El canibalismo de las arañas es bueno para las crías

A menudo el macho se sacrifica para garantizar un mayor número de crías más saludables.

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A la izquierda la hembra de la araña de la pesca, mucho más grande que el macho. Crédito imagen: Karina I. Helm

En la naturaleza el género masculino ha ideado diferentes estrategias para garantizar que su linaje sea el más exitoso. Pero la de la araña de la pesca (Dolomedes tenebrosus) es probablemente la más extrema de todas: con tal de asegurarse la descendencia, sacrifica su vida: literalmente se muere por ser padre. Así lo afirma un nuevo estudio realizado por expertos de la Universidad de Nebraska-Lincoln.
De acuerdo con los resultados, publicados en Current Biology, el sacrificio del macho parece aumentar el número, tamaño y las probabilidades de supervivencia de sus futuras crías. Las hembras, casi dos veces más grandes que el macho, que se comen a su compañero producen casi el doble de arañas que aquellas a las que se les negó su postre post-sexo. Las crías crecen casi un 20% más y su esperanza de vida es un 50% mayor.

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Para probar si solo era cuestión de alimento, los científicos, liderados por Steven Schwartz, probaron reemplazar al macho por un grillo, que tiene el mismo tamaño. Pero los resultados mostraron que no se trata de alimento solamente. “Sólo cuando la hembra se come al macho vemos estos beneficios – explica Schwartz en un comunicado de la universidad –. Así que hay algo único, algo especial, en los machos. Puede ser un nutriente, o tal vez un cóctel de nutrientes, que de alguna manera está concentrada en sus cuerpos de los machos. Aún no sabemos lo que es, pero sí que hay algo único allí”.

Teniendo en cuenta que las hembras se aparean con varios machos, que estos se sacrifiquen puede resultar contradictorio. Para Schwartz el comportamiento podría haber evolucionado en respuesta al hecho de que el primer macho que se aparea con una hembra fertiliza muchos más huevos que los machos siguientes. El objetivo es investigar esta opción. “La mayor parte de nuestro conocimiento acerca del auto-sacrificio de animales – concluye la co-autora del estudio, Eileen Hebets, – proviene de un pequeño número de especies en un número limitado de taxones. Estos han sido muy influyentes a la hora de deducir los patrones evolutivos que condicionan esta conducta. Nuestros resultados, sin embargo, no necesariamente se ajustan al patrón típico, lo que sugiere que el campo podría necesitar más datos y una mayor diversidad de ejemplos antes de sacar conclusiones”.

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