La revolución de las especies

Chimpancés asesinos y elefantes enloquecidos en África, buitres que se lanzan sobre ganado vivo en España: los expertos llaman al fenómeno conflicto humano-animal

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Venganza a lo Tarantino. Aunque este mono parece sacado de Pulp Fiction, los animales de este reportaje se comportan más bien como en Kill Bill.

Nos resultan monos. Por eso, tres trabajadores estadounidenses decidieron ir en taxi al Santuario de Chimpancés de Tacugama (Sierra Leona) y pasar la tarde contemplando a nuestros primos lejanos. Al poco de llegar, un grupo de chimpancés enfurecidos se abalanzó sobre ellos por sorpresa. Los tres americanos resultaron heridos, y el taxista local pereció como consecuencia de los mordiscos, golpes y arañazos propinados por los primates. Solo un año antes, otros dos animales de esta especie habían atacado a una pareja de turistas en el Animal Haven Ranch de California.

Rebelión en la selva
Ambos episodios podrían quedar en una casualidad tristemente anecdótica, si no fuera porque las noticias de ataques a humanos llevan ya años describiendo una línea ascendente en el currículo de varias especies. El Registro Internacional de Ataques de Tiburón contabilizó 36 agresiones de escualos a personas en el año 1990. En 2007 se cifraban en 71.

Ya en tierra, un informe de la organización WWF asegura que los elefantes han matado en Kenia a más de 200 personas en los últimos siete años, y sus víctimas en la India superan el centenar anual. Además, arrasan pueblos y cosechas a su paso. Las pérdidas en las plantaciones de palma aceitera en la provincia indonesia de Riau se estiman en unos 105 millones de dólares cada año.

Por su parte, un reciente reportaje en el diario británico Telegraph aseguraba: “Las Autoridades de EEUU y Canadá están alarmadas por el incremento de agresiones de leones, pumas, zorros y lobos. Y Rumanía y Colombia han registrado un repunte de los ataques de osos”.

Mientras tanto, desde el Congreso Nacional de la Naturaleza, recién celebrado en Barcelona, nos llegaba otra tanda de cifras con un cariz muy distinto.

La asociación Shark Alliance ha recordado que un 21% de los tiburones del mundo están clasificados como amenazados. “El problema es la sobrepesca”, ha declarado Sarah Fowler, directora de política de la Shark Alliance.

En el mismo foro, Jan Schipper revelaba en su exhaustivo estudio sobre el estado de los mamíferos del mundo que una de cada cuatro especies se encuentra en peligro de desaparecer. Julia Marton-Lefèvre, directora general de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), colocó el punto sobre la i del asunto: “En la generación actual, cientos de especies podrían extinguirse a consecuencia de nuestros actos, un indicio espeluznante de lo que está ocurriendo en los ecosistemas que habitan”.

¿Blanco y en botella?
Si cedemos a la tentación de cruzar ambos bloques de datos, surge una hipótesis que el Telegraph glosaba así: “Después de años comiéndonoslos, desalojándolos de su territorio, matándolos por diversión, poniéndonoslos de sombrero y obligándolos a subir la pata en el circo, todo esto se ha vuelto contra nosotros”. Lo cierto es que científicos e instituciones conservacionistas y gubernamentales llevan tiempo preocupados por ese conjunto de problemas de convivencia que han denominado conflicto humano-animal. Pero ¿hasta qué punto podemos mirar el asunto como una vendetta?

Para Federico Guillén-Salazar, experto en etología y bienestar animal de la Facultad de Ciencias Experimentales de la Salud de la Universidad Cardenal Herrera de Valencia: “Pensar que esto es debido a una venganza de los animales en su conjunto es exagerado. El mundo animal, como conciencia colectiva, no existe; esto va en contra de todo lo que sabemos sobre su comportamiento”.

La clave del asunto está en averiguar cuáles son las razones de determinadas especies para volverse más agresivas en momentos y lugares concretos. Sobre todo, para solucionar el problema.

Según Guillén, cada vez más población humana está ocupando espacios que an­tes eran de animales. Esto acarrea también una carencia de alimento, y nosotros (y nuestros rebaños) somos sustitutos perfectos de sus presas tradicionales.

