La ciencia sin sangre entra

Los profesores proponen adelgazar los contenidos

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La clave: ¿Cómo alfabetizar en ciencia a los niños?

“La ciencia es divertida”, repiten una y otra vez los pitagorines. Sin embargo, generación tras generación, muy pocos alumnos se lo pasan en grande haciendo ecuaciones. ¿Por qué? La pregunta se la han hecho científicos y profesores. De la colaboración de ambos ha nacido el Proyecto ENCIENDE para analizar cómo se imparten las ciencias en la escuela y proponer cómo mejorarla. Comienzan detectando un problema: las ciencias están mal vistas. “A una persona que sabe matemáticas o astronomía no se le considera culto como ocurre con alguien que sabe de literatura o de pintura”, dice Digna Couso, catedrática de Didáctica de la Universidad Autónoma de Barcelona y secretaria ejecutiva de ENCIENDE.

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Así que los profesores de ciencias parten con un primer inconveniente, tienen que enseñar algo con escaso reconocimiento social. A esto se une un segundo problema, las horas reservadas a la física, la biología o la geología se han reducido, mientras que los temarios siguen siendo igual de extensos. En esas condiciones, intentar impartir toda la materia se convierte en una carrera contrarreloj, dicen los profesores. Y un tercer problema que añade nada menos que un Nobel de Química, Harold Kroto: “Nuestros profesores enseñan cosas de las que no saben el porqué”. El Nobel británico lo decía en Madrid ante un auditorio de profesores de ciencias a los que ponía a prueba: “Que levante la mano los que sepan explicar el porqué de la fuerza centrífuga de la tierra”. Sin esperar a que tomaran la iniciativa, aseguraba que no más de 5% o el 6% sabría explicarlo.

Con este cóctel, enseñar y aprender ciencias es una carrera de obstáculos. ¿Y los resultados? Según Digna Couso, “los conocimientos de los alumnos están en la media de otros países de la Unión Europea, pero estamos muy por debajo en excelencia y muchos tienen una competencia en ciencias nula”. Las soluciones que han buscado científicos y educadores no son milagrosas, pero apuntan dos básicas. La primera consiste en someter los programas a una dieta de adelgazamiento. Sostienen que es preferible dar menos contenidos para enseñar mejor las materias. La segunda medida pretende dar un giro de 180º a la pedagogía de las ciencias, y, por ejemplo, aprovechar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Proponen que los alumnos aprendan a trabajar como los científicos, formulando hipótesis, pensando con libertad, y una vez que hayan experimentado y disfrutado puedan aprender definiciones. En opinión de Harold Kroto es la única forma de transmitir las ciencias: “Hacerlo como lo hacemos ahora es como enseñar la quinta sinfonía de Bethoven a alguien que no puede oir”.

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