Aquí un salmón transgénico

En breve, en tu pescadería

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Estos dos salmones tienen la misma edad. El grande ha crecido mucho más rápido porque ha sido modificado genéticamente.

El mismo color, el mismo sabor, la misma textura. No podremos distinguirlos a simple vista ni en el mercado, ni en el plato. Su principal peculiaridad, la de vivir muy deprisa, habrá quedado atrás. Si es que algún día llegan a la pescadería.

Los salmones AquAdvantage nacieron cuando, hace veinte años, la empresa estadounidense Aquabounty encontró la manera de crear una variedad del salmón atlántico que creciera el doble de deprisa que la versión “natural”. Para ello, insertaron en su ADN fragmentos del material genético de otras dos especies, es decir, crearon peces transgénicos.

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Pero para producirlos y comercializarlos en su país necesitan la aprobación de la Agencia para la Alimentación y los Medicamentos (FDA). Tras más de diez años estudiando la solicitud, esta institución emitió a principios de septiembre pasado un informe preliminar, basado en documentación proporcionada por los productores. Ahora lo ha sometido a los comentarios del público y los científicos antes de llegar a una decisión definitiva. Y “no hay ningún plazo establecido para tomarla”, nos escribe Siobhan DeLancey desde la agencia. La demora tiene su justificación: en caso de fallo positivo, el AquAdvantage sería el primer animal transgénico del mundo para consumo humano.

Antes de permitir a la empresa soltar amarras con su proyecto, la FDA tiene que certificar que su modificación no perjudica más que el animal de partida ni a quienes lo coman, ni al entorno.

Una premiere mundial

Aquabounty realizó la transferencia genética en huevos hace 20 años. Como ese traspaso de genes no siempre arraiga, dejaron que los salmones resultantes “se reprodujeran de forma natural, y solo cultivaron aquellos que llevaban el transgen de crecimiento rápido. Desde entonces se han criado con apareamiento natural diez generaciones que lo incluyen”, según nos cuenta Suzanne Turner, portavoz de la empresa. Aunque los huevos que venderían a los criadores pasan por varios procesos biotecnológicos que garantizan que todos sean hembras.

La FDA concluye que estos peces son idénticos al salmón atlántico de piscifactoría, tanto hormonal como nutricionalmente, salvo porque tardan unos 16 meses en alcanzar la talla media de un ejemplar intacto de 30 meses. La cuestión que se plantea en cuanto a su efecto sobre quien los consuma es la posibilidad de “algún tipo de reacción secundaria dentro de la propia composición del pez que pueda provocar, por ejemplo, respuestas alérgicas en el ser humano”, explica Antonio Figueras, investigador del CSIC en Patología de Organismos Marinos y patrono de la Fundación Observatorio Español de Acuicultura (OESA). La FDA no ve mayor riesgo que en los salmones no transgénicos (uno de los principales grupos de alimentos alergénicos, por otro lado), organizaciones como Greenpeace y Oceana desconfían de la posible repercusión en el futuro y temen, por ejemplo, que su menor resistencia a enfermedades requiera grandes cantidades de antibióticos.

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¿Y si se escapan?

Pero el gran motivo de polémica en este caso es la posible repercusión en el medio ambiente. “Es la más difícil de analizar, porque pequeños efectos inmediatos pueden tener un gran impacto a largo plazo”, asegura Josep Casacuberta, miembro del Panel de Organismos Modificados Genéticamente (OGM) de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), nuestro equivalente a la FDA. Especialmente, cuando los organismos se mueven y lo hacen en el agua.

Un pez siempre tiende a escaparse, sea cual sea el sistema de sujeción al que se lo someta. Y también a aparearse con más o menos el primer pariente que se le cruce en el camino. Ese supuesto pondría en circulación los genes “inquilinos”. Los casos más cercanos que tenemos para imaginar las consecuencias de tal emigración son precisamente las fugas que ya se han dado en piscifactorías. María José Cornax, científica marina de la organización Oceana, alude al caso del salmón cultivado en el Báltico: “El cruce con el salmón salvaje alteró la variabilidad genética de sus poblaciones salvajes, ya amenazadas. Los impactos a largo plazo de estas interacciones son muy diversos, pero podría hacer que los individuos salvajes se convirtieran en vulnerables a enfermedades a las que eran resistentes históricamente”, declara.

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Incluso el propio comportamiento de los peces transgénicos podría diferir del de los silvestres. El informe de la FDA precisa que, en condiciones de laboratorio, el AquAdvantage tiene tendencia a consumir más alimento, se muestra más torpe a la hora de esquivar posibles predadores y presenta una resistencia menor ante las enfermedades, si bien todas esas diferencias a veces desaparecen cuando se simula un entorno natural.

Poner puertas al mar

El gran problema sobre los posibles efectos es que, para comprobarlos, habría que soltar a los peces en el medio ambiente, “y eso es algo que no queremos hacer; preferimos tomar medidas para evitar riesgos potenciales, aunque no sean reales, porque actuamos siempre según el principio de precaución”, comenta Josep Casacuberta.

