Terapias alternativas

¿Qué hay de ciencia y de engaño?

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Cajón de sastre. El lío de disciplinas científicas y no científicas es enorme.
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No es de extrañar –bueno, sí– que ningún representante del Ministerio de Sanidad haya querido ponerse al teléfono para Quo, porque es probable que no sepan ni qué decir. El marasmo es grande para la comisión formada por ese Ministerio, la Agencia de Evaluación de Tecnologías Sanitarias del Instituto de Salud Carlos III y 14 Comunidades Autónomas implicadas.

Tienen que regular la actividad de 66.000 profesionales (entre médicos y no médicos) y ordenar una red de clínicas a las que, según la Federación Española de Terapias Naturales y No Convencionales (Cofenat), ha acudido alguna vez el 25% de los españoles.

La cantidad de gente es considerable, aunque la frecuencia no tanto: la Encuesta Nacional de Salud (2006) arrojó que el 5% de los ciudadanos había usado esos servicios o paramedicamentos en las últimas dos semanas. No es poco.

El primer paso para saber cómo regular estas terapias es dilucidar “la evidencia científica sobre la eficacia y seguridad de las terapias naturales”. Y no es tan fácil como pensar que los médicos están de un lado y que los autodenominados terapeutas sin título homologado, de otro. No.

Dentro de la profesión médica hay quien admite como científicamente probadas la eficacia de la homeopatía, la acupuntura y la medicina naturista; o sea, la practican profesionales con un título de medicina como el que tienen un pediatra y un internista.

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Este grupo de terapias son las que llaman “complementarias”, porque no se salen del ámbito médico –según sus defensores–, y son, además, compatibles con los tratamientos convencionales. El cirujano Lázaro Vidal, coordinador técnico del primer máster internacional en Medicina Natural, que se realizó en Madrid en 2004 (impulsado por el Colegio de Médicos), cree que hay mucha confusión por la “perversión de términos”: “La medicina natural es más bien una filosofía en la que los profesionales utilizan principios naturales” y cuya primera opción trata de ser siempre “la corrección del estilo de vida del paciente”.

Fitoterapia segura

Bien, pero ¿están científicamente respaldados sus métodos y sus medicinas? Según Concha Navarro, presidenta del Centro de Investigación sobre Fitoterapia y catedrática de Farmacología de la Universidad de Granada: “La eficacia de estos tratamientos está totalmente demostrada.

Se han realizado ensayos preclínicos y clínicos con casi todos los fármacos fitoterápicos. Hay algunos que tienen siglos de antigüedad y se denominan plantas tradicionales. En ellos, los niveles de seguridad no son tan exigibles como cuando se trata de principios activos nuevos”.

Una sesión de gemoterapia: teóricamente te cura la luz que pasa a través de las piedras.

Cataluña ya trató de regular estas prácticas

En 2007, la Generalitat aprobó un decreto sobre naturopatía, naturopatía homeopática, acupuntura, terapia tradicional china, quinesiología, osteopatía, shiatsu, reflexología, espinología, drenaje linfático, quiromasaje, diafreoterapia y liberación holística de estrés con quinesiología. Solo exigía Formación Profesional. Se anuló por invadir competencias.

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Otro tanto sucede con la acupuntura y la homeopatía. Hay ya una cantidad de estudios y experiencias que a los “creyentes” les parecen suficiente prueba de eficacia: “Como la experiencia piloto para paliar el dolor que el Hospital de Mataró (Barcelona) está desarrollando desde 2004 con enfermos de cáncer y con pacientes que sufren dolores de espalda”, según cuenta Alfons Vinyals, quien no es médico, sino terapeuta acupuntor y osteópata.Vinyals participó en el malogrado decreto catalán sobre terapias alternativas (léase el cuadro de arriba). A este terapeuta le parece, de todos modos, que: “No tenemos nada que demostrar cuando el 49% de los habitantes del área metropolitana de Barcelona ha acudido a terapias alternativas.

Empíricamente está demostrado”. Se refiere a los datos de un estudio impulsado por Cofenat y otras asociaciones similares españolas. Y tampoco da legitimidad a los estudios que restan credibilidad a estas técnicas: “El propio método científico en que se basan los estudios que nos desacreditan también es manipulable”, añade Vinyals.

