Érase una vez

La primera vez que se vieron huevos suyos se pensó que eran de tortuga de cuello largo.

Año 1897. En Nueva Gales del Sur capturaron una extraña criatura presentada como “topo acuático”. Meses después desembarcó en Inglaterra el primer ejemplar. Bueno, en realidad su piel. Suficiente para constatar que se trataba de un pequeño cuadrúpedo peludo con la cola aplastada como la de un castor, patas delanteras palmeadas y, para asombro de todos, armada con un pico ancho muy parecido al de los patos. Aquel extraordinario ejemplar tenía un exótico origen, había realizado una larga travesía por mar y los naturalistas británicos que debían analizarlo pensaron que se trataba de una falsificación. Por entonces ya había caído en sus manos alguna extraña criatura que resultó ser trabajo de taxidermistas chinos. Estos manufacturaban las llamadas “sirenas orientales”, criaturas que elaboraban con innegable pericia uniendo la parte superior de un mono con la inferior de un pez, y que luego vendían a los marineros europeos. A pesar de la duda, el procurador de museo, Robert Shaw, realizó un exhaustivo examen que no reveló costuras ni apaños. Se imponía, por tanto, bautizarlo para la ciencia. El propio Shaw, tras definirlo como el más extraordinario de los Mammalia, propuso bautizarle como Platypus anatinus (con pies planos y pico de pato). Y al hacerlo metió la pata, porque el término Platypus ya había sido escogido para designar a un género de escarabajos. De este modo, el nombre de Ornythorhynchus paradoxus (“con pico de ave y paradójico”) propuesto con posterioridad por el naturalista alemán Blumenbach tomó la delantera. Pero seguía vigente el de Shaw, con lo que finalmente quedó para los anales de la ciencia como Ornythorhynchus anatinus, que en cristiano viene a significar “con pico de ave y pico de pato”. Por si no estaba claro. La elección del nombre fue solo el pico de iceberg de la polémica que se desató, suscitada porque, para entonces, ya habían arribado a Europa otros ejemplares completos, ora disecados, ora conservados en formol. Su examen trajo cola al poner de manifiesto que el aparato urogenital del ornitorrinco remataba en una cloa­ca análoga a la de aves y reptiles. Una estructura que, por definición, sirve como canal urinario, recto y con fines reproductores, puesta de huevos inclusive.
Y asimismo, que carecía de glándulas mamarias. Buen momento para recordar que Mammalia –el latinajo empleado para definir a los mamíferos- alude precisamente a estas mamas, de las que el ornitorrinco carece. Con lo que el “extraordinario mamífero” de Shaw ya no tenía sentido. Se abría así un encendido debate sobre su lugar en el mundo. ¿Cómo clasificarlo?
El visionario naturalista francés Étienne-Geoffroy Saint-Hilaire propuso ubicar al ornitorrinco y a su pariente, el equidna –descubierto hacia la misma época–, en una nueva categoría, los Monotremas (“con un solo orificio”). Lamarck los clasificó como Prototheria (pre-mamíferos), Illinger como Reptantia (casi reptiles), y Merckel… Merckel descubrió en 1824 que el ornitorrinco sí tiene glándulas mamarias. Y que si hasta ese momento habían pasado inadvertidas era porque son muy primitivas, carecen de pezones y solo se aprecian durante la lactancia. El descubrimiento supuso un espaldarazo para quienes se habían empeñado en mantener, erre que erre, que era un “mamífero”, apoyándose en su aspecto y en su pelaje, un rasgo exclusivo de mamíferos.

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