Alguno será príncipe

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Mi tesoro. Ahí se quedan. Hasta 4.500 huevos formados por el embrión, esa pequeña mancha negra, y una envoltura gelatinosa que le proporcionará alimento. La rana bermeja que acaba de expulsarlos regresa al exterior, mientras ellos quedan al calor del tibio sol.

Primavera. La calidez y la luz disparan la señal de alarma con un mensaje común para la mayoría de los seres vivos: hay que hacer más. Ya. A ras de suelo, dos especies de batracios se disponen a cumplir dicha misión con rituales similares.

La rana bermeja (Rana temporaria) y el sapo común (Bufo bufo) se encaminan desde los parajes donde han hibernado hacia el entorno acuático que los vio nacer. Unas, a saltitos que pueden llegar al metro de longitud, y los otros con un pasito a paso casi reptil.

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Cómo consiguen intuir en qué dirección lanzarse para deshacer el camino que ya hicieron el último año sigue sin estar claro del todo, aunque abundan las apuestas por el olfato. “Parece que se sirven de algún tipo de reconocimiento químico de los puntos donde han nacido”, explica el herpetólogo de la Universidad de Barcelona Albert Montori. Y añade que cada una de ellas podría aliñarlo con otras capacidades: “Una cierta memoria geográfica en las ranas, y el oído en los sapos”.

Los machos de Bufo bufo son los primeros en acercarse al agua, donde comienzan a cantar para atraer a las hembras. Ese reclamo de los primeros en llegar al punto de cita podría servir de orientación para los ejemplares menos espabilados.

O más, según se mire. Las féminas de esa especie prefieren padres grandes y de croar grave para sus hijos. Teniendo en cuenta que ellas siempre son minoría, algunos listillos escuchimizados las abordan mientras aún se encuentran de camino al río o charca. Como la puesta solo se realiza en el agua, otros espontá­neos pueden unirse por el camino a la pareja con la pretensión de ser ellos quienes fecunden los huevos. Normalmente, la ley del más grande y fuerte se impone, y los rivales han de esperar un nuevo turno.

Ante un problema similar, sus equivalentes “ranos” adoptan una táctica menos agresiva. Si no consiguen llegar al amplexo (el abrazo procreador) con ninguna hembra: “Se colocan sobre las puestas ya depositadas y las rocían con su esperma, para ver si pueden fecundar algunos huevos”, detalla Montori.

En ambas especies, cientos de batracios se retiran tras varias semanas de encuentros y desencuentros, para dejar una tranquila y hermosa imagen bajo las aguas poco profundas: miles de nuevos seres iniciando su viaje hacia la vida. La abundancia no es gratuita. Muchos de ellos, devorados por algún depredador o asfixiados por falta de oxígeno, nunca llegarán a renacuajos. Los que, ya maduros, consigan saltar hasta tierra firme, aún tendrán que vérselas con el hambre y las carreteras. n
Pilar Gil Villar

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