¿Qué estudios son esos? Sin ir más lejos, en 2002, el British Medical Journal publicó un ensayo en el que se determinó que: “El tratamiento oral homeopático en pacientes asmáticos alérgicos al polvo no garantiza ningún nivel de eficacia mayor que el placebo”. Y así muchos más en contra de su fiabilidad.

La discusión del placebo

Pero el campo es mucho más amplio. Fuera completamente de la profesión médica homologada también hay quien ejerce –como el propio Vinyals– de homeópata, naturista o acupuntor. Pero es que, además, en este limbo de terapeutas sin formación oficial ni científica hay decenas de disciplinas más: drenaje linfático, terapia floral, reflexología podal, gemoterapia, taichi, osteopatía, shiatsu, quinesiología, reiki...

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En estas materias, la discusión científica es poca, ya que, tal como reconoce la terapeuta de flores de Bach y presidenta de Cofenat, Rafi Tour: “Estamos más débiles” en cuanto a estudios que demuestren sus bondades. “Pero algunos estudios sí hay”, comenta Tour: “Se han aplicado estas terapias a niños y animales, que son incapaces de sugestionarse, porque no son conscientes, y funcionan”, continúa, aunque sin detallar la fuente.

En contra

Simon Sing escribió en 2008 un reportaje y un libro en el que, junto con un médico, demostraba la ineficacia de los quiroprácticos en niños. La Asociación Quiropráctica Británica le ha puesto una demanda millonaria.

Ni fu ni fa

Ghislaine Lanctot fue doctora hasta que publicó La mafia médica. La inhabilitaron por decir que el sistema sanitario (“de enfermedad”) es un montaje de médicos, farmacéuticas y políticos. Pero tampoco es que defienda la paramedicina.

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Por contra, son numerosos los estudios y publicaciones que atribuyen los efectos –cuando los hay– de estos tratamientos alternativos al mencionado efecto placebo. En los últimos años, la Universidad de Michigan (Estados Unidos) ha publicado los dos artículos científicos más demoledores sobre cómo la sugestión actúa en el cerebro cuando el enfermo cree estar tomando una medicina que, en realidad, es un simple comprimido de azúcar. Es algo que ya creía saber Pedro Cañones, Secretario General de la Sociedad Española de Medicina General.

En Pekín 2008, algunas nadadoras del equipo chino salían a competir con las marcas de las ventosas que se aplican en la medicina tradicional china.

Para él: “El único camino para dedicarse a curar a las personas es la ciencia. Y para eso tengo claro que es imprescindible estudiar medicina”. En esa misma dirección, la médica y diputada socialista Mercedes Coello impulsó en octubre una proposición no de ley para instar al Gobierno “a que adopte medidas para que el ejercicio de la homeopatía se realice exclusivamente por licenciados en Medicina y en Cirugía”. Según ella: “Lo demás es oscurantismo”.

La propia Rafi Tour (Cofenat) admite que regular la formación es lo primero, porque abrir una clínica de terapias alternativas es hoy: “Tan fácil como ir a tu ayuntamiento y pedir una licencia de local parasanitario”. Y aunque en su asociación se vigila qué estudios ha cursado cada terapeuta (“exigimos anatomía, fisiología…”), son los primeros interesados en que la ley establezca planes de estudio, titulaciones oficiales y normas para la práctica profesional.

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Tocarle las narices a una adolescente

Corren por el mundo varias técnicas seudocurativas que son primas hermanas del reiki y la imposición de manos. Se supone que el simple tacto “limpia” un teórico campo energético que rodea al individuo y que, al estar desequilibrado, les enferma. Vista con ojos adultos, la cosa ya es sospechosa, pero que te pille una niña de 11 años... En 1998, Emily Rosa pasó a la historia como la autora más joven de un artículo científico, publicado por la revista de la Asociación Médica Americana. Rosa vio una noticia en la tele en la que la enfermera Dolores Krieger decía aplicar la citada técnica de “limpieza” bajo el nombre de “toque terapéutico”. Este angelito quiso saber si aquello del campo era verdad, y diseñó un experimento ad hoc. Fabricó un biombo con dos agujeros, por los que el “sanador”metía las manos. Ella, del otro lado, ponía una de sus manos, aleatoriamente, encima de una de las del terapeuta y le preguntaba sobre cuál de ellas sentía la energía. Y acertaron solo un 44% de las veces.

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