Cristales sin aliento vital

Estos septillizos egipcios nacieron el 16 de junio. Su madre había seguido un tratamiento con hormonas femeninas extraídas de las aguas menores.

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Estos septillizos egipcios nacieron el 16 de junio. Su madre había seguido un tratamiento con hormonas femeninas extraídas de las aguas menores.

Comparado con el anterior, poco lustre tiene el experimento efectuado, casi un siglo después, en 1773, por el químico francés Hilaire-Marie Rouelle. En su empeño de aislar e identificar los compuestos presentes en los fluidos de todo bicho viviente, Rouelle logró cristalizar, a partir de la orina humana (y también de la de caballos y vacas), y por un sencillo proceso de evaporación, la abundante urea (supone un 2-5% de la orina humana), el principal metabolito presente en aquella. Este logro marcó el principio del fin del Vitalismo, teoría que defendía que las sustancias procedentes de los seres vivos no eran compuestos químicos ordinarios, sino que estaban dotados de una suerte de “aliento vital”, por lo que tampoco podían ser sintetizados a partir de los reactivos de laboratorio. Creencia que finalmente se encargó de echar por tierra el químico alemán Wöhler en 1828 al sintetizar precisamente urea a partir de dos compuestos inorgánicos tan vulgares y corrientes como el cianato potásico y el sulfato amónico. Esto confirmó lo que experimentos como el “miccionado” de Rouelle ya habían anticipado con gran acierto, que el vitalismo no era más que una gran “cagada”. Pero esta ya es otra historia. En lo concerniente a las investigaciones de campo, probablemente la más importante o al menos multitudinaria, fue la que pusieron en marcha sobre la ídem en el campo de batalla de Ypres, durante la Primera Guerra Mundial, los altos mandos aliados. Al detectar que aquella amenazante nube lanzada por los alemanes era gas cloro muy venenoso, los oficiales arengaron a sus muchachos para que se cubriesen la boca y la nariz con una prenda de algodón empapada en su propia orina. Algo que no debió resultar muy difícil, teniendo en cuenta que para entonces muchos ya se habrían meado encima. Esta medida, al parecer, fue auspiciada por un oficial médico canadiense, según el cual, el amoníaco presente en la orina neutralizaría el cloro. Craso error, puesto que ambos compuestos en realidad reaccionan para producir gases irritantes (según la reacción: Cl2 + NH3 · HCl + NH2Cl). Por fortuna, los aliados tuvieron la suerte de su lado, ya que la cantidad de amoníaco contenida en la orina es mínima, en tanto que la urea –que, como ya se ha dicho, es el principal metabolito presente– también reacciona con el cloro para dar la más “inofensiva” diclorourea (CONHCl2). Visto el éxito, los aliados decidieron “sistematizar” la medida distribuyendo “máscaras antigás” consistentes en un trozo de algodón presto para ser empapado en orina.

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