Hijos de monstruos

¿Puede un niño recuperar la normalidad cuando un secuestro atroz convierte su infancia en la peor de las pesadillas?

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A veces, las secuelas de la violencia y la privación de libertad solo aparecen en forma de inocentes dibujos.

Pasarán muchos años, quizás toda una vida, para que cese el runrún de los fantasmas en el hogar de Elisabeth Fritzl, la mujer que permaneció secuestrada durante 24 años en un minúsculo sótano de la región austríaca de Amstetten junto a tres de los siete hijos que tuvo con su padre y verdugo, Josef Fritzl. Su primer impacto con la realidad, el 28 de abril de 2008, fue estremecedor: les asustó el crujir de las hojas secas, temblaron ante el color azul y les aterrorizó el ascensor. Pero de los auténticos vestigios físicos y mentales solo puede dar cuenta el equipo médico que les atiende en la clínica psiquiátrica de Amstetten. Allí han acondicionado una vivienda para Elisabeth, los seis hijos vivos y su madre Rosemarie, con cristales oscurecidos para que sus ojos se vayan adaptando a la luz solar. Hacen su cama y realizan pequeñas tareas domésticas, como preparar juntos el desayuno. Su incorporación a la vida es paulatina y cautelosa. Poco a poco van reparando sus secuelas físicas y ordenando su mente. Aunque aún les esperan al menos ocho años de terapia intensiva para empezar a ajustar su existencia fuera de la celda, “estamos ante un ejemplo inequívoco de superación y de resistencia humana”, según Francisco Duque Colino, psicólogo del hospital Gregorio Marañón de Madrid.
El aislamiento de esta familia es una de las muestras más excepcionales de las habilidades de supervivencia que utiliza el ser humano para resistir los reveses. En su encierro, la madre aún tuvo ánimo para enseñar a sus hijos a leer y a escribir. O la hija mayor que saludó al equipo médico y tuvo una sonrisa de agradecimiento cuando la liberaron.
Berthold Kepplinger, director de la clínica de Amstetten, y Albert Reiter, su médico, confían en una recuperación “total”. Físicamente ya se advierte mejoría en todos. La mejor medicina: “luz, aire fresco y una nutrición equilibrada”. Puede que, una vez recuperados, se les asignen nuevas identidades.
Un secuestro constituye una de las mayores torturas, puesto que supone un reto con la muerte. En las páginas de los diarios asoman casos espeluznantes. Recientemente asistimos a la revelación de la francesa Lydia Gouardo, de 45 años, que fue violada y torturada durante 28 años por su padre, con quien tuvo seis hijos.
España ha sido testigo de varios casos de secuestros por parte de ETA y Colombia acaba de protagonizar las liberaciones más mediáticas. Estas personas sometidas a tortura solo tiene dos opciones: mirar a las musarañas o sobrevivir. “La respuesta que se dispara es sobrevivir y cada uno, dependiendo de sus recursos y las condiciones del aislamiento, fabrica sus propios bastones”, añade Colino.

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