Amor Recalentado

Ana se detuvo en seco nada más entrar, sus sospechas confirmadas. ¿Ya la había visto Luis? Lo que más le gustaría es irse a casa, meterse en cama con una tarrina de helado y llorar hasta quedarse dormida. Pero le parecía de mala educación irse sin más, a pesar de haber venido engañada. Decidió enfrentarse a él.

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–No me lo dijiste –dijo, tratando de mantener la calma. Hacía frío, o puede que los nervios la hubieran destemplado. Deseó haber traído una chaqueta.

–¿Llegaste sin problemas? Me han dicho que este sitio es algo difícil de encontrar.

Ana no estaba de humor para trivialidades. Sus amigas la habían advertido de la gentuza que hay en internet, pero ella había querido asegurarse. Ahora entendía por qué Luis nunca le había enviado una foto o llamado por teléfono.

–¿Es así como pasas el tiempo? ¿A cuántas otras se la has jugado?

–No te mentí sobre eso. Colgué unos cuantos perfiles en un par de portales, conseguí algunas citas, pero nada de importancia. Y una vez que te conocí, quise ser tu pareja de forma exclusiva. Las cosas no tienen por qué cambiar.

El fervor de las palabras de Luis contrastaba con su tono de robot

Ana estaba furiosa y asqueada a partes iguales. Había creído que amaba a Luis, pero ahora se daba cuenta de que su relación no podía continuar.

–Me has estado tomando el pelo, dándome esperanzas durante meses. Sabías que me enteraría tarde o temprano. Si es un chiste, la verdad es que no tiene ninguna gracia.

–¿Estaríamos juntos ahora si me hubiera sincerado sobre mi aspecto desde un principio? Una vez que me enamoré de ti, que nos enamoramos uno del otro, tuve miedo de perderte. Pensé que el atractivo físico no sería tan importante para ti si llegabas a conocerme. Sigo siendo yo, Ana. Podemos seguir queriéndonos.

El fervor de las palabras de Luis contrastaba con su tono de robot, lo que no hacía sino acentuar sus limitaciones. Se forzó a que su propia voz no mostrase la repulsión que sentía.

–Siento parecerte superficial, pero tengo mis estándares. Está claro que has falseado tu identidad. No sé quién eres, ni qué es lo que quieres de mí.

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Lo que sí sabía era que sus tiempos de chateo se habían acabado. Probaría suerte en la vida real. Se decía que nueve de cada diez perfiles online eran ficticios, pero esto era un extremo. Se había equivocado al echarse novio en internet, especialmente con la crioexplosión y todos los témpanos ahí fuera aburridos como ostras. Había sido una ingenua al pensar que podría encontrar el amor verdadero en una sala de chat.

Llegado el final, se encargaría de que le criopreservaran el cuerpo entero, no solo el cerebro

Luis no se rendía.

–Por favor. Hay formas de estar juntos.

Ana no tenía el menor interés en explorar las posibilidades del sexo virtual con Luis, y así se lo hizo saber sin dejar lugar a dudas. Se le veía casi alicaído, sus dos hemisferios cerebrales flotando abandonados en un caldo bermellón como un animal marino malherido, entre un naufragio de componentes ópticos y sensores de audio y altavoces.

Le daba algo de lástima a pesar de sus tretas, pero no podía ser. El éxito de la criónica moderna en estabilizar y resucitar pacientes había dado paso al Acto de Recuperación de la Criopreservación, según el cual todo paciente rescatable debía recobrarse, incluso aquellos preservados durante más de un siglo. Los criobancos nunca habían pensado que tendrían que llegar a revivir a sus clientes algún día, y protestaron como energúmenos por los gastos, pero la ley exigía descongelamiento. El resultado fueron miles de cerebros desencarnados, ya que la tecnología para darles cuerpos no existía hoy por hoy. El cerebro de Walt Disney estaba al frente de una ardua campaña en favor de cuerpos animatrónicos, pero eso era ciencia ficción por el momento. Lo cierto era que los sesorbetes ya no tenían familia ni amigos, y nadie los quería de vuelta. Dada su incierta situación legal, y desmoralizados en sus cubetas, muchos de ellos se habían convertido en piratas y bromistas informáticos. Luis parecía legítimo, pero su relación con él no tenía futuro.

Tenía su propia vida por vivir. Y llegado el final, se encargaría de que le criopreservaran el cuerpo entero, no solo el cerebro. ¿Cómo se puede ser así de idiota?

–Te quiero, Ana –dijo Luis.

–Y yo a ti –respondió Ana.

Luego, se dio la vuelta y se fue.

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