Accidentes en trucos de magia

A veces, un número mal hecho acaba en tragedia. Y entonces es cuando más aplauden algunos...

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Increíblemente, el de partir a alguien en dos nunca ha causado un accidente, aunque hay un vídeo falso que corre por internet. Pero los actores son malísimos...

Hay dos tipos de carne de espectador: la que disfruta con el cosquilleo del engaño en el cerebro y la que no tiembla hasta no sentir la trepidación en el estómago. A este segundo tipo le da un poco más igual si el toro es mecánico, con tal de que el torero se arrime mucho. Es el atractivo del olor a muerte. Como casi todos los magos, Joseph W. Burrus (“El Increíble Joe”) llevaba un peinado que merecía castigo, pero no la muerte, el día de 1990 que quiso dar el gran salto a la fama.

Tomó impulso más bien hacia abajo y decidió intentar una versión aumentada del viejo truco llamado “Enterrado vivo”, que consistía en yacer bajo tierra, con las manos esposadas triplemente, el cuerpo encadenado y dentro de una urna de cristal acrílico fabricada por él mismo. La machada que mejoraba el truco original de su ídolo, el gran escapista Houdini, consistía en añadir cemento al manto de arena que le taparía. Mal visto: el peso excesivo del material de construcción chafó a partes iguales el truco y el ataúd transparente, y el infeliz nunca escapó, pasando a la triste fama de quienes no lo lograron. Cuando los asistentes al truco –incluidos sus hijos y esposa– se dieron cuenta de que el cemento ya sólido había roto la magia de la vida del Increíble Joe, ya era tarde, y una excavadora tuvo que ayudar a culminar el número.

Historias de carne picada

Otro espectáculo que las salas no se cortan de repetir es el de la bella voluntaria triturada por un ejército de sables que atraviesan el cajón donde ella se deja hacer mansamente. Grosso modo, se trata de que una contorsionista reduzca o recoloque su bella figura de modo que las espadas nunca la rocen. Pero adoptar esa postura tan poco propia de señoritas lleva su tiempo, y a la maga preferida del exdictador coreano King Jong Il se le hizo tarde, digamos, y su famoso número hubo de pararse súbitamente en 2007 al filo de la séptima estocada.

De haberse culminado esa “suerte de espadas” (quedaban tres), quizá estaríamos hablando de la difunta Princesa Tenko, su nombre de guerra. A cambio, su amago de convertirse en mujer colador se saldó con un pinchazo en el costado, otro en su japonesa mejilla y un mes de contorsiones en la cama de un hospital. Para sí lo habría querido el enterrado. “¡Corten!”, también debió decir otro terrorista de las peluquerías, David Copperfield, cuando un asistente suyo llenó la escena de sangre y gritos en 2008.

El truco estrella de la estrella consistía en desaparecer a través de un enorme ventilador cubierto por una espesa niebla artificial. Pero aquella noche el telón se cerró antes porque a Brandon, que empujaba el artilugio sobre ruedas hacia el escenario, se le ventiló un brazo visto y no visto, y casi le afeita para siempre. Lo peor es que el público de Las Vegas aplaudió a rabiar suponiendo que era un simpático episodio del espectáculo. También en el apartado de carne picada, destaca la última versión del truco trilero de la bolita.

¿Dónde está la bolita? Pues es mejor saberlo, porque la moda ahora es sustituirla por una cuchillita y aplastar con las palmitas los dos vasitos de plástico donde creamos que no está tal cuchillita. Al menos dos magos ingleses y una espontánea del público pincharon en hueso al intentarlo en los últimos ocho años. Eso sí, toda una carrera entrenándose para descubrir que la vida de un prestidigitador depende más de su pericia en el matrimonio que de pillarle el truco a la varita.

Entre el siglo XVII, cuando se tiene noticia del primer intento de atrapar una bala con los dientes, hasta 1972, han perdido la vida 12 magos y voluntarios en el intento. El caso más sangrante es el del artista falsamente chino Chung Ling Soo, que desapareció en el sentido clínico en 1922. Su mujer y ayudante debía disparar balas de fogueo simulando que su esposo las atrapaba con los dientes. Pero el prestidigitador debía ser mejor mago que esposo, porque, compinchada con su mánager y amante, ella decidió dejar las balas auténticas en la recámara y seguir disfrutando con otro de la magia del amor.

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