La dama de los pandas

La leyenda de Ruth Harkness

Mucha gente desconoce que la historia reciente del panda gigante, al menos la que nos toca de lleno a los occidentales, comenzó en un pueblecito vasco-francés famoso por sus pimientos. Hablamos de Ezpeleta, pequeña villa próxima a Bayona.

Fue en esta localidad donde nació en 1826 el sacerdote y misionero Jean-Pierre-Armand David. Hijo de doctor, su padre era, además, juez de paz y alcalde. No consiguió que su hijo siguiera sus pasos. El amor del niño por los insectos, las plantas y los huevos de ave condicionó su vida. Armand David se ordenó sacerdote en 1862 y fue trasladado a Pekín, donde se ocupó de algo más que de predicar el evangelio en mandarín.

Buscando al ‘gran oso-gato’
Su interés por las ciencias botánicas, y los ejemplares que enviaba a Francia, le hicieron muy popular en los círculos académicos de París, y en muy poco tiempo el Jardin des Plantes de la capital francesa le pidió que recorriera China recopilando nuevas especies.

Durante el tercero de aquellos viajes, el misionero se trasladó al sur, desde Pekín hasta Shanghái. Cruzando el río Yangtze, alcanzó la montañosa Chengdu en la provincia de Sichuan (suroeste de China). El 11 de marzo de 1869, Armand David vio por primera vez la piel de un panda gigante. Intrigado por aquel extraño ser, durante las semanas siguientes consiguió acceder a dos cadáveres de panda abatidos por cazadores locales. A pesar de que nunca llegó a ver uno vivo, sus informes acerca de un esquivo y gran animal similar a un oso, de pelaje blanco y negro, fascinaron a Occidente.
Era lógico que ningún occidental hubiera contemplado un panda gigante antes que él. Estos animales viven en las regiones montañosas del este del Tíbet y sudoeste de China, lejos de las zonas habitadas, y en altitudes que varían entre los 1.500 y los 300 metros. Durante las décadas siguientes, apenas se supo nada de aquel animal al que los lugareños llamaban gran oso-gato, ya que sus pupilas eran verticales (como las de los felinos), cosa que no ocurre con ninguna otra especie de oso. En 1929, dos hijos del ex presidente de EEUU Theodore Roosevelt cazaron uno en China.

La misión de los siguientes exploradores fue capturar un ejemplar y trasladarlo a Europa o Estados Unidos. Muchos lo intentaron y fracasaron. Uno de ellos fue el aventurero y adinerado graduado en Harvard William H. Harkness Jr. Poco tiempo después de casarse con Ruth, una bohemia diseñadora de ropa conocidísima en la alta sociedad neoyorquina, Bill partió para China con la intención de ser el primer occidental en capturar un panda gigante. No llegó a cumplir su sueño. En 1936 murió en China de un cáncer de garganta, antes siquiera de iniciar la expedición.

Excéntrica aventurera
Su esposa Ruth, de quien se decía que no cruzaba una manzana caminando si encontraba un taxi libre, sorprendió a propios y extraños cuando se propuso llevar a cabo el sueño de su esposo.
El apetito de Ruth Harkness por el alcohol y el tabaco eran legendarios, así que la sociedad neoyorquina creyó que el viaje a China era simplemente una excentricidad más. Aun así, Ruth partió hacia Shanghái. Allí, Ruth contactó con un estudiante chino-americano llamado Quentin Young, que tenía experiencia como explorador. Juntos trazaron una ruta de 2.400 kilómetros hasta las cumbres del Tíbet y, atravesando algunas de las rutas más peligrosas de la Tierra, alcanzaron su objetivo a finales de septiembre de 1936.

Ruth –quien, según cuentan las crónicas, vivió un romance con el estudiante– sobrevivió a las zancadillas de los rivales, a las hordas de bandidos, al calor extenuante, a los precipicios del Himalaya, a jornadas a pie de 50 kilómetros diarios y a sus propias adicciones.
A comienzos de noviembre, establecieron un campamento en medio del territorio de los pandas. A los pocos días dieron con un cachorro macho de nueve semanas de edad vivo. Según contó en su libro de 1938 The Baby Giant Panda, la captura tuvo lugar a una distancia de un día de trayecto a pie desde el río Mun en Sichuan. Ruth Harkness logró regresar a Estados Unidos con Su Lin, y depositarlo en el Zoo de Chicago, tal y como su esposo había planeado. Se convirtió, así, en una celebridad, y el pequeño panda atrajo al Zoo más visitas que ningún otro animal en la historia de la institución. Los diarios se peleaban por relatar los detalles de su expedición, y la diseñadora se convirtió en la chica de moda en las reuniones sociales más importantes.