El proyecto de Aquabounty toma medidas. Para empezar, crían solamente huevos de hembras infértiles. “Aunque siempre te sale alguno fértil”, argumenta Figueras. Como segunda barrera, el cultivo se realiza en tanques situados tierra adentro, algo que en España también se hace con el rodaballo de acuicultura, por ejemplo. Si recibieran la aprobación, cualquier empresa interesada en adquirir los huevos de salmón transgénico tendría que garantizar que va a cultivarlos en esas condiciones y que va a estar sujeta a controles periódicos. Aquabounty manifiesta en su web que la producción de interior podría evitar la contaminación del transporte desde la costa. Sin embargo, Antonio Figueras se pregunta “si compensa la energía necesaria para mantener esa especie de Guantánamo para peces”. Debe de ser que sí. Porque, ¿cuáles son las ventajas de acelerarles la existencia a cientos de miles de peces? Especialmente ante la opinión pública del Primer Mundo (aún más en Europa), que suele mirar la transgénesis como una intromisión en los más delicados mecanismos de la vida y, por tanto, debería estar justificada por una aportación significativa al bien común. Aquabounty alega que sus productos contribuirían a aliviar la gran presión que sufren las reservas naturales de pescado.

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Pez para hoy, ¿hambre mañana?

El argumento toca una cuestión verdaderamente grave. Según datos de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura (FAO), en el año 2009 el 52% de los stocks de pescado marino habían sido plenamente explotados y no tienen posibilidad de desarrollarse en el futuro. En ellos se incluyen la mayoría de las diez especies más capturadas, como el atún rojo, al borde del colapso. La mala gestión de los recursos se traduce en una inmensa amenaza para la biodiversidad.
Mientras la pesca se ralentiza, la acuicultura despegó hace unos veinticinco años como alternativa para suministrar pescado. “En este tiempo hemos pasado de no tener nada a tener dorada, lubina, besugo, rodaballo y salmón en abundancia”, aclara Figueras. Y la idea de criarlos a toda velocidad vendría a “convertir el pienso en proteína bruta de manera más eficiente”, en palabras de Rafael Camacho, director general de Genoma España.

Esto supone una evidente ventaja económica para los productores y puede rebajar su precio, pero el halo de remedio medioambiental no convence a todo el mundo. María José Cornax apunta precisamente al pienso para alimentar a los salmones en cautividad. “Como ocurre con las otras especies de grandes predadores, necesitas 5 kilos de pescado salvaje para engordar 1 kilo de salmón”. Los cinco kilos se obtienen de especies más baratas, como la anchoveta, procedentes “de zonas con un elevadísimo déficit de proteínas para consumo humano, pero se exportan a Europa o Chile”, añade la bióloga. En su opinión: “Una solución mejor sería variar la demanda hacia otras especies con criterios más sostenibles”.
Antonio Figueras argumenta: “La producción mundial de salmón atlántico está en 1,5 millones de toneladas, por lo que no creo que esta iniciativa sea necesaria para aliviar los stocks. El argumento es sencillamente económico”.

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A este lado del charco

¿Y qué pasará si en Europa también queremos conseguir sushi más barato? Para Cornax: “Los estándares de la FDA no se han caracterizado nunca por ser una garantía”, aunque aquí no tendríamos que asumirlos.
Nuestra EFSA ya está trabajando en una guía para evaluar las posibles solicitudes tanto de producción como de importación de animales transgénicos o sus derivados. Uno de los temas clave plantea si deberán llevar etiqueta. “Mientras en EEUU, cuando se considera que ese producto es igual que el original no se etiqueta, aquí la legislación obliga a hacerlo por respeto al derecho a elegir del consumidor”, asegura Josep Casacuberta. En muchos casos, el resultado es la estigmatización de los organismos modificados.

Mientras tanto, otros países observan con interés si este pez obtiene el espaldarazo definitivo, como boom biotecnológico. Una luz verde supondría un hito psicológico para proyectos que “allí se pueden desarrollar a una escala impresionante, aunque con un control de seguridad bastante alto”, en opinión de Casacuberta.
Hoy, mientras la seguridad alimentaria, la ecología y los intereses económicos liberan su difícil batalla, unos peces que nunca han visto el mar continúan creciendo tierra adentro deprisa, deprisa, hacia un futuro incierto.

Y de la tierra... el salmón

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Para evitar que estos animales entren en contacto con los “naturales”, Aquabounty los cría en tierra. En el sistema para el que ha solicitado permiso producen los huevos en la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá). Desde allí son trasladados a tanques de maduración en el interior de Panamá, un país cuyo clima impediría crecer a cualquier pez que pudiera escapar (y que además no está sometido a las leyes estadounidenses, según Greenpeace). Los tanques reciben un flujo constante de agua que “no tiene que ser marina”, especifica Aquabounty.
Todos los huevos dan lugar a hembras, porque proceden de hembras no modificadas y de neomachos con el transgen. Esos neomachos son hembras “masculinizadas” con un tratamiento hormonal que les permite generar esperma con cromosomas solo XX. Tienen testículos, pero no conducto deferente, por lo que hay que extraerlos para obtener el semen. Los huevos resultantes de la fertilización son sometidos a un choque de presión que vuelve estériles a las crías.

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