Corta y pega la grasa

¿Qué es la grasa parda? ¿Y el TBLI? Te contamos los últimos hallazgos científicos y tecnológicos para acabar con los michelines y tener un cuerpo diez

Qué te parecería poder “encender” un mecanismo cerebral que te mantuviera delgado, a pesar de tener una dieta rica en grasas? Pues en esto es en lo que está trabajando Guadalupe Sabio, una investigadora del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC, cuyos últimos resultados fueron publicados en febrero en la revista. “Hemos descubierto una proteína que cuando no está presente en el cerebro de ratones produce unas hormonas que aceleran el mecanismo basal, así que queman más calorías.

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De modo que, comiendo lo mismo, engordan mucho menos. Además, a su vez, controla una serie de hormonas que hacen que estos roedores se sacien antes, es decir, que también comen menos. Nuestra idea es crear un inhibidor que llegue al cerebro del ser humano y produzca estos mismos efectos”, afirma Sabio. De hecho, parece que hay algunas empresas privadas que se han interesado en su investigación para probar si estos inhibidores pueden funcionar en seres humanos. “La mayoría de los fármacos que hay en la actualidad están destinados a que elimines más fácilmente lo que comes. El nuevo medicamento tendría dos efectos: quemar más grasas y saciarte antes”, termina Sabio.

Aunque, quizá, el arca del tesoro –es decir, “comer sin engordar”– esté en nuestra propia grasa, la conocida como parda.

SEBO ADELGAZANTE

Resulta que este tipo de lípidos, que ayudan a los recién nacidos a mantener su temperatura corporal, queman calorías en vez de acumularse. Hasta ahora, se pensaba que cuando crecíamos se quedaba inactiva y ya no tenía utilidad. Sin embargo, ahora investigadores de todo el mundo estudian la manera de utilizarla para acabar con la obesidad, ya sea creando una pastilla que aumente el consumo de energía, o bien activando esta grasa mediante congelación.

De hecho, una investigación realizada en la Universidad de Maastricht (Países Bajos) asegura que este tipo de grasa comienza a activarse a partir de 16 grados de temperatura. ¿Te parece descabellado? Pues parece que vivir en un iglú también sería una buena solución contra los michelines.

Lo comprobó Dieter Mansten, de la Escuela Médica de Harvard, cuando sometió a cerdos anestesiados a temperaturas de menos de siete grados centígrados durante 10 minutos en zonas localizadas y descubrió que se había producido una disminución del nivel de grasa de un 40% en estas zonas. Y eso, sin efectos secundarios aparentes.

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Ahora están haciendo ensayos en seres humanos, pero mientras tanto, parece que para controlar el exceso de grasa en nuestro cuerpo tendremos que seguir acudiendo a una alimentación equilibrada. Veamos qué hay de nuevo en este campo.

ADIÓS A LAS DIETAS
“Sobrealimentación condicionada.” Así llama David A. Kessler a la culpable de la epidemia de obesidad que sufre el primer mundo. Según él, nuestra dieta está cada vez más basada en alimentos “irresistibles” hechos a base de grasas, azúcares y condimentos de laboratorio nefastos para la salud.

Además, están fabricados con texturas que se tragan sin esfuerzo, lo que provoca que comamos más deprisa y sin masticar. Este experto en salud, conocido porque fue uno de los precursores de la lucha contra las tabacaleras en EEUU, ha provocado de nuevo un huracán con la publicación de su último libro, El final de la sobrealimentación (tomar el control del apetito insaciacible en EEUU). Tanto es así que The Washington Post hablaba recientemente de la muerte de las dietas, de cómo lo último no es contar las calorías y evitar las grasas, sino aprender a comer “conscientemente” (otro de los últimos best-sellers es Mindless Eating) y enseñar a la gente a “pensar como una persona delgada”, leitmotiv de otro de los grandes éxitos recientes The Beck Solution . En definitiva, las últimas grandes soluciones para acabar con los michelines no incluyen la palabra dieta, y hasta multinacionales de la gordura, como Weight Watchers, ha estrenado eslogan: “Adiós a las dietas. Empieza a vivir”.

