Buscando otras siete dimensiones

Para hacer realidad el proyecto se necesitaron 35.000 toneladas de material y 2.000 millones de euros

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No escaparás a mi control. Uno de los gigantescos imanes dipolares. En morado vemos su bobina superconductora, que proporcionará la corriente para crear los poderosos campos magnéticos capaces de curvar la trayectoria de los protones.

La primera de esas teorías por verificar es si existe o no una partícula llamada bosón de Higgs, bautizada así en honor del físico británico que primero habló sobre su existencia, hace medio siglo. El bosón de Higgs es el encargado de dotar de masa a las demás partículas elementales, y si realmente no existe, la explicación de por qué las partículas tienen masa quedaría en un mero interrogante. Porque si la Academia dice que la palabra “materia” significa “lo que constituye la sustancia del universo físico”, esa definición no le cuadra nada a los físicos, que quieren saber por qué las masas se atraen y la razón de otros muchos fenómenos relacionados con ella cuyas causas ignoramos. El bosón de Higgs no apareció en el LEP, cuyo límite máximo de energía rondaba los 100 GeV (giga-electronvoltios), pero se tiene la esperanza de que aparezca por fin en el LHC, cuando se alcancen colisiones del orden de 200 GeV. También se espera que aparezca la primera partícula supersimétrica, la más ligera de las que predice esa teoría, lo que validaría por fin una de las ideas más apoyadas por los físicos, aunque predice la existencia de muchas más partículas que las que conoce la cromodinámica cuántica. Si hay partículas supersimétricas, es casi seguro que habrá extradimensiones; es decir, además de las cuatro del espacio-tiempo, unas cuantas dimensiones más, que incluso podrían alcanzar un total de once. ¿Un Universo de once dimensiones? ¿Y eso qué es? ¿Dónde están? Según la teoría, se trata de dimensiones minúsculas, de menor tamaño que las partículas y que están como plegadas sobre sí mismas. Y, entre medias, quizá aparezcan nuevas cosas; como, por ejemplo, componentes aún no imaginados de la materia oscura, o partículas llamadas exóticas, que quizá planteen nuevos enigmas ni siquiera tenidos por posibles.

Una cuna de premios nobel
En todo caso, el coste les parece desmesurado a los ministros de Hacienda de los países miembros del CERN. Suelen pensar que se trata de un capricho de los físicos. Pero se trata no solo de saber más, sino, sobre todo, de obtener en el futuro algún retorno práctico de esas investigaciones. Sin ir más lejos, para construir todo ese delicado y complejo instrumental, esas 35.000 toneladas de material ultrasofisticado, ha habido que apelar a empresas punteras de los países miembros, que han desarrollado procesos y empleos de enorme calidad, a la par que han propiciado un gigantesco avance en la formación de los jóvenes de esos países en tales materias. Si España no perteneciera al CERN, es obvio que nuestros físicos no desempeñarían el brillante papel que juegan en el mundo. Sin olvidar el hecho de que la web, es decir el sistema por el cual todos nos conectamos a través de internet (las famosas www de las direcciones informáticas), es un invento de los físicos del CERN. Y que quizá allí se hayan dado ya los primeros pasos para resolver definitivamente el preocupante problema de los residuos radiactivos. Quién sabe si a lo mejor se resuelve también allí el problema del futuro de la energía, para un planeta que está cada vez más ávido de encontrar fuentes más baratas y abundantes. En todo caso, seguro que las noticias que vayan saliendo del LHC no ocuparán la primera plana de los noticiarios; al menos, no inicialmente. Pero sí pueden conmocionar el mundo de la física en pocos meses. Y probablemente en los próximos años muchos premios Nobel saldrán de entre los nombres de los científicos que allí trabajan.

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