El WWF ofrece algunos ejemplos: el hábitat del leopardo en Asia Central se ha reducido de varios millones de hectáreas a menos de 800.000 en los últimos 10 años. Solo en el verano de 2003, este animal mató a 20 caballos en Mongolia. Si pensamos lo que esto supone para los habitantes de esas zonas, normalmente pequeños ganaderos y agricultores, entenderemos que también exista una estadística de venganza. La rúbrica de leopardos abatidos en la región india de Zaskar registra 16 ejemplares de 1996 a 2002. Y en el parque de Kibale (Uganda), los chimpancés arrasan los cultivos una media de 75 veces al año. Muchos de ellos mueren en trampas clandestinas.

Razones de peso
“Los elefantes por ejemplo, necesitan co­mer una cantidad enorme de materia ve­getal cada día, y como les hemos usurpado sus reservas, buscan alimento en campos de cultivo y arrasan lo que encuentran a su paso, ya sean pueblos o personas. No es una cuestión de venganza, sino de superviviencia”, asegura Guillén.

Esa relación entre invasión de su hábitat y búsqueda de alimento explicaría también los ataques de coyotes a mascotas y niños registrados en California y Texas (EEUU). Un factor importante de dichas actitudes es que, a base de vernos, nos pierden el respeto. Según declaraba Lee Fitzhugh, un profesor de la Universidad de California, a la revista New Scientist: “Antes se tomaban su tiempo observando una criatura extraña, hasta que se decidían a atacarla”.

Otro factor que los puede acercar a zonas conflictivas es el cambio climático. Guillén considera que: “Pequeñas variaciones en la temperatura están produciendo cambios en los hábitos de los animales: migraciones, uso del espacio, etcétera”. Así, quizá hayan empujado a los tiburones hacia las orillas. Algo parecido a lo que sucedió cuando una legión de medusas superpobló la costa de Levante hace dos veranos. “Ese año, en mayo llovió en abundancia y se concentró más agua dulce en la línea de costa”, recuerda Guillén. Ni rastro de fieras vengativas. La amenaza a nuestra tranquilidad procede ahora del aire.

Aves de rapiña
Además de las razzias al ganado y los cultivos por zorros y jabalíes que se registran en nuestro país, cada vez son más los ganaderos que denuncian ataques de buitres. El argumento más común recurre a la legislación promulgada tras los casos de vacas locas: como ya no pueden dejarse cadáveres de ganado en el campo, las carroñeras atacan animales vivos.

El biólogo Antoni Margalida desea matizar el problema. Estudia este fenómeno y asegura: “Analizamos una muestra de 90 denuncias presentadas en Navarra y descubrimos que, en el 85% de los casos, el animal estaba muerto o agonizaba cuando fue atacado“. A menudo se trata de partos de vacas en los que el feto muere y ellas no pueden moverse. Los buitres se lanzan a la cría y también picotean a la madre. “Muchas veces, el ganadero no está presente y lo que ve es que la vaca aún estaba viva”, declara el biólogo, pero considera muy improbable que una especie carroñera pase a comportarse como rapaz en tan poco tiempo.

Sin embargo, lo que sí hay que tener en cuenta son las vivencias del propio animal. Ya en 2005, un estudio dirigido por la psicóloga Gay Bradshaw atribuyó muchas de las actitudes agresivas de los elefantes africanos a una especie de desorden de estrés postraumático. Años de caza y violencia podrían haber alterado la conducta de estos gigantes salvajes, sobre todo si los sufrieron en la infancia.

Leña al mono
Por ejemplo, Concha Mateos, profesora de Biología y Etología en la Universidad de Extremadura, señala: “Los perros más miedosos suelen ser más agresivos. También los que han sido destetados antes de las dos semanas y no han socializado con su camada, o han sido maltratados”, aunque asegura que son muchos los factores que intervienen en un comportamiento violento, como que no se respete el espacio vital de un animal.

Curiosamente, el director del centro del que escaparon los chimpancés con los que iniciábamos este reportaje declaró a la revista New Scientist que se les había sacado de su entorno muy jóvenes y que habían sufrido maltrato antes de llegar a su institución. Y añadió: “Cuando llegaron, ya traían cicatrices mentales”.

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