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Una muestra muy evidente de este “cambio” es un artículo publicado en The New York Times recientemente bajo el título: ¿Puedes perder peso ingiriendo comida rápida?, donde recoge los menús “saludables” que compañías como Taco Bell y McDonald’s han desarrollado, y los testimonios de personas que han perdido peso comiéndolos a menudo. Evidentemente, son individuos que antes comían a diario fast food al uso. Según Luis Moreno: “En los países mediterráneos se recomienda consumir un 35% de calorías en forma de grasa. Sin embargo, en España la población consume un 40%”. El excedente que consumimos y no quemamos se va acumulando en la cintura y los glúteos por culpa de unos genes, los ahorradores, que creen que la necesitaremos más tarde. Para acabar con ella una vez acumulada, otro método eficiente es la actividad física.

DE OPCIONAL A OBLIGATORIO
“No hay ninguna duda de lo beneficioso que es para la salud estar en forma”, afirma Nicolás Terrado Cepeda, experto en medicina de la educación física y el deporte, y profesor de la Universidad de Oviedo. De hecho, el gobierno español ha editado un Plan Integral para la Actividad Física y el Deporte, con el que pretende acabar con el sedentarismo en nuestro país.

Según este plan, los españoles estamos entre los cuatro países más sedentarios del Viejo Continente. Según sus datos, la inactividad física es la causa de 1,9 millones de muertes en el mundo, y del 7% de las que se producen en España. Tanto es así que el Gobierno español recoge en este plan la creación de un manual de ejercicio físico, en el que enumera las actividades “recetadas” para cada una de las 16 dolencias que la OMS asegura que se “curan” en parte practicando algún tipo de actividad física.

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Entre ellas están el sobrepeso y la obesidad, por supuesto. Aunque Terrado avisa: “Cuando alguien que nunca ha hecho deporte empieza a hacerlo con regularidad, al principio no eliminará grasa. Su organismo ha perdido la habilidad de quemarla, y puede tardar hasta seis meses en recuperarla, por lo que es posible que hasta gane peso. Pero aun así, será beneficioso para su salud”.

En este punto, la última moda es utilizar gadgets como la Wii y su Wii Fit Plus como entrenador “particular”. Para Terrados: “Todo lo que sea moverse está bien, sea donde sea y utilizando cualquier medio. Sin embargo, es muy importante persistir en el ejercicio físico, y para conseguir esto, está demostrado que es mejor salir de casa”.
Aunque, para los que no tienen miedo a meterse en un quirófano, siempre quedará la cirugía estética, cada vez menos invasiva.

GRASA A PESETAS
“Acabe con sus michelines a la hora del almuerzo por 300 €.” Esto es lo que “venden” algunas clínicas de cirugía estética en EEUU e Inglaterra. Es un sistema, la terapia con láser de bajo nivel (TBLI), que promete destruir la grasa con un láser, sin incisiones (véase recuadro en la página siguiente).

Según ellos, la grasa licuada se eliminará con ejercicio físico y los medios orgánicos habituales.

El doctor Diego Martínez, cirujano especializado en estética de la Clínica Quirón, tiene sus reparos: “No me parece posible que las células adiposas sean destruidas y se vayan, prácticamente solas, al riñón o al hígado”. Esta clínica, precisamente, lleva a cabo otra técnica, el llamado refining o tecnocirugía modeladora, que utiliza láser para ablandar los tejidos y destruir parcialmente la grasa, aunque después se practica una liposucción para sacarla. ¿Qué la diferencia, entonces, de la TBLI?

Enrique Basses, cirujano plástico de la Clínica Teknon de Barcelona, apunta: “Imaginemos que tenemos un saco con cien pelotas de tenis, que son las células adiposas. Cuando engordamos, convertimos las pelotas de tenis en pelotas de fútbol, y al adelgazar, en unas de golf. Cuando hacemos una liposucción, sacamos pelotas del saco, que no vuelven a reproducirse. Sin embargo, en el TBLI, como las células no se mueren, solo ‘vaciamos’ la pelota, y por tanto, puede volver a inflarse”.

Pero en la estética no solo hay cirugía, sino que existen también otros tratamientos en los cuales lo que se “vende”, efectivamente, es que no sean invasivos. Y evidentemente, también se dan muchos intereses económicos.

“La experiencia nos dice que van saliendo muchas cosas nuevas de las que después no queda ni rastro”, termina Bassas.

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