Amarilla como el oro

Algunos ejércitos han usado un tipo de comida que se hidrata miccionando

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Las primeras máscaras antigás usadas en 1914 funcionaban con algodón empapado en orina, ya que se creía que esta neutralizaría los gases letales.

Claro, que si algún experimento brilla con luz propia entre los efectuados con la orina, ese es el realizado en 1669 por el comerciante alemán y alquimista aficionado Henning Brand. Impulsado por la creencia, tan arraigada entre los alquimistas de la época, de que el dorado color de la orina sin duda era una pista que debía conducir hacia la piedra filosofal que transformaría cualquier sustancia en oro, no dudó en almacenar miles de litros en toneles en el sótano de su vivienda para luego procesarlos. Gracias a lo cual, por fin pudo ver la luz. Un brillo emitido por el residuo blanquecino, fosforescente e inflamable en contacto con el aire que obtuvo, y que no era otra cosa que fósforo blanco, en lo que supuso el descubrimiento de dicho elemento. Y también un lucrativo negocio. Primero, para Brand, al vender su secreto procedimiento a otro alquimista, el también alemán Daniel Kraft. Y después para este, que se hizo de oro realizando deslumbrantes presentaciones del nuevo material ante los más distinguidos auditorios de media Europa.
Una de ellas, la que efectuó en Inglaterra en 1677 ante un selecto grupo encabezado por el insigne Robert Boyle, considerado uno de los padres de la química moderna. Boyle quedó tan impresionado que solicitó a Kraft una muestra de aquella sustancia (o al menos la forma de obtenerla), para realizar sus propias investigaciones. Ante lo cual, el germano se excusó limitándose a desvelar que procedía de algo que se obtenía del cuerpo humano. Boyle, con buen criterio, conjeturó que debía tratarse de la orina, y durante los dos siguientes años dedicó sus esfuerzos a intentar obtener el fósforo. Para desgracia de su ayudante, Daniel Bilger, empleado en la recolección de toda la orina que se generase en la mansión de los Boyle. Por si no fuera suficiente, ante los repetidos fracasos de su jefe, acabó por convertirse en asiduo de cuanto pozo negro hubiese en la zona en busca de otras posibles fuentes corporales. Finalmente, y por conductos más sutiles no tan alejados del “espionaje industrial”, Boyle fue capaz de hacerse con el secreto de la obtención del fósforo.

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