Mitos del reino animal

Las serpientes no tiene huesos, los osos polares no son blancos...

Las serpientes no hipnotizan a sus presas. De hecho, la mayoría ni siquiera las pueden ver bien. La verdadera explicación es menos sobrenatural: las serpientes carecen de párpados; no pueden parpadear, y por eso siempre tienen los ojos bien abiertos, lo que provoca esa hipnótica mirada. Esta es también la causa de otra creencia tan errónea como generalizada en torno a las serpientes: no es que no duerman, es que han de hacerlo con los ojos abiertos.

Los anteriores son dos ejemplos de las numerosas ideas incorrectas ampliamente difundidas –algunas, incluso entre los expertos– sobre animales y que a menudo manejamos. Malas interpretaciones que tienen su origen en las apariencias engañosas de sus protagonistas y, sobre todo, en que no ha sido hasta hace poco tiempo que los zoólogos comenzaron a estudiar a los animales en su ambiente natural.

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Confía en mi, en mi… ssss

Además de insomnes e hipnotizadoras –creencia que reflejó y que, a su vez, se encargó de difundir la serpiente Kaa de El libro de la selva– las serpientes son protagonistas de otras ideas tan falsas como extendidas. Entre ellas la de que, debido a su capacidad para enrollarse, carecen de huesos. Todo lo contrario. Además de los del cráneo y las mandíbulas, las serpientes presentan vértebras a lo largo de todo su cuerpo, y una abundante colección de costillas. Las especies de mayor tamaño, como boas, anacondas y pitones –entre las que se cuenta Kaa– llegan a tener entre trescientos y cuatrocientos pares de ellas.

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No estás viendo unos osos blancos

El pelaje de los osos polares (Ursus maritimus) no es blanco. Los pelos son transparentes, y presentan un núcleo hueco que dispersa y refleja la luz visible, lo que hace que parezca de este color (al igual que la nieve). Y sólo parecen totalmente blancos después de la muda estacional, ya que, con el tiempo, la oxidación solar y las manchas de grasa de foca lo tiñen de amarillo.

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Asesinato, no suicidio

Cada 4 años, el cíclico boom demográfico del lemming (Lemmus lemmus) concluye con una desesperada migración masiva en la que muchos acaban arrojándose a ríos, lagos o el mar. Un misterioso comportamiento interpretado como un suicidio colectivo –ya sea consciente o involuntario– provocado por la superpoblación. Ahora, una investigación ha desvelado que es la multiplicación de depredadores lo que obliga a estos roedores a emprender la huida.

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¿Micro o Mega?

Los murciélagos se dividen en dos grupos, Microchiroptera y Megachiroptera. Los integrantes del primero encajan en el estereotipo: se orientan merced a un sofisticado sistema de ecolocalización que precisa de grandes orejas, son cazadores nocturnos e hibernan. Los Mega-murciélagos rompen esquemas: carecen de ecolocalización, lucen discretas orejas, se orientan por la vista, son vegetarianos, no hibernan y algunos tienen hábitos diurnos.

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Dos mejor que uno (depósitos)

Los camellos (Camelus sp) no almacenan agua en la joroba. Esta extendida creencia surge de que, en sus travesías por el desierto, los camellos pueden permanecer varios días sin beber, al tiempo que les mengua la joroba. En realidad, la giba es un almacén de reservas energéticas en forma de grasa. El depósito de agua del camello es su estómago, que presenta unas cavidades con capacidad para cinco o seis litros.

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Mandíbulas impostoras

Las del cocodrilo del Nilo (Crocodylus niloticus) probablemente sean las mandíbulas más impresionantes del reino animal, tanto por su tamaño, como por ser capaces de aplicar varias toneladas de presión con un solo mordisco. Pero presentan una sorprendente limitación: los músculos responsables de su apertura son débiles. Hasta tal punto que, si un hombre sujeta con sus manos las fauces cerradas del reptil, este no conseguirá abrirlas. Por fortuna para los “tarzanes” locales, que se ganan la vida con espectáculos en los que se enfrentan a enormes cocodrilos; les impiden que abran la boca, y la mayoría de turistas no sabe lo fácil que es.

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No tan inocente

Desde los tiempos de Bambi, el ciervo  representa la inocencia animal, es “la víctima”. Pero, al menos en la isla escocesa de Rum, la víctima pierde su inocencia y se convierte en verdugo. En agosto y septiembre, los ciervos rojos (Cervus elaphus) locales ejercen de principales depredadores de los polluelos de pardela. Se comen la cabeza y las patas, para obtener los suplementos minerales necesarios para el crecimiento de su cornamenta, y que la vegetación de la isla no les aporta.

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A ellos no les marca el color de su piel

Aunque los nombres de las especies indican normalmente su existencia, no hay rinocerontes negros ni blancos: ambos tienen la piel gris. El rinoceronte negro (Diceros bicornis) debe su apelativo al color oscuro que luce recién rebozado en barro húmedo –que, al secarse, lo tiñe de marrón–. En el caso del rinoceronte blanco (Ceratotherium simum), el nombre ni siquiera alude a su color. El white (blanco, en inglés) es una deformación de la voz africana widje, que significa “ancho”, en referencia a la forma del morro del animal.

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Existen los delfines asesinos

Pese a ser conocidas como las ballenas asesinas, y a que su tamaño –que llega a alcanzar los 10 metros– parece corroborarlo, las orcas (Orcinus orca) no son ballenas, sino delfines. En concreto, son los delfínidos (delfines oceánicos) más grandes. Aunque su fama de implacables cazadoras no casa con la clásica imagen que se tiene de los delfines: curiosos, juguetones y siempre prestos a rescatar a náufragos en apuros.

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