De aquel tiempo es una cita que apareció en The Washington Post, donde la viuda de Bill Harkness dio su punto de vista sobre la presencia de occidentales en China y por qué ella decidió prescindir de ellos en su expedición: “Sentí que no necesitaba un extranjero; ya había visto lo suficiente acerca de la actitud de la mayoría de los occidentales en China como para sentirme molesta. Porque a algunos, la diferencia en el color de la piel les llevaba a pensar en sí mismos como seres superiores. No pude entenderlo, y sigo sin hacerlo”.

El cuerpo disecado de Su Lin
Lamentablemente, la historia no tuvo un final feliz. El pequeño Su Lin murió de pulmonía apenas un año después de ser entregado al Zoo, y a pesar de que Ruth realizó nuevas expediciones a China, donde capturó nuevos ejemplares, su entusiasmo se fue apagando. Tal vez el hecho de que su joven estudiante chino se hubiera casado le hiciera dejar de disfrutar del exotismo. Finalmente, murió por los efectos del alcohol diez años después de aquel primer viaje.

Recientemente, en el año 2009, su historia fue recogida por la escritora Vicki Constantine en un libro titulado The Lady and the Panda. Curiosamente, el único “superviviente” de aquella aventura es el cuerpo disecado de Su Lin, que se exhibe aún en el Museo Field de Historia Natural de Chicago.

Hoy en día sabemos muchas más cosas que entonces sobre el panda gigante, pero este animal sigue fascinándonos como entonces. ¿Las razones? Probablemente, su belleza, más propia del capricho de un diseñador de peluches que de la naturaleza. Sin duda, al naturalista Armand David y a la intrépida Ruth Harkness les apenaría mucho saber que a aquel bellísimo animal la vida le iría de mal en peor.

Los retos de nacer
Hasta hace poco no se tenía la certeza de que el panda gigante fuera un oso. Algunos expertos en taxonomía lo englobaban en la familia del mapache. Pero los últimos estudios genómicos lo sitúan en la familia Ursidae, aunque se separó del tronco principal hace diecisiete millones de años. El panda gigante es una especie en peligro por causa del furtivismo. Se pagan fortunas por su piel, y eso a pesar de que en China su caza está penada con la muerte. Es triste, pero puede que en un futuro solo podamos ver a este animal en los zoos. En el de Madrid, por ejemplo, se conserva congelado esperma de Chu-Lin, el primer ejemplar que nació en nuestro país. Reproducir pandas en cautividad no es sencillo. Las hembras tienen un ciclo reproductivo muy corto, y solo están en celo 72 horas al año. Además, el pene del macho es muy pequeño y requiere que la hembra se ponga en una posición muy precisa para fecundarla. Se ha recurrido incluso a Viagra, pero el procedimiento no ha resultado útil.

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Los cuidados de Ruth

Sobre estas líneas, Ruth con Su Lin en 1936, cuando el oso era un bebé. A la derecha, dos años después, en el Zoo de Chicago, junto al mismo ejemplar ya adulto y otro bebé panda llamado Mei Mei.

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La dama y el panda

Así se titula el libro de Vicki Constantine Croke, que cuenta la extraordinaria aventura de Ruth Harkness, la primera persona occidental que logró capturar un ejemplar vivo de panda gigante.

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El cuerpo disecado de Su Lin se conserva en el Museo de Historia Natural de Chicago.

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Un ejemplar de solo tres meses de edad, nacido en un centro dedicado a la conservación de esta especie en Sichuan, China.

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Jean-Pierre-Armand David

Fue el misionero vasco-francés que descubrió la existencia de esta especie, aunque nunca vio un ejemplar vivo.

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Cuidadores disfrazados realizan un examen físico en un zoo chino a una cría destinada a ser reinsertada en su medio natural.

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