge­nómica de Barcelona. Cada vez más científicos sostienen que las emociones forman parte de la conciencia, entendida como mecanismos biológicos. En tal caso, la pasión, el amor, el odio y la angustia podrán explicarse con claves bioquímicas e impulsos eléctricos, que para Brad Williams y AJ serán datos nuevos que me­morizar hasta el infinito. Lo que cuestiona la utilidad de Google.

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