Por qué estamos (casi) seguros de que los mejillones son extraterrestres

Cuando la ciencia se aproxima, el mejillón se vuelve una portentosa rareza amarrada a todos los mares del planeta. Resistente a heladas, sol abrasador o toxinas, pende solo de un hilo con una receta codiciada por la industria.

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De la corriente a la roca

En primavera, cada hembra suelta de 5 a 12 millones de huevos, que serán fertilizados en el agua por el esperma de los machos. El huevo pasa por dos estadios larvarios a merced de las corrientes antes de convertirse en juveniles de unos 3 mm. El 0,1 % que sobrevive va fijándose a distintos puntos hasta que, con 5 mm, se instalan en su hogar definitivo, generalmente cerca de otros mejillones. Tardan entre 2 y 3 años en alcanzar tamaño de mercado.

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Seda de mar

Así se ha llamado también al biso, el arma de amarre de estos moluscos. Cada individuo invierte de 3 a 10 minutos en fabricar un hilo y suelen fijarse con entre 50 y 100, dispuestos de forma radial. Controlan su tensión con doce músculos retractores situados en el tronco del pie.

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Asoma la patita

Así inspeccionan su entorno para anclar los hilos. Pero el lubricante de Shahrouz Amini, de la Universidad Tecnológica de Nanyang (Singapur), los despista. En las superficies tratadas con él, retraen el pie. O lo giran hacia su propia concha y generan ahí el biso.

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Filtrado en vivo

Cada uno puede filtrar de 10 a 20 litros de agua por día. Suelen acumular alrededor muchas sustancias contaminantes que a ellos no les afectan.

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La boca está en el rincón

Las branquias, cubiertas de cilios, generan corrientes de agua que pasan por ellas –y permiten el intercambio de gases de la respiración– y llega a los cuatro palpos que rodean la boca. Estos empujan hacia dentro las partículas comestibles y rechazan las que no quieren, que expulsarán por el ano o sifón.

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Made in Galicia

Las 3000 bateas (esos circulitos en el mar) frente a la costa gallega producen 250 000 toneladas anuales, que nos convierten en el segundo exportador mundial después de China. La industria global se valora en 1500 millones de dólares anuales.

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Cualquier casa es buena

La capacidad de adaptación a cualquier entorno los convierte en especies invasoras. Y también en un manjar susceptible de ser criado en cualquier sitio. De hecho, el primer exportador del mundo, China, tuvo que importar Mytilus (abajo) para empezar a cultivarlos en sus mares.

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