Cuerpo pescado

Venimos del pez. Cuesta imaginarlo. Si es duro admitir que nuestros ancestros fueron simios peludos, ¿cómo aceptar que un pescado sea nuestro tatarabuelo? Neil Shubin, el paleontólogo que descubrió el Tiktaalik (el primer pez en el que se aprecia la transición de aletas a patas), acaba de publicar un burbujeante libro, Your inner fish (tu pez interior).

Tras examinar fósiles y ADN, demuestra en él que nuestras manos proceden de aletas y que nuestra cabeza está organizada como la de los extintos peces sin mandíbula. Tus antepasados fueron acuáticos durante más de 150 millones de años. De hecho, los peces son los vertebrados más antiguos del planeta. Durante ese tiempo realizaron una gran inversión en I+D evolutivo. Y gran parte de lo que somos se lo debemos a sus “inventos”: los dientes, la musculatura segmentada que tanto hace suspirar a las féminas que ven a los espartanos de la película 300, la columna vertebral, los pulmones… Todas ellas, características físicas heredadas de nuestro pretérito evolutivo. Pero también nos han legado, al menos a las mujeres, algo insospechado: la menopausia. Lo ha descubierto el investigador David Reznick, de la Universidad de California, quien fue el primero en señalar que las hembras guppy (Poecilia reticulata), un pez nativo de Centroamérica, atraviesan una fase de menopausia que les permite alargar su vida, aun cuando haya terminado su edad reproductora. Por todo esto, y más, no cabe duda, nuestro tatarabuelo acuático se habría sentido orgulloso de nosotros.

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Nuestro “plan corporal”, la estructura de nuestro organismo, no es otra que la de un pez. Es cierto que sobre esa organización nuestra evolución ha hecho algunas modificaciones, pero en lo elemental podemos decir que somos un “tubo” con un esqueleto interno sostenido por una barra de vértebras, con otro tubo nervioso en el dorso (que se engrosa como cerebro) y otro tubo más, esta vez digestivo, en el vientre. Los órganos suelen estar duplicados a izquierda y derecha, y la musculatura se basa en segmentos repetidos, que aún se distinguen en los abdominales masculinos que tanto furor causan. Esta configuración es muy diferente de la de un erizo de mar, una mariposa y una esponja. Es el esquema del tipo de animal al que llamamos “pez” y de sus descendientes. Algunos expertos, como el paleontólogo John Maysey, llevan este concepto al extremo afirmando que “somos peces, tanto si nos gusta como si no